«Contagion», de Steven Soderbergh, El Humano Encuentra Su Depredador.

Al momento de su estreno, en el 2011, Warner Bros. etiquetó «Contagion» de Steven Soderberg como una obra perteneciente al género de la «ficción científica» (Sci-fi).  Posterior a la declaración de pandemia global del Covid-19 por parte de la Organización Mundial de la Salud, el filme tuvo un alucinante y merecido renacimiento en plataformas de transmisión virtual, llevándola a ser considera como «la película más vista durante la cuarentena», adjetivación otorgada después de escalar hasta el segundo puesto en el catálogo de Warner Media (desde la posición 270) y treparse hasta la cima de la lista de alquileres de ITunes. El resucitar a una segunda vida comercial de la cinta contraería un segundo bautismo, con lo que el conglomerado recategorizó al filme como un «drama». A nada se está de que la producción inicie un segundo recorrido por salones de clase, cineclubs y hasta teatros, si se consigue superar este impase y, para esa época, sin faltar mucho a la verdad, se podría presentar ella como si de un documental se tratara.

En su momento, el filme no logró cautivar a la crítica (cero nominaciones a cualquier premio pomposo) ni a la audiencia (6,7 de calificación en IMDB) produciendo una taquilla muy cercana al fracaso comercial (135 millones a nivel global sobre un presupuesto de 60). Pero un segundo visionado, durante una crisis de salud planetaria por poco idéntica a la proyectada en su metraje, le da a la película toda una nueva perspectiva, y es que esta vez, se le entienda. El ser humano parece tener la terquedad como algo inherente a su naturaleza y, como muestra de su aún naciente inteligencia, solo escucha racionamientos cuando es demasiado tarde. La fuerza del filme hoy proviene de esa condición. Porque sus advertencias, hechas con tanta antelación, no fueron escuchadas; pero hoy, cuando nuestra especie vive enclaustrada en un mundo demasiado similar al que el filme buscaba prevenir, cuando ya es demasiado tarde, cuando sus anuncios no son un aburrido manual de instrucciones para prevenir la catástrofe, sino un grupo de señales indicando cómo evacuar durante un incendio, es que se capta a plenitud lo transmitido por escritor, director y equipo científico involucrado: el horror de la realidad, de la cotidianidad, del vivir en medio de una pandemia.

Steven Soderbergh
Director Steven Soderbergh (AP Photo/Evan Agostini)

Marion Cotillard, Matt Damon, Laurence Fishburne, Jude Law, Gwyneth Paltrow, Kate Winslet, Bryan Cranston, Jennifer Ehle, Sanaa Lathan, adicionando otros nombres, son un elenco impresionante, generalmente reservado para grandes megaproducciones, pero que director y productores ensamblaron para una película pequeña casi independiente, con un presupuesto ínfimo. Cada uno de los intérpretes aceptaron una rebaja considerable en sus salarios, e incluso se ha reportado que Paltrow trabajo básicamente de gratis. Dos fueron las razones detrás de tal hazaña: una, el guion de Scott Z. Burns (quien trabajó con Damon en «The Bourne Ultimatum» y «The Informant!«) considerado por el cineasta a cargo de esta película como «el mejor escrito de uno de los tres mejores escritores de Hollywood»; y dos, el respaldo científico determinando la narrativa del filme. La grandeza de la obra, recae en haber podido trasladar a un drama cinematográfico, este segundo ítem.

La investigación de Burns tiene como sustento tres nombres alucinantes en el mundo científico: el profesor en epidemiología W. Ian Lipkin, el famoso epidemiólogo Lawrence «Larry» Brilliant y la lectura de la obra «The Coming Plague», cuya autora, Laurie Garrett, fue entrevistada por el autor del material en el que estaría basado el audiovisual. Con eso, autor entregó a cineasta un material «terrorífico por lo real» de sus declaraciones. El miedo estaría producido basado en un principio: los actos normales, aquellos realizados de maneras repetitivas e inconscientes durante el día, podrían ser la condena. Tocar una mesa, respirar junto a alguien contagiado, compartir una bebida con un enfermo, tocarse la cara, no lavarse las manos correctamente, todo expondría la vida de cada personaje. El filme convierte cada actividad de la vida cotidiana en un juego de ruleta rusa. Pero, cuando se presenta tal dramatismo sin el espectador haber experimentado ese mundo, parece un mamotreto lleno de cantaletas y, ergo, aburrido. Hoy, con cada miembro de la audiencia experimentando un mundo paralelo al de cada personaje de la película, que cada uno sufre el mismo conflicto que los personajes de la ficción, la grandeza del filme se explaya orgulloso en cada plano proyectado.

1584323682_364355_1584324124_noticia_normal
Scott Z. Burns

Soderbergh y Burns construyen sus historias a través de los personajes. Las vivencias de cada uno de los seres producen la trama a deshilvanar. La idea central a desenvolver: el desatar una pandemia global, requería se explorara un escenario inédito hasta ese momento: la respuesta de la institucionalidad global y, en especial, las personas a cargo y las otras obedeciendo. La necesidad de las cuarentenas, el desespero y violencia por ellas producido y, especialmente, el nacimiento de otro virus más letal y peligroso que el causante de la misma enfermedad: los miedos, hacen presencia en el filme de forma aterradoramente exacta al estilo de vida de hoy, con personajes ya familiarizados para el público. En época de Covid-19, el enemigo más agotador a enfrentar es la cantidad de información irrelevante y falsa rondando. La cantidad de teorías de la conspiración habidas y desatadas son tan alucinantes como preocupantes la facilidad con que son aceptadas por cantidades enormes de seres humanos. Jude Law, como el bloguero Alan Krumwiede, materializa ese fenómeno, compartiendo información falsa, aterradora; pero que a él termina enriqueciendo.

Sobresale, en el retrato hecho de Krumwiede por director y actor, el evitar el facilismo de convertirlo en un «agente del mal», esparciendo falsedades con tal de destruir el mundo… solo porque sí. Alan es un ciudadano que, por fortuna del momento atípico, para él, se convierte en la voz de la nación atacada por el virus, una afanada y desesperada por respuestas que las instituciones está imposibilitadas a producir a la velocidad por ella deseada. En ese vacío es que se abre el espacio para la especulación, manipulación y tergiversación de los hechos, confundiendo y complicando la salida a la crisis. Alan Krumwiede es, en breve, un resultado natural y esperado de un hecho de esta magnitud. La intención de realizadores era poderosa: compaginar el crecimiento exponencial del virus con el del miedo entre las personas, exhibiendo que el segundo tiene una tasa de multiplicación mucho mayor a la del primero. Se lamenta la intención no haya podido quedar plasmada en la pantalla de forma tan exacta, tal y como desde un principio se planeaba.

ROBBIE-CONAL-POSTER

Laurence Fishburne encarna al doctor Ellis Cheever, personaje al mando del Centro de Control y Prevención de Enfermedades (CDC en inglés), y quien en la ficción es el retrato perfecto del doctor Tedros Adhanom Ghebreyesus, secretario general de la OMS en la época en que se desató el Covid-19. Ambos se enfrentan a un sarta de acusaciones de todo tipo, por parte de un público ansioso por respuestas, necesitado de calma al verse enfrentado al hecho de que el mundo conocido se ha derrumbado y el futuro, con todos sus planes y sueños, se ha desvanecido para la gran mayoría por primera vez. Nunca antes se había vivido lo que las ciencias sociales denonima un «hecho social total», comprendido este, según un grande en la materia como Ignacio Ramonet, como uno que «convulsa el conjunto de las relaciones sociales, y conmociona a la totalidad de los actores, de las instituciones y de los valores».

