“Unbreakable”, “Split”, “Glass”: Shyamalan En El Olimpo De Los Grandes.

Para M. Night Shyamalan “The Sixth Sense” se transformó de una excelente experiencia a un karma en un santiamén. Producto del inmenso éxito que fue la cinta, es evidente la lógica detrás del hecho de que cada una de las siguientes producciones del artista fueran vendidas y esperadas como un nuevo thriller de suspenso y misterio, ejercicio que concluyó con un rotundo desastre de crítica y taquilla una vez vistas, con lo que la falsa expectativa destruyó, comercialmente, la incursión del cineasta en otros géneros cinematográficos.

Fue el caso de “Unbreakable“, filme protagonizado por Bruce Willis, Samuel E. Jackson y Robin Wright Penn, que va de un aficionado a los comics llamado Elijah Price (Jackson) quien desde pequeño sufre de una enfermedad, osteogénesis imperfecta, culpable de causarle fractura constante en sus huesos por falta de colágeno en su estructura. Resultado de la inmensa afición que Elijah tiene por las ficciones de super héroes, y la investigación profunda nacida consecuencia de esa pasión, la idea que ha concebido en su interior, casi un mecanismo de supervivencia, es que debe existir alguien que sea todo lo contrario a él: un ser fuerte, poderoso, imposibilitado a enfermarse y con una vitalidad sin paralelo.

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“Mad Men”, Clase Magistral De Cine Sobre Cómo Concluir Una Serie.

Mad Men” es, por derecho propio, un referente televisivo, cultural y artístico de nuestra época. Una serie galardonada con lo más y mejor de los premios estadounidenses, considerada por la crítica como una de las diez mejores producciones de la pantalla chica jamás realizadas, y un fenómeno de audiencias a nivel global. Pero la sarta de halagos aquí estipulada, no se extiende en forma exclusiva a lo creado por Matthew Weiner. Son regulares, de hecho, en las obras cumbres de la ficción estadounidense. En donde “Mad Men” sobresale, en donde supera a casi todas las demás, es en haber encontrado un cierre que eleva todo el conjunto de manera gloriosa.

Es imposible no exigir un gran final, una clausura alucinante, una conclusión que desborde de emociones a la audiencia, cuando se han alcanzado cuotas artísticas admirables. La gran mayoría de las veces, los realizadores no están a la altura de las exigencias; pero en “Mad Men” los suyos incluso superaron toda expectativa. Es, lo regular, hacer una gran serie con un final que genere debate: algunos lo aman, otros lo detestan, pocos les es indiferente; pero es exótico, exquisito y grandioso cerrar con uno que sorprenda e impresione a todos sus seguidores. Y es eso lo que alcanzó el equipo de realizadores de este dramatizado.

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“Trance”, De Danny Boyle, Sólo Un Lienzo Digital.

Decía James Vanderbilt que David Fincher le había dicho alguna vez que dirigir una película era como pintar un cuadro, con 50 hombres trabajando en el lienzo y una persona atrás en un walkie talkie dando ordenes a cada uno del tipo: “más azul en ese lado; más verde al otro”. Por supuesto, la analogía del brillante director la hace parafraseando a otro monstruo del cine: el gran Orson Welles.

En un documental, llamado “Boffo Tinseltown’s Bombs & Blockbusters“, George Clooney hablaba sobre la fragilidad de la que dependía el éxito de una película; puesto que se necesita de la equivocación de una sola persona para que la producción no funcionará. Se arrancaba con lo primero, que era un excelente guion; pero luego podía ser el director el que se equivocará, o el editor o un publicista.

En “Trance“, Danny Boyle (“Trainspotting” 1995; “The Beach“, 2000; “Slumdog Millonaire“, 2009) contaba con un equipo y elenco de lujo; quienes en su gran mayoría hicieron un trabajo alucinante. Pero sería el mal quehacer de una persona, al principio del filme, el que determinaría que esta terminará no funcionando, quedándose únicamente en la promesa de lo que pudo ser: una excelente película de entretenimiento.

Trance” es visualmente impactante. Su trabajo de cámara y luz es particularmente delicioso para la vista. Anthony Dod Mantle (“Rush“, 2013; “Anthicrist“, 2009; “The Last King Of Scotland“, 2009), comentaba en algún momento que para él y Danny Boyle el movimiento de cámara era realmente importante; lo que en cada película se definía era el cómo se iba a lograr. En esta particular, el trabajo de ese apartado es realmente fascinante.

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Amante como ninguno de la filmación en digital y la comodidad que esta ofrece, el trabajo de cámara resalta durante todo el metraje. En el movimiento, por supuesto; pero también en los agresivos e impactantes encuadres. En una película que tiene como universo el mundo de las artes plásticas, pareciera que la gran mayoría de fotogramas del filme fueran unas maravillosas pinturas.

