«Ali», de Michael Mann, Resucitando El Legado Del Más Grande.

«Al principio no creía que fuera el más grande de la historia. Pero de repetirlo tantas veces me lo creí y terminé siendo el más grande de la historia». La frase puede haber sido suya o no. En esta época de «memes» y mentiras digitales, es costumbre adjudicar palabras fascinantes a personajes admirados. Más sin embargo, en este caso particular, de no ser real, debería ser una verdad. Muhammad Ali no fue tanto una vida como una época, interesante e impactante, resumen de un momento transgresor en la evolución de la civilización moderna.

Si se es partidario de la igualdad entre hombres y mujeres, así como consciente de la inexistencia de la razas, los años de Ali y sus luchas son un todo inspirador. Para Hollywood, algo más tangible: una gran oportunidad de negocio, siendo solo cuestión de tiempo el plasmarlo en una pantalla. Afortunadamente para el cine y para el boxeador, para sus fanáticos y aquellos luchando por el sueño de un mundo mejor desde cualquier trinchera, fue Michael Mann el hombre detrás de la realización y, de manera gratamente sorpresiva, fue Will Smith el actor escogido para hacer el papel del más grande deportista de la historia.

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Eric Roth, experto creador de alucinantes vidas de ficción como son las de Forrest Gump y Benjamin Button, serviría como encargado ideal para retratar una experiencia humana por poco imposible de creer para cualquiera sin haber escuchado del atleta. Sin la existencia de material de archivo en todos los formatos y medios alrededor del planeta, posiblemente cualquiera dudaría de las vivencias de este, un pugilista tan valiente, ágil y fuerte en el cuadrilátero, como heróico, temerario y luchador por fuera de él. Siendo Mann también un certificado escritor, el trabajo a cuatro manos concluyó en la correcta captura de un ser digno del mejor filme.

La «Ali» de Mann es la consagración de un cineasta exageradamente dotado, creador de un estilo visual hermoso, inconfundible y atrapante, el que otorga una firma propia capaz de sobrevivir en la perpetuidad. Tal conjunción, tan difícil de hallar, era lo requerido para semejante biografía. Su capacidad de mezclar música electrizante con imágenes poéticas, hechas para exhibir su estricto apego a los hechos y reconstrucción de los más mínimos detalles de la realidad, hacen una fusión exquisita, una obra de cine sobresaliente entre su género. El biopic, palabra compuesta nacida de la conjunción de «biography» y «pictures», es un género enfrascado, generalmente, en fotografiar los momento más llamativos del personaje retratado. Una insulsa recordación de lo hecho por ellos para convertirse en merecedores de compartir su vida en un audiovisual. Mann, en «Ali», crea una obra de ficción, del más puro arte cinematográfico, con tal recordarnos y darnos a conocer a un ser emblemático y único. Estas palabras son difíciles de comprender, no siendo las capacidades intelectuales del lector o las de escritor del autor las razones de la dificultad, sino el hecho de enfrentarse a describir y entender una genialidad. Pero no es un esfuerzo banal: solo basta recordar que «Heat» es una historia de la vida real (y que «Forrest Gump» parece de la vida real, pero no lo es) para darle absoluta compresión y validez a la disertación acá expuesta.

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Aliados invaluables en su lucha por alcanzar las máximas artísticas, están las composiciones de Moby y Lisa Gerrard, utilizadas para embellecer los planos tomados por Emmanuel Lubezki, perfecto como mano derecha de un creador de tan característicos planos. Se siente un Mann inspirado, fascinado con su material, impulsado a crear magia en cada momento y con cada toma escogida para representar los 10 años más interesantes y turbulentos de la vida del deportista, entre 1964 cuando ganó el título de pesos pesados como Cassius Clay, hasta 1974 cuando recuperó su trono ya rebautizado por la fe musulmana como Muhammad Ali. Un lapso de tiempo suficiente para entender la esencia de alguien cuyas experiencias de vida son más parecidas a las de un ser humano activo durante un siglo: fue un brillante deportista, personaje público de fuertes convicciones políticas y, de manera casi que irónica pero no contradictoria para un boxeador, pacifista luchando por lo derechos civiles. Sus triunfos en el cuadrilátero eran disminuidos por las derrotas sufridas a manos de un establecimiento político conservador imposibilitado a evolucionar .