Durante los días del Covid-19, la OMS se erigió como el primer poder global mundial, con fuerza sobre la humanidad solo soñada por los más detestables dictadores del pasado. Su mandato cercenó, por primera vez en la historia, el derecho de locomoción de las personas, obligando a miles de millones a estar encerrados en sus hogares, teniendo la posibilidad de ser encarceladas por las fuerzas gubernamentales por el simple hecho de abandonar sus casas. Ni en las épocas más oscuras del pasado, pasaear en la calle fue tan peligroso como hoy. Es esa una libertad que ya se cedió y, como sucedió con la privacidad posterior a los hechos del 11 de septiembre de 2001, posiblemente sea uno irrecuperable por los ciudadanos del planeta. Ese escenario, complicado y controversial, tiene una explicación sencilla en la película: dice el doctor Ellis, el personaje de Fishburne, al responder a un periodista si el haber tomado esa medida, tan drástica, no era más que una exageración: «Prefiero que me llamen exagerado y evitar que millones de personas mueran», porque tanto filme como realidad son tajantes en su conclusión: «la única arma que tenemos contra el virus es el distanciamiento social».

MOVEB93624__58306.1541845259

«Estamos en guerra», declaraba reiteradamente el presidente francés Emmanuel Macron durante su alocución a sus gobernados en los albores de la explosión del Covid-19 en su país. Kate Winslet, para su personificación de la Doctora Erin Mears, encargada de seguir la pista del contagio esperando llegar al origen del virus, proyectaba el exacto mismo escenario para su papel. En sus palabras: «Estas son personas que pueden ser enviadas a zonas de guerra donde ha habido un brote de un virus nuevo. El miedo no es una opción. Si lo sienten, aprenden a dejarlo de lado». A hoy, con cifras muy conservadoras de cerca de 300.000 muertos por la expansión del coronavirus, el tipo de enfrentamiento habido entre el ser humano y esta nueva especie es uno al que el calificativo de «bélico» no le es exagerado, y los doctores, esos esperando de sus ciudadanos no aplausos más sonoros sino presupuestos más abultados, son fácilmente considerados unos héroes de esta guerra.

Winslet, quien declaró una profunda admiración por los doctores a quienes se acercó como preparación, bordó su papel en clave de un detective investigando el origen del virus. No obstante, su misión más relevante era hacerle entender al público el concepto de R0, que es nada diferente al potencial de contagio que cada persona contaminada tiene. En breve: si alguien se contagia, ¿cuántos más se van a contagiar por culpa de ella? Y aunque plasma con exactitud el concepto, lo hace en una escena de exposición que es realmente floja: situada ella frente a un tablero graficando lo que significa. Tiene razón Burns al decir que su presentación, «una mezcla de matematicas y ciencia», es una interpretación brillante; pero se extrañó mucho que en ese escenario, no se hubiera diseñado secuencias esencialmente visuales para explicar la capacidad de afectación del ente asesino.

Contagio-592241604-large

¿Cómo hace «Contagion» para ser tan macabramente similar a los hechos acontecidos en el mundo durante la pandemia del Covid-19? La respuesta a esa pregunta es realmente una tragedia: ya todo esto se sabía iba a pasar. Bill Gates lo había predicho en su charla en TED en 2015; Larry Brilliant, en su conferencia en el mismo lugar, en 2006, había hecho famosa la frase de que una pandemia global «no era cuestión de si pasaba o no, sino de cuándo». En extenso reportaje sobre la pandemia atacando, Le Monde Diplomatique cita a la Revista Nature Medicine y su artículo de 2015 con el que avisaba la existencia de un racimo del virus del SARS en murcielagos entrando en contacto con humanos. Más de una década antes, El Consejo Nacional de Inteligencia compartía el resultado de sus investigaciones, concluyendo que para muchos expertos la amenaza más latente a la globalización era el nacimiento de una pandemia.

El mensuario de origén francés cita un párrafo tenebroso del informe del centro de pensamiento norteamericano: “Algunos expertos creen que es sólo cuestión de tiempo hasta que una nueva pandemia aparezca, tal como la Gripe Española de 1918-1919 que mató unas veinte millones de personas en todo el mundo». No solo anunciaba el mal aquejándonos, también la debilidad de nuestras instituciones para atajarlo: «Desde las megaurbes del mundo en desarrollo con pobres sistemas de salud (como las de África subsahariana, China, India, Bangladesh o Pakistán), semejante pandemia sería devastadora y podría difundirse rápidamente por todo el mundo». Dado la capacidad de predicción de esas líneas, aterra lo que en ellas se insinúa va a suceder: «La globalización estaría en peligro si los muertos se contasen por millones en los principales países y la difusión de la enfermedad pusiese un alto al comercio y los viajes globales durante un período extenso de tiempo, obligando a los gobiernos a gastar enormes recursos en los exhaustos sistemas de salud». En «Contagion» la cifra de muertos es 26 millones de personas por la pandemia, un calculo realista de seguir extendiéndose la propagación del Covid-19 en el tiempo.

