«The Last Boy Scout», de Tony Scott, Larga Vida Al Film Noir.

En los albores de los años noventa, el cine de acción llegaba a su maduración. Una década atrás, «Lethal Weapon«, «Die Hard» y «Terminator«, fueron la cosecha de un género que sembró sus semillas con obras como «The French Connection», «Bullit» y «Dirty Harry». Las cintas de la última década del milenio, con mucho más presupuesto, impresionaron al mundo entero con su espectacular puesta en escena, vigorizaron la taquilla y establecieron, aún más, el poderío de Hollywood en la industria del séptimo arte. No es baladí la posición lograda por la meca en el mercado global producto de realizar tan arriesgadas producciones: en los años ochenta, el cine policíaco Japonés y Hongkonés venía arruinando los planes de los grandes ejecutivos californianos.

Uno de los nombres claves en este proceso de crecimiento del género, es Shane Black. El guionista de «Lethal Weapon», aquella obra que habría de establecer el buddy cop, se enfrascó en un proceso depresivo producto del éxito adquirido. Después de colaborar con las palabras sobre el papel en la secuela de la película protagonizada por Mel Gibson, el autor sufrió de ataques de pánico al sentir no poder alcanzar de nuevo el nivel de su gran primer escrito. Una ruptura amorosa lo llevó a una debacle aún mayor, refugiándose en el alcohol y la depresión. En sus palabras: «No tenía muchas ganas de hacer nada excepto fumar cigarrillos y leer libros. Pasó el tiempo y finalmente me senté y transformé parte de esa amargura en un personaje, el foco central de una historia sobre un detective privado que se convirtió en The Last Boy Scout«.

The Last Boy Scout

Una alma pérdida en la pena es la condición primordial para una obra de cine negro. Según Black, su trabajo en esas páginas fue algo terapéutico. «Escribir ese guión fue una experiencia muy catártica, una de las mejores que he tenido. Pasé mucho tiempo sólo trabajando. Días que no hablé. Tres, cuatro días en los que quizás dije un par de palabras. Fue un momento maravillosamente intenso en el que mi enfoque fue mejor que nunca. Y fui recompensado tan generosamente ($ 1.75 millones) por ese guión, que lo sentí como una reivindicación y como si pudiera volver a la normalidad».

Después de varios directores rechazados, Richard Donner entre ellos, de otros tantos actores excluidos, de los que Jack Nicholson y Tom Cruise fueron solo algunos, Tony Scott toma las riendas como director y Joel Silver como productor de «The Last Boy Scout», con un Bruce Willis interpretando a un John McClane venido a menos, un Damon Wayans con una interpretación ida a más, junto a Noble Willingham, Taylor Negron y Halle Berry. La película de Warner Bros. por poco no lo es, pues el autor del texto base estuvo demasiado tentado a aceptar una oferta por parte de Carolco, productora dispuesta a pagar 2.25 millones de dólares por las páginas con sus palabras, decidiendo al final el autor el menor precio del estudio, pues su menos dinero se compensaba con la oportunidad de volver a trabajar con Silver, esperando repetir la fabulosa colaboración habida en «Lethal Weapon».

578478

Pero Silver, Scott y Willis juntos en un mismo set, fueron la condena de la producción. Un rodaje lleno de egos, de machos alfas imponentes, llevaron al traste una obra fascinante que pudo ser mucho más. Tanto director como escritor acusaron a los constantes cambios demandados por productor y estrella, de ser la ruina de un excelente material, arriesgado, valiente y poderoso, afectando con esa actitud todo el proceso de rodaje. La pareja estelar, Willis y Wayans, además, se detestaron todo el tiempo. El que hayan conseguido una conexión emocional íntima entre sus personajes en el metraje, a pesar de emanar un odio incontrolable hacia el otro al segundo que el director gritaba la orden de «corte», es un ejemplo perfecto de un pésimo set de rodaje. Por otra parte, si eso no es una excelente actuación…

La obra ya finalizada y, claramente disminuida, es fascinante por varios elementos, pero uno del gusto de muchos amantes del cine clásico es la revitalización del mejor cine negro, film noir, género basado en la novela negra de principios del siglo pasado. En breve, el cine negro es la contraposición de un cuento de hadas. Los personajes del noir son desdichados solitarios enfrentados a un mundo cruel dominado por las sombras donde el mal parece estar destinado a triunfar. No obstante, el debate sobre qué es el noir sigue sin clausurarse al día de hoy: ¿es un género, subgenero, movimiento? Tal vez todo eso y nada de aquello, al mismo tiempo. El cine negro es un estilo, una emoción, una sensación. Sydney Pollack lo dictaminó con la gracia exclusiva de los grandes: «Casablanca tiene todos los elementos de un film noir: una femme fatale, un pasado que persigue a los personajes, la desdicha del protagonista… y nadie jamás se atrevería a llamar a esa película un clásico del noir». El noir, es un sentimiento.

it-opens-with-a-football-player-pulling-out-a-gun-in-the-middle-of-a-game-photo-u2

Introduciendo el film con unos acordes menores pertenecientes a la composición de Michael Kamen, quien desdeña el filme desde aquellos días, (pero quién aceptó participar presionado por los fuertes lazos de amistad con Willis) se establece un aire de misterio y peligro en la atmósfera. Abruptamente, irrumpe en la pista sonora «Friday Night’s A Great Time For Football» de Bill Medley, quien se ve interpretando su tema acompañado de sensuales porristas, conformando una perfecta antesala a un partido más de la NFL. Perfecta contraposición explicativa de todo el filme. Finalizada la introducción, retoman los tonos oscuros en los vestuarios, donde el jugador Billy Cole (Billy Blanks) recibe la llamada de Milo (Negron), quien le recuerda que debe correr 150 millas en ese partido. La noticia lo desacomoda y lo lleva a abusar de su dosis de pastillas.

