«The Girl With The Dragon Tattoo», De David Fincher, Descifrando La Película Perfecta.

Irrelevante el tratar de definir la superioridad o inferioridad habida entre las dos adaptaciones de la novela de Stieg Larsson, la sueca o la hollywoodesca. Más sensato parece celebrar todo un acontecimiento cinematográfico inesperado, como el ser testigos de un exquisito ejercicio artístico: dos directores adaptando un mismo texto. Se perciben reales las palabras de David Fincher al justificar la realización del filme: «al leer el libro de Larsson» se siente la posibilidad de «poder realizar cinco películas diferentes». Su sentencia valida la máxima de Woody Allen, haciéndola tan cierta como vital el agua: «de un mismo texto veinte directores harán veinte películas distintas». E, inmensamente alejada está esta de su hermana europea. Su principal rasgo diferenciador es la marca, la firma, la estela mágica de su director en cada plano de ella.

Hollywood crea remakes por razones varias, pero todas dirigidas a controlar el negocio de la distribución, en ser ellos quienes dominan el contenido ofrecido a nivel global. Pero había en este proyecto una intención artística adicional: la primera se mencionó antes; pero también el deseo de desarrollar una franquicia para adultos. Calcado del modelo de negocio de crear sagas para niños, jóvenes y adultos con gustos de pequeños (Marvel, DC), se planeaba ahora una enfocada en los mayores de edad con exigencias más densas. De hecho, su realizador «no estaba interesado en hacer otro filme de asesinos seriales», sino en crear un trilogía de películas con profundos temas y temáticas. Según sus propias palabras, «había esperado toda su carrera por esta oportunidad» y «el compromiso del estudio lo hizo aceptar el proyecto».

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Neoliberalismo, Oliver Stone y Michael Moore

Michael Douglas, arriba de la tarima del  “Inside The Actor’s Studio» junto a James Lipton, relató una anécdota regular de su vida, jocosa a simple vista; pero que al analizarla desde la ventaja dada por la historia, se revela como una inmensa en su capacidad para interpretar la cruel economía gobernante del mundo actual. El actor, según lo contado entre risas por el mismo Douglas, varios años después del estreno de “Wall Street”, se encontraba con corredores de bolsa totalmente borrachos por las calles de Manhattan, quienes inmediatamente al verlo corrían hacia él y le decían: «Oh, wow, Richard Gekko, mi ídolo, mi héroe, gracias a usted me convertí en corredor de bolsa.» Entre las correspondidas risas del público, el hijo de una leyenda llamada Kirk le respondió a sus escuchas que él a ellos les espetaba: «¿de qué hablan? Yo era el villano de la película».

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El papel del Oscar para Michael Douglas.

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