Spike Lee, famoso por sus filmes representando y vanagloriando a los afro-estadounidenses, por poco logra ser el director seleccionado para retratar la vida de una de las personalidades más importantes en la historia de su misma «raza». Pero en el arte del cine nada importa el color de piel y si las palpitaciones del corazón, por lo que un blanco dominado por la sensibilidad artística, gracias al voto del propio boxeador y de Smith, terminaría a cargo de tan intimidante reto. Y no se equivocaron. No se necesitaba una persona de igual piel para entender la vida y el legado del boxeador: la urgencia era por un cineasta con una gran lectura de la sociedad y el espíritu humano. El creador detrás de «Heat», «The Last of the Mohicans» y «The Insider» parecía mucho más adecuado. Porque es que la vida de Ali no sólo fue importante para su raza, que era el enfoque que le quería dar Lee, sino para toda la humanidad. Los diez años del pugilista más grande del deporte fue una década revoltosa, afectando a todos y todas. Se podría especular que Lee tenía una visión enorme de un gran afroamericano, mientras que Mann retrató un humano excepcional.

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Mann logra compartir y hacer entender la importancia para nuestra civilización de las batallas dadas por su personaje, unas en las altas esferas de la humanidad, otras en los lugares más humildes creados por nuestra especie. Capta, con misma exactitud, la complejidad de su personalidad: su tratamiento con la prensa, a quien hablaba desde una posición de superioridad, disminuyendo su esencia hasta hacerla un mero instrumento para sus intereses; siendo un contraste con la humildad en él percibida durante el emotivo entrenamiento en África en los días previos a su pelea The Rumble in the Jungle, acompañándolo en su correr en medio de trochas delatando la miseria económica del lugar, junto a niños extasiados por su presencia. Ali se creía y comportaba como alguien por encima del poder establecido en la sociedad, dirigiéndose a él con una soberbia real; mientras regalaba un carisma que lo hacía irresistible a los más débiles. Su sentido del humor, su naturalidad y su espontaneidad, junto a su talento nato, le han dado un lugar como una leyenda a ser recordada por generaciones venideras, y el talento de Mann le ha dado una nueva vida en el séptimo arte.

Como no podría ser de otra forma, su vida privada peleaba constantemente con el reclamo del público. Muchos de sus problemas, desconocidos en general, son traslapados a la pantalla con todo el drama requerido para convertirlo en una puesta en escena; pero de una manera respetuosa con la persona prestando su pasado para hacerlo arte. Ali mismo le exigió a Mann la presencia de ellos en el filme, porque acorde al director, «el boxeador estaba orgulloso de sus errores». El más doloroso de recordar: la enemistad que perduró con Malcom X y el nunca haberlo corregido antes de este ser asesinado. Ver la interpretación de Smith como Ali, cómo reacciona al escuchar la noticia de que su amigo ha sido abaleado, después de saber esto, es todo lo que el cine puede ser. Sus problemas con las esposas por sus infidelidades, lo conflictivo de su relación con la Nación del Islam producto de su ingenuidad, las frustraciones por no entender que muchos a su alrededor buscaban solo explotarlo en beneficio personal, su conflictiva cercanía con Malcom X y con un joven pero controversial empresario llamado Don King, son elementos de esta película, una narración extraordinaria. Su activismo político permite concluir que el boxeador más poderoso jamás visto en un ring, era infinitamente más peligroso con sus palabras que con sus puños.

