“Joker”, de Todd Phillips, Elogio A La Locura.

¿Qué hace a una película conectar con el sentimiento de toda una generación? Era la duda perturbando a Robert De Niro, al ser entrevistado para un documental y en su afán por descifrar la razón detrás del éxito e inmortalidad de la obra cuyo legado más esplendoroso fue la consolidación de uno de los dúos más amados por los cinéfilos: el “Taxi Driver” de Martin Scorsese. Su rostro pensativo, atrapado en un fotograma en blanco y negro, engalanando su silencio absoluto, revelaba la ausencia de conjetura alguna como respuesta. En entrevista para un medio estadounidense, el cineasta a cargo de ese clásico confesaba el dolor físico sentido al filmar otra pieza centrada en un personaje renegado, perdido, aislado de la sociedad como lo es el protagonista de “The King of Comedy”, por sentirse identificado con él a profundidad, por recordarle su vida antes de haber alcanzado el estrellato como realizador audiovisual.

Se ha hecho muy fácil para algunos demeritar la obra de Todd Phillips sobre el villano más perfecto de la cultura popular, el “Joker”, calificando lo visto como una mera fusión entre las dos cintas de Martin Scorsese con Robert De Niro como centro gravitacional absoluto. Y es innegable que así es. “Joker” pudo haber sido presentado a la Warner en un formato de tipo: “Travis Bickle meets Rupert Pupkin”. El problema, el argumento imposible de encontrar por algún lado en esos comentaristas sobrados, es el reconocer que esa mezcla es una tan peligrosa y complicada de concretar con éxito como lo es la fusión nuclear. Se requiere de mucho para desarrollar en un mismo personaje dos personalidades tan complejas, embarazosas, peliagudas y peligrosas; y más aún, de insertar esa ficción en el zeitgest, el espíritu, el pensar y sentir de toda una generación.

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«Jason Bourne», Donald Trump Y El Fin De La Democracia.

Sergi Halimi, director de Le Monde Diplomatique, escribía recientemente en el diario que maneja un artículo con una hipótesis muy poderosa titulado «El Estado Profundo». En él, descubría el prestigioso escritor la existencia en el gobierno de los Estados Unidos de un Estado dentro del Estado que funcionaba como un claro poder detrás del trono, capaz de impedir se presentaran cambios en las políticas a implementar por los nuevos gobiernos. En breve: un ente o institución en las sombras tan fuerte que lograba convertir las promesas de los candidatos, incluso de aquellos que honestamente querían cambiar las cosas, en meras palabras desvanecidas en el tiempo.

Tal vez, como en ninguna otra película de Hollywood, ese Estado está fuertemente representando en la última obra de Paul Greengrass, «Jason Bourne«, en la que volvió a trabajar con Matt Damon (el actor había declarado que no volvería a la franquicia si no lo hacia el director), en la saga que los dos hacen para Universal. No es, ni mucho menos, la primera vez que ambos colaboran en un filme para un estudio de Hollywood que contenga él un fuerte contenido político. En ese sentido, «Green Zone«, filme sobre la invasión a Irak por parte del gobierno Bush, es la más valiente realizada por este dúo.

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«Jason Bourne», un antihéroe.

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