“Joker”, de Todd Phillips, Elogio A La Locura.

¿Qué hace a una película conectar con el sentimiento de toda una generación? Era la duda perturbando a Robert De Niro, al ser entrevistado para un documental y en su afán por descifrar la razón detrás del éxito e inmortalidad de la obra cuyo legado más esplendoroso fue la consolidación de uno de los dúos más amados por los cinéfilos: el “Taxi Driver” de Martin Scorsese. Su rostro pensativo, atrapado en un fotograma en blanco y negro, engalanando su silencio absoluto, revelaba la ausencia de conjetura alguna como respuesta. En entrevista para un medio estadounidense, el cineasta a cargo de ese clásico confesaba el dolor físico sentido al filmar otra pieza centrada en un personaje renegado, perdido, aislado de la sociedad como lo es el protagonista de “The King of Comedy”, por sentirse identificado con él a profundidad, por recordarle su vida antes de haber alcanzado el estrellato como realizador audiovisual.

Se ha hecho muy fácil para algunos demeritar la obra de Todd Phillips sobre el villano más perfecto de la cultura popular, el “Joker”, calificando lo visto como una mera fusión entre las dos cintas de Martin Scorsese con Robert De Niro como centro gravitacional absoluto. Y es innegable que así es. “Joker” pudo haber sido presentado a la Warner en un formato de tipo: “Travis Bickle meets Rupert Pupkin”. El problema, el argumento imposible de encontrar por algún lado en esos comentaristas sobrados, es el reconocer que esa mezcla es una tan peligrosa y complicada de concretar con éxito como lo es la fusión nuclear. Se requiere de mucho para desarrollar en un mismo personaje dos personalidades tan complejas, embarazosas, peliagudas y peligrosas; y más aún, de insertar esa ficción en el zeitgest, el espíritu, el pensar y sentir de toda una generación.

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De principio al fin del metraje, “Joker” se manifiesta como prueba irrefutable de porqué la década de los setenta es, simplemente, la era dorada del cine de Hollywood. Diez años, enmarcados entre 1969 con el estreno de “Easy Rider” y culminando con la aparición en 1979 en el Festival de Cine de Cannes de “Apocalypse Now”, en la que en cada vuelta al sol alguno de los más grandes maestros del cine, Francis Ford Coppola, Steven Spielberg, George Lucas, Brian De Palma, William Friedkin, Ridley Scott, Woody Allen, Sidney Pollack, Sidney Lumet, Stanley Kubrick… y Martin Scorsese, regalaban al mundo no una mera cinta, sino un verdadero aporte al arte que con sobrades ejercían, envolviendo en cada pieza un mensaje claro, denso y penetrante sobre la sociedad en la que vivían. Y es que el cineasta detrás de este clásico moderno confesó su pasión por esos títulos inmortales de aquellos años, sobre todo el estudio profundo de personajes plasmado en pantalla, tan regular en las cintas de la era. En su camino a poner su nombre en el Olimpo de los dioses, el homenaje a ese tipo de cine hecho por Phillips le está abriendo las puertas del cielo.

Los setenta fue los días de la crisis del combustible que todo lo definió. Tan así fue, que el impacto del paro petrolero mundial creó un nuevo fenómeno económico desconocido hasta ese momento: la estanflación. La economía no crecía, pero los precios sí subían. En esa circunstancia, el desespero era palpable: adicional a la imposibilidad de encontrar trabajo y, por ende, ingresos, todo se hacía más inaccesible. Aquellos con un puesto en alguna organización vivían con pánico por su futuro. Todo ese desespero, humanizado por De Niro en su Travis Bickle de la cinta de Scorsese, también quedó resumido en una frase de “Network”, la obra tal vez máxima de Sidney Lumet. Su personaje más emblemático, el inmortal Howard Beale de Peter Finch, cierra uno de sus discursos con un portentoso: “I’m mad as hell and i’m not gonna take this anymore!” (estoy furioso como el diablo, y no voy a tolerar esto más). Visionaria fue esa cinta sobre el papel de los medios de comunicación en la sociedad, destacando el poder inmenso de la industria, proviniendo su fuerza del deseo efervescente de todos por ser famosos. Ese sentimiento queda exhibido con mucha precisión en el papel de De Niro como Rupert Pupkin y su afán por obtener sus quince minutos de fama, algo capaz de ser explicado con elegancia en la frase de “The Truman Show” de Peter Weir: “¿no serás que estás pensando con el deseo, Truman? ¿Qué estés deseando hacer más de ti mismo? Vamos, ¿quién no se ha sentado en el inodoro pretendiendo que está en una entrevista en un talk show?”