En el césped y la antesala al gran juego, Marcone (Willingham), propietario de los L.A. Stallions y una de las figuras más prominentes en el deporte, se percibe disminuido a la hora de responder las inquisitivas preguntas de un periodista recalcando la clara baja en la asistencia a los estadios y la firme pérdida de la audiencia por televisión. Marcone, contra los ataques recibidos, presenta como defensa a su estrella Billy Cole, un héroe moderno en las canchas. Segundos más tarde, ese mismo hombre halagado sale al campo a jugar y, después de asesinar a varios contrincantes, se suicida en medio del juego. El escenario ha sido presentado a cabalidad: la crisis detrás del deporte favorito de los Estados Unidos, la mentira detrás de la ilusión. En el guion original, líneas antes de apretar el gatillo del arma que está por acabar su vida, Cole exclama: «Me voy para Disneylandia», frase hecha un dicho de los ganadores del Super Tazón. Una lástima no haberla mantenido en el corte final, pues la ironía era poderosa.

MV5BYTI1MjI5NTQtYjUxNC00YmFhLWE0ZTgtZmUxY2ZjNzAxYzMzXkEyXkFqcGdeQXVyOTc5MDI5NjE@._V1_

El intro acaba y arranca, ahí, un clásico desenvolvimiento detectivesco sin final feliz a la vista, un David versus Goliath moderno entre un Joe Hallenbeck (Willis), detective privado con más pinta y actitud de borracho fracasado que de cualquier otra cosa, y varios de los hombres más fuertes del Estado de California. El asesinato de un importante personaje se convierte en una postal del cine de gánsteres de la década de los años treinta, en medio de luces blancas y sombras, lluvia y tiniebla, estableciendo el tono del tipo de película a ver. Como en toda obra del subgénero, la pareja de investigadores protagonista, Hallenbeck y Dix (Wayans), están obligados por las circunstancias a colaborar en el esclarecimiento de un crimen, cuyas pistas los insertarán en el interior de un mundo lleno de corrupción, en este caso particular entre los empresarios del fútbol americano, la mafia y el Congreso de los Estados Unidos.

La historia de un detective privado, forzado a hacer pareja con un antiguo exitoso jugador de fútbol americano, viéndose envueltos en el corrupto mundo de los turbios negocios que se desarrollan detrás de las canchas del deporte favorito de los Estados Unidos, es puro cine negro por excelencia, de nuestra era. A pesar de que «The Last Boy Scout» se produjo como y para ser un éxito taquillero de fin de año, con importantes personalidades del mainstream hollywoodense (David Geffen se debería agregar a tan selecto grupo), su suerte ha sido pasar de ser un fracaso comercial a un filme de culto, como sucede con los grandes títulos que le antecedieron en su género. Su gran baza es alejarse de la superficialidad cultural con las que se hacen este tipo de producciones. En el fondo, el filme lanza una fuerte crítica, por medio de una historia bien elaborada, a un problema que para esa época era menor si se compara con lo visto actualmente: grandes mafias y mega-organizaciones, manejando negocios billonarios que atraen a los más ambiciosos, que es en lo que se ha convertido el mundo de los deportes. Las consecuencias son varias, pero de las más graves es la relación entre esas instituciones y sus jugadores, a quienes tratan más como un capital de trabajo que como a seres humanos, llevando a trágicos finales. Un Jimmy Dix que cayó en el mundo de las drogas no es más que una representación de un Rivaldo, Ronaldo, Maradona y Ronaldinho, hoy inmersos en vicios, después de haber logrado las máximas glorias deportivas.

B000HF4TIM_TheLastBoyScout_UXWB1._V391274476_SX1080_

Sobresale de sobremanera algo extraño: la actuación de Bruce Willis. Él, un pésimo actor, es perfecto para el personaje de Joe Hallenbeck, al no ser más que una copia de aquél John McClane que lo hizo mundialmente famoso y que le calza a la perfección. Aquí desborda como Hallenbeck gracias al guión de Black contener fuerte elementos del cine negro que Willis representa a la perfección. En sí, ese detective privado, no es más que una versión moderna de los grandes pioneros del género: Sam Spade y Philip Marlowe, de Dashiell Hammet y Raymond Chandler, quienes conquistaron la audiencia a mediados del siglo pasado e influenciaron toda película de detectives creada hasta los años noventa últimos del anterior milenio.

En su esencia, eran ellos seres fracasados de esos que parecen invitar a la mala suerte, pero hombres muy talentosos en su quehacer; que no sienten ningún respeto por la vida, transformándolos en personas temerarias, característica excelente y demasiado útil para desempeñar su trabajo, al desempeñarse éste en un mundo oscuro, cruel, violento y duro. La clave de su éxito, no obstante, recae en su sagacidad mental, permitiéndoles de manera frecuente hacer comentarios graciosos e inteligentes, los que Willis, poseedor de un carisma atrapante, recita hermosamente. En «The Maltese Falcon» de John Huston, director presenta al personaje de Sam Spade al mundo, encarnado por Humphrey Bogart, con un movimiento de cámara penetrando en su oficina. El icónico momento tiene su referencia en la obra noventera, con los humos densos y figuras lumínicas características del cineasta, las que combinan a la perfección con la historia.

MV5BOTAyYTQ1ODgtY2NjNi00N2VjLWFkZmEtMTkwNzU2YWYyMTZkXkEyXkFqcGdeQXVyOTc5MDI5NjE@._V1_

Acierto logrado en el personaje principal es que a pesar de que mantiene unos diálogos muy inteligentes, como sus antecesores, deja de emplear el lenguaje elíptico para darle paso al humor fino y elegantemente trabajado. También, que en la creación de Joe sobresale su código moral incorruptible, no permitiendo que el mundo a su alrededor haga mella en él, conservando de manera intacta su escala de valores morales conservadores: no a las drogas, repudio a cualquier tipo de acto ilegal, no se divorcia de su mujer a pesar de que la descubrió siendo infiel, mucha disciplina en su hogar a pesar del alejamiento que de su hija esto le trae. Si «nada define a un personaje como su vestuario», en el de Joe hay un detalle fascinante: portar su anillo de casado en todo momento, a pesar de que su matrimonio está destruido. Incluso en los afiches promocionales se le ve portando la argolla de compromiso. Tal confluencia de contradicciones permite mezclar el drama personal del personaje con la trama principal de la película con mucha fineza.

Tony Scott, quien tiñe cada fotograma con los colores y tonos correctos (posiblemente por su faceta de pintor), combinándolos con una perfecta textura de humos y nieblas, sobresaliente en su manejo del dutch angle, proporciona un ambiente denso, frío y dominado por el claroscuro, creando el ecosistema perfecto para darle vida a la historia. Gran parte de todo el metraje funciona por el director, pues a pesar de trabajar en un género en el que las explosiones y balaceras son la mejor herramienta para llevar al público a las salas, tanto él como Black decidieron desarrollar una historia y unos personajes complejos, conflictivos y tridimensionales, en escenarios crudos y duros, superando el desarrollo narrativo que caracteriza este tipo de películas. Seguramente, la falta de simplicidad fue su condena en la taquilla.

MV5BZGIzZjc5ZWUtOTgxNy00ZWU0LTg3N2UtZjBiYzU1ZmIwODc5XkEyXkFqcGdeQXVyOTc5MDI5NjE@._V1_

En el material escrito vendido, antes de ser cercenado por demandas del actor y otras del productor, se describían situaciones horripilantes y personajes verdaderamente macabros. Milo, el villano interpretado por Negron, era productor de películas snuff y un asesino inescrupuloso, a quien en un momento se observa finiquitando la vida de todos los miembros de una familia que se interpuso en su camino. Posterior al estreno del filme, el actor decía no comprender por qué consideraban a su personaje tan peligroso, pues básicamente es una persona que se pasea hablando suave por diferentes momentos del filme. Comparando lo que actuó con lo que leyó en el guion, mucho tiene de razón.

Cineasta declaró alguna vez su sorpresa al ver el fracaso en taquilla del filme. El actor principal estuvo perfecto -declaró él-, las escenas de acción eran electrizantes, Shane Black había escrito un gran guion… y aún así no funcionó». Pero así es el cine. «Ridley -refiriéndose a su hermano, el cineasta Ridley Scott-«, alguna vez aclaró Tony Scott, «hace películas para la posteridad, mientras que yo soy más rock and roll«. Y una gran tonada es «The Last Boy Scout»: acción pura y creadora de adrenalina, humor por todos lados y diálogos memorables llenos de ingenio en cada palabra, dignos de los grandes escritores de mediados del siglo pasado. Uno inolvidable: Hallenbeck amenazando a Marcon con entregarle a la mafia un casete con una conversación de él con un senador tratando de legalizar las apuestas en los deportes. «Dispara el gatillo, te invito. Pero no te sorprendas cuando mañana amanezcas con la cabeza de un semental a tu lado», es una frase que solo sale de las manos de un grande en un momento de enorme inspiración. La forma como Willis la declama y Scott la captura, es una bella muestra de lo que el cine debe ser y el por qué esta película, que poco funcionó en su época, se niega a morir.

MV5BYmU0YWIwYmYtOWNiMy00NDJlLWI3MWEtZGQyMWI1NTlhYWRmXkEyXkFqcGdeQXVyOTc5MDI5NjE@._V1_

Anuncios

Deja un comentario