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Una obra titulada «Ali» contrae la obligación de retratar a cabalidad la vida de la persona referida. Por fortuna el escogido era un ser humano complejo, pero en su faceta como atleta era lisa y llanamente un pugilista. El mejor de todos, para muchos y sin duda alguna; y uno al que sólo el gobierno le pudo quitar “el título que ningún otro boxeador pudo”. Era «alguien que golpeaba como un peso pesado; pero que se movía como un peso ligero», habría de decir de su estilo el cineasta. Para capturar un comportamiento casi sobrehumano y ayudándose de sus inmensos conocimientos técnicos, artista audiovisual desarrolló una cámara denominada Elmocam, buscando ubicarse en el cuadrilátero y desde una posición privilegiada capturar los golpes, esquivadas, tropiezos de los contendientes, realizando tomas íntimas, profundas, inéditas, con un sonido real pero exagerado para efectos dramáticos, capaz de hacer sentir al espectador la experiencia del combate cuerpo a cuerpo en viva piel. El trabajo del director parecía enfocado en permitirle compartir, a cualquiera, desde el cine, lo sufrido por aquellos que se enfrentaron a Muhammad en su deporte. Si en «Heat» fueron los disparos explotando alrededor, junto a los movimientos tácticos y coordinados de los actores los que logran simular estar en un tiroteo para la audiencia, en Ali son los puños aporreando los cuerpos los que producen hematomas emocionales, dejando marcas en la psiquis de quien se atreva a verlo.

El talento de Mann ha sido siempre la fiel captura de vivencias humanas poco ordinarias y la perfecta recreación del espacio donde se suceden. Su costumbre es la construcción de un terreno, un universo donde todo se desarrolla, bastante fiel a la realidad, siendo reconocido por sus exuberantes retratos urbano industriales, elaborados con fidelidad hasta en el más mínimo detalle, a los que siempre complementa con la vida,  trabajando con sus actores hasta convertirlos en sus personajes. En esta producción lo alcanzado por Will Smith como Ali deja a los mejores elogios cortos en su capacidad de describirlo. Irónico hecho al recordar que, en un principio, Smith rechazó el papel por lo intimidante que era, pero aceptó ponerse en la piel del histórico hombre después de una llamada de él mismo, quien le solicitó que aceptara la oferta, dado que era el único actor lo suficientemente atractivo como para interpretarlo. El objetivo para el hombre a cargo era claro: Smith debía ser capaz de aguantar golpes, como lo hace un boxeador.

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La preparación física del actor le arrebató un año de su vida y tal vez algunos traumas, producto de los muchos golpes recibidos. Charles Shufford, boxeador en la vida real, interpretó a George Foreman y un par de golpes de más dio a su compañero de actuación, quien también tuvo la capacidad de causar una concusión a uno de sus contrincantes en la etapa de preparación. Para director e intérprete la personificación del mejor boxeador requería vivir, en carne propia, con el estado físico de su homenajeado; conseguir la capacidad de repetir su misma rutina de ejercicios y sentir esa fuerza, ese poder dentro de su persona. Una vez lo físico fue adquirido, comprendido, la agilidad mental arrancó su desarrollo, dando paso al estudio y aprendizaje de sus técnicas: cómo se paraba y se movía en el ring, su rapidez, su agilidad, cómo, cuándo y dónde golpeaba. Así fue construyendo lo que concluiría en una vibrante personificación de una leyenda.

Para director y actor, lo más notorio de Alí fue su inteligencia. Su arma secreta durante sus conflictos con el establecimiento de su sociedad, fue también la más importante en sus encuentros sobre un cuadrilátero, ubicándose ella en su cabeza, no en sus músculos. Los últimos, Smith los pudo imitar ganando 15 kilos en su cuerpo. Su personalidad arrolladora, sus gestos, sus comportamientos, su fuerza al hablar, su poder y agilidad física, es un personaje creado por él para intimidar al mundo. Lo brillante, es que todo está retratado por Smith. Su filosofía: el desprecio por la injusticia contraída por el poder o el abuso de él, hace parte de su vida a cada instante. Una metáfora visual exacta quedó plasmada durante la escena de una rueda de prensa, en la que ataca verbalmente sin misericordia a Don King, exigiendo de él respeto hacia su entrenador, y empequeñeciendo al promotor como nunca después nadie pudo hacerlo. Sus momentos más sinceros junto a uno de sus más allegados amigos, el periodista Howard Cossell, interpretado de manera magistral por John Voight, resalta por el amor existente y palpable entre ambos, transmitido en toda su integridad y complejidad, al haber sido ellos unos showmen en público y unos callados e íntimos seres en la soledad de sus momentos privados.

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Es rescatable la capacidad de emoción que tenía Ali reaccionado con enorme calma a los aconteceres de su alrededor, transformándose de su grandilocuente alter ego a su sencilla persona, en diminutas unidades de tiempo. El perceptivo ojo de Mann lo captó y Smith se lució recreando esa particularidad. No importaba cómo disminuyera a sus contrincantes antes de las peleas, cuando ganaba sabía que debía estar agradecido acorde a sus creencias; sin detenerse a pensar en lo grande y fuerte que fue, la muerte de sus amigos lo hicieron llorar como a cualquier otro; la fama no le impedía detenerse a saludar y jugar con los pequeños brotando sonrisas, emocionados al coincidir con él por la calle. Director hizo su parte embelleciendo la actuación: posterior al combate con Foreman, una mariposa vuela detrás de Ali, haciendo referencia a su famosa frase «flotar como una mariposa, picar como una abeja».

Todas esa complejidad hace parte del registro actoral de Smith, cuyo esfuerzo fue compensado con la admiración de sus pares, hasta llevarlo a soñar con ganar la estatuilla dorada más deseada por Hollywood, un premio que le fue esquivo de forma injusta ese año. No deja de ser bastante paradójico para el interprete que, la fama alcanzada y las taquillas logradas durante su carrera, no le hayan sido suficientes para haber hecho funcionar la producción a la que más se entregó. La interpretación que el antiguo príncipe de Bel-Air hizo de Muhammad Ali lo consagró como un actor de talento entre la industria, evolucionando de su mero papel de estrella cómico taquillera que tanto busca y gusta en la industria cuya meca está en Los Ángeles.

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Muhammad, el hombre, exigía para su obra una recreación correcta de su vida, con sus logros y defectos, errores e ingenuidades. El trabajo final a él complació, a crítica y público, lamentablemente no. Para el brillante Roger Ebert, lo presentado por Mann es nada más que una pérdida de celuloide,  ocupado en contar «frivolidades» como la tarde con miles de niños en África (hecho que llegaría hasta ser inmortalizado en un icónico comercial de Adidas) y no se detiene en cosas más importantes como en sus esposas, de las que nadie quiere saber nada. La confianza del maestro Ebert proviene de su experiencia personal, situándose por encima de talento y equipo realizador, al haber pasado un día con el boxeador en los años setenta, lo que siente es experiencia suficiente para destruir con sus argumentos la película de Mann. El eminente analista de cine pensaba que, su momento con el pugilista le da más conocimiento sobre su vida y el impacto que esta tuvo, que la que pudieron tener Mann y Smith que pasaron meses con él en la pre-producción de este proyecto.

Merito mayor dentro de los elogios del filme tiene Amy Pascal, quien como mandamás de Sony aceptó el retrato fiel y peligroso propuesto desde el guion para el filme que su firma en los cheques respaldaba. Era imposible llamarse a engaños: Michael Mann dirigió «The Insider», obra en la que en asociación con Al Pacino y Russell Crowe desnudó a las tabacaleras, de las principales financiadoras de Hollywood, exhibiéndolas como meras comerciantes de nicotina, capaces de destruir el programa periodístico más exitoso y famoso de la televisión, «60 minutes«, antes de arruinar uno de sus grandes negocios. «Ali era más grande que la CBS y las tabacaleras», compartió en alguna entrevista el cineasta, explicando la imagen que él tiene de su ídolo. Mann es contemporáneo a su héroe y experimentó los años politizados del boxeador en carne propia. Por eso concluye su filme creando una metáfora visual en la pelea final, representando un retrato del conflicto de clases destrozando la sociedad global en aquella época. El establecimiento político, económico y militar de su país se aglomeró detrás de George Foreman; los explotados del planeta, representados en los niños junto a él corriendo, gritaban extasiados dándole apoyo a Ali. «Es chistoso -compartió hace unos años en una entrevista el creador audiovisual-, cuando se hace una película de boxeo generalmente tienes que asegurarte de que haya algo más en la historia, pero en esta, en la que lidiamos con Vietnam, la Nación del Islam, la muerte de Malcom X, llegaba el momento en que teníamos que decirnos: ‘hey, recuerda que hay unas buenas peleas de boxeo por filmar».

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