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“Joker” es la película de nuestra era, la que explica en una metáfora hiperbólica nuestros días. El desespero por el futuro y la absoluta necesidad de ser reconocidos, amados, idolatrados por desconocidos, confundiendo personajes de televisión con amigos, en medio de un caos como sociedad. Fue el Dalai lama quien definió a occidente como una especie centrada en «obtener cosas que no necesita, para impresionar a gente que no conoce». La primera secuencia del filme (opening shot) con Arthur Fleck luchando hasta hacerse daño por encontrar una sonrisa, en su traje de payaso, en medio de un mundo literalmente lleno de basura, hasta derramar una lágrima, es la introducción perfecta al mundo del filme. Porque hoy, citando al expresidente Rafael Correa: “no vivimos una era de cambios, sino un cambio de era”. Pretende declarar con su frase el fin del neoliberalismo, un sistema político, económico, filosófico entendido como el epítome de la sociedad de mercado: la privatización o comercialización de todas las áreas de la vida, capaz de destruirnos como seres sociales. ¿Quieres amor? Solo si lo compras. ¿Amigos? Solo si eres exitoso. ¿Posibilidades en la vida? Si eres de los escogidos. ¿Aceptado socialmente? Si defiendes el discurso dominante. De sus entrañas nace el individualismo acérrimo, llevado hasta el elixir por la propaganda: ¿eres pobre? Es tu culpa. ¿Eres rico y exitoso? Solo es por ti. Arthur es una víctima más de ese mundo.

Esa mentalidad se ha insertado en todas las entrañas de nuestro mundo moderno. El capitalismo neoliberal, ese de la inequidad política proyectada en la desigualdad económica, de la pasividad social, de la felicidad material sobre la fraternal, es nuestra era. Incluso se ha teorizado: se denomina “trickle down economy”. En breve, es una estafa disfrazada de política económica que quiere decir que hagamos a los ricos más ricos, para que ellos le den limosnas al resto y así viviremos mejor. Muchos lo creyeron; algunos aún hoy lo defienden. Es la sociedad de clases perfecta: tienes dinero eres bueno, no lo tienes, eres escoria. Todo el drama de la familia Fleck con la familia Wayne se entiende desde esa perspectiva. En una escena eliminada, Arthur corría a entregarle una carta de su madre al señor Thomas, siendo golpeado por sus guardias de seguridad, quedando tendido en el piso, con todo el mundo pasando de largo a su lado. Una escena que retrata a la perfección nuestra sociedad y que se lamenta su ausencia teniendo en cuenta el final de la obra.

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¿Qué mundo queda después de implementar tal filosofía del mal? Se ha hablado de él en miles de documentos, libros, artículos. Pero si el objetivo es entenderlo, vivirlo, sentirlo en la piel, en una sala de cine proyectando “Joker” es donde se debe ir a ver. La ciudad Gótica de la película, una obra de Mark Friedberg como jefe del diseño de producción, es la realidad de millones. Barrios destruidos, sin atisbo de civilidad entre sus habitantes, con la institucionalidad desvaneciéndose en las reducciones presupuestales de los gobiernos, producto de la reducción de impuestos a los más ricos. En breve, el “Joker” de Joaquin Phoenix es producto de la miserable, horrorosa y criminal sociedad que hemos creado, y lo único verdaderamente desquiciado es que estemos tan tranquilos en ella. Cuando dice él, «maté a esos tipos porque eran horribles. Todos son horribles en estos días. Es suficiente para volver loco a cualquiera», ¿está equivocado?

Ronda en Internet un video de un joven en Estados Unidos entrando a un colegio con un rifle de asalto a punto de cometer una matanza. Un profesor logra desarmarlo y, en vez de atacar su ser, lo abraza. Duele en el alma ver la fuerza con la que el niño se aferra a su maestro. Recuerda el momento la respuesta dada por Marilyn Manson a Michael Moore en su “Bowling for Columbine”. Al cineasta preguntarle al músico: ¿qué le hubieras dicho a los jóvenes causantes de la barbarie de Columbine?, el intérprete al que la sociedad conservadora acusaba de ser la influencia de la matanza respondió con un electrizante: “no les hubiera dicho una sola palabra. Los hubiera escuchado, que fue lo que nadie hizo”. ¿Cómo no describir como poesía pura, teniendo ese contexto, las palabras pronunciadas por Arthur: «Durante toda mi vida, no supe si realmente existía. Pero sí existo, y la gente comienza a darse cuenta?» Ni una tesis del mejor doctorado podría retratar con tanta dureza el dolor y olvido sufrido por millones, lidiando con él en el más absoluto silencio, retratado en la pantalla como «Joker».

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¿Quién es Arthur Fleck? Adrian Raine es un famoso psicólogo enfocado en criminalística, quien ha saltado a la fama producto de su diagnóstico del personaje que tiene en la gloria a Joaquin Phoenix. Para él, el Joker es la descripción exacta de cómo es una evolución de un ciudadano normal transformado por los golpes de la vida, en un psicópata. ¿No mata la primera vez en defensa propia? ¿No asesina a su madre cuando se entera del secreto oculto que ella sobre él tiene? ¿No es ella quién le pone el mayor obstáculo en su afán de conquistar su sueño? ¿No es la humillación generalizada la que lo lleva a cometer el acto que lo convertirá en un líder de masas? Algún sabio dijo alguna vez: “no es que los monstruos vayan a la guerra, es que la guerra crea monstruos”. Y la guerra hoy está en la sociedad. En Estados Unidos, hay más tiroteos que días en el año. Los jóvenes se han convertido en ermitaños por miedo a caer en una de estas balaceras. En ese mismo país, hay más suicidios por sobredosis (gente que se droga al máximo para fenecer), causadas por el desespero a un futuro incierto, que muertos en las guerras declaradas por su gobierno. ¿Qