Un Genio Llamado Jim Carrey.

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Es, inmensamente fácil y tentador, calificar un actor de comedia como un «payaso». Un bufón encargado de producir carcajadas en la audiencia, producto de una personalidad extrovertida y temeraria, impulsora de actos circenses, muchas veces hilarantes, algunas veces humillantes. Pero son ellos, algunas veces, muchísimo más. Jim Carrey fue el último de esa estirpe, y tal vez igual de grande a todos sus antecesores. Charles Chaplin, Buster Keaton y, para sorpresa de muchos, Marilyn Monroe, son exponentes clásicos de esta figura que trasciende épocas. Porque parece ser, no existe nada más alejado de la realidad que esa caracterización simplista y, en muchos aspectos, bastante ridícula sobre ellos hecha.

Se deja abierto para el debate, pero las tres estrellas masculinas más grandes del cine en los años noventa fueron Tom Cruise, Tom Hanks y Jim Carrey. En el último caso, fueron sus muecas, su histrionismo, su salvaje expresión corporal, los rasgos de su actuación, de su arte, los que le dieron la adoración mundial. Todos estos elementos se consideran fallidos y equivocados dentro de los cánones que se conocen como un performance clásico, en sentido estricto son elementos de una sobreactuación que destruyen lo que debe ser un «actor de personajes», de «carácter», como se ha traducido en forma errónea en español la expresión «character actor«.

Jim Carrey

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«T2: Trainspotting», Una Sobredosis De Puro Cinema.

«Escoge Cine», podríamos decir extasiados después de ver la última producción de Danny Boyle, una secuela de su obra de culto de los años noventa, «Trainspotting«. Basada en la continuación del libro («Porno» de Irvine Welsh) cuya primera parte dio origen a esta franquicia inglesa, «T2 Trainspotting» es puro cinema. Parafraseando a Jack Lemmon, podemos decir que una de las instrucciones más brillantes dadas por director alguno, alguna vez, fue aquella impartida por Billy Wilder en medio de un set, quien al actor le espetó sobre una toma: «está muy bien, pero no tiene nada interesante». David Fincher, otro maestro, explicaba en una entrevista que hay dos posibilidades para posicionar la cámara en un plano: el correcto y el otro. En «T2 Trainspotting» Boyle obedece y fusiona las máximas de los dos célebres directores y crea un viaje audiovisual en donde cada plano no sólo es el correcto, sino además el más impactante.

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