VWE6Q4

Marilyn Manson escribió en una de sus canciones más poderosas que «la muerte de uno es una tragedia / la muerte de millones es solo una estadística». Estar ad portas de perder 26 millones de humanos, o el doble o la mitad, es una cifra para perder la tranquilidad y el sueño. Y hace, de este virus y todos los demás, el depredador del ser humano por excelencia. La condición de dios todopoderoso sobre la tierra autoadjudicada, se ha desvanecido a la velocidad en que caen los gigantes de barro. La percepción existente sobre la posibilidad de que la ciencia humana todo lo podría solucionar es una entelequia desde la explosión del Covid-19. Una nota aparte hace del panorama más complicado y aterrador: ni el SARS ni el MERS tienen vacuna; siendo el Covid-19 un virus más poderoso e «inteligente» a sus antecesores, ¿qué esperanzas reales hay de encontrar una para él? En el filme sí se encuentra una cura, sin dejar pasar la crítica habida a los experimentos cientificos en animales para hallarla, una practica cada vez más urgente de extinguir según los resultados entregado (básicamente, no sirven para nada), dejando claro que es esa la única solución a este problema.

Una generación, sociedad o civilización, tiene el derecho de llamarse inteligente o desarrollada, cuando su toma de decisiones son resultado de la información entregada por la ciencia. No hubo un solo creyente enfermo en esta pandemia corriendo a una iglesia buscando la cura, y sí, por el contrario, se apresuraron todos a llegar a un hospital esperando un milagro. Ahora, las personas que pronosticaron el Covid-19, que alertaron que esto iba a pasar, y que tuvieron la capacidad de preveer iba a suceder exactamente a como pasó, son diáfanos en sus advertencias: o dejamos a la naturaleza en paz o esta será solo la primera pandemia. Un mundo con SARS, MERS, Covid-19 y un coronavirus adicional es, no hay otra forma de decirlo, el fin de nuestra existencia.

Contagion-movie-wallpaper-poster

Steven Soderbergh se hizo merecedor de la Palma de Oro en Cannes por su primera película, «Sex, Lies and Videotape» en 1989. Pasó una década experimentando con el arte hasta que reencontró el éxito comercial al tener dos producciones con su firma, nominadas a Mejor Película en un mismo año, en los premios Oscar, «Erin Brockovich» y «Traffic» en el 2000. Esa dicotomía en Soderbergh es fascinante y, proviene ella, seguramente, de su visión sobre qué tipo de películas existen. Según sus propias respuestas al interrogatorio de Laurent Tirard, se separan en dos grupos las cintas de un cineasta: un filme subjetivo, que es una interpretación personal, un filme, dice él, «en el que ordernó las cosas para presentar mi punto de vista sobre un tema o una historia determinada a fin de manipular las emociones del público»; y otro, los filmes objetivos, en el que, concluye, «mi papel consiste en retirarme y mostrar las cosas del modo más sencillo posible, para dejar que el propio espectador elija cómo quiere reaccionar emocionalmente».

Esa sentencia la hizo el artsta años antes de haber realizado «Contagion», siendo indudable su fidelidad a la creencia expuesta, pues es la obra referida en este texto una perteneciente de forma clara y pristina al grupo de las objetivas. Soderbergh dio un paso al costado y permitió que la ciencia, explayada en el guion de Burns, tomará la rienda y jalara la narración. El mundo retratado, uno que, como él mismo explicó, nunca había visitado, es fiel a la actual coyuntura, porque todo lo puesto en la pantalla era lo que los expertos en la materia explicaban. Con urgencia, el resto de la humanidad debe aprender la lección y escucharlos.

Anuncios

Deja un comentario