Como complemento perfecto al trabajo del cinematógrafo, tenemos a un Mark Tildesley inspirado en el diseño de producción. La película, ubicada en el Londres de nuestros días, realmente ofrece una perspectiva alucinante y muy refrescante de la cuidad, algo que merece todo el reconocimiento del público, puesto la capital de Inglaterra es una locación ampliamente conocida a través del cine. Presentarla de manera tan original es un acierto.

Rosario Dawson as “Elizabeth” and James McAvoy as “Simon” in Danny Boyle’s “TRANCE.” ©Fox Searchlight.

Muy inteligente en ese sentido es el realizar planos a través de vidrios, metales o plásticos, que distorsionen la imagen, dándole un aspecto que además de atractivo, es acorde a la temática de la hipnosis que presenta “Trance“.

En conjunto, la calidad del trabajo de sonido en el filme es una absoluta delicia. Tanto por las poderosas composiciones de Rick Smith (recordado por ser parte de la banda “Underworld”, que nos trajo la famosa canción “Born Slippy“, dada a conocer mundialmente gracias a “Trainspotting“), que podrían ser calificadas como hermosas piezas de música clásica pero ejecutadas a través de instrumentos de música electrónica; como por lo logrado por Simon Hayes (“Prometheus“, 2012; “Kick-Ass”; 2010; “Snatch“, 2005) en la captura y diseño de sonido, donde logra emanar sentimientos de estados alterados de la mente en muchos momentos de la película.

De la parte técnica, tal vez la más impactante de todas sea la de la edición, a cargo del irrepetible Jon Harris (“The Woman In Black“, 2012; “127 Hours“; 2010; “Snatch”, 2005) quien logra contar una complicada historia de la manera más ordenada posible. Por supuesto, el endiablado ritmo que lo ha caracterizado en el pasado, que da tanta emoción a muchas escenas, hace notoria presencia acá.

Ahora, como bien se dice, nada del apartado técnico sirve si no hay buenas actuaciones y un buen guion. De los primero, hay mucho en este filme; de lo segundo, no tanto. James McAvoy y Vicent Cassell están a la altura que nos tienen acostumbrados. La transformación a lo largo de la película del primero, quien declaró que estaba desesperado por interpretar el papel, es acompañada por la enorme variedad de matices que presenta el segundo. Rosario Dawson realmente no está mal y, a pesar de  que si dejan algo que desear los secundarios de la película, el resultado final del conjunto es más que pasable.

El apartado de la película que si no hay por donde tomar es del guion. De una idea realmente bien pensada, se hizo un desarrollo harto mediocre. Haciendo algo de historia, vale recordar el famoso dilema entre el suspense y la sorpresa, que tan brillantemente explicó el inmortal Alfred Hitchcock en un ejemplo. Dijo el director inglés en sus conversaciones con el famoso director francés, que la sorpresa es el estallido de una bomba de manera inesperada por el espectador en una escena entre dos personas conversando; mientras que el suspense es mostrarle al espectador que se coloca una bomba a punto de estallar entre dos personas que están conversando. En el primer escenario el espectador brinca del susto cuando está estalla, pero luego se le pasa y ya; mientras que en el segundo, el espectador estará tensado durante toda la conversación, sin saber si esta estallará o no.

Jon Ahearne, escritor del guion, el que contó con una revisión de John Hodge (“Shallow Grave“, 1994; “Trainspotting“, 1995; “The Beach“, 2000), escogió la facilidad que entrega lo primero (la sorpresa) en vez de la profundidad que otorga lo segundo (el suspense). Con un agravante: y es que en un tipo de película en la que se descubre la verdad al final, debe el espectador tener la oportunidad de descubrirla antes. Es por eso que “The Sixth Sense“, de M. Night Shyamalan, o “The Usual Suspects“, de Bryan Singer, son tan adoradas por el público: por que durante toda la película, da una u otra manera, nos han dicho ya el sorprendente final de la misma. El no habernos dado cuenta por nosotros es lo que las hace tan fascinantes.

Eso no pasa acá. Las pistas que dan son claras; pero es imposible llegar a la conclusión de la película con tan sólo esa información. Y eso hace que el final pierda toda la fuerza que podría haber tenido.

Es realmente una tristeza que la estructura escogida para el guion sea esta tan mediocre y débil, puesto que no logra cerrar lo que de otra manera hubiera sido una pieza cinematográfica alucinante, convirtiéndola en un hito, tal y como lo son los dos últimos filmes mencionados en este post. “Trance” tenía una inmensa y muy entretenida idea entre manos; pero fue ejecutada a la perfección por todo el equipo técnico y artístico, con excepción del guionista. Habrá que darle entonces la razón al gran George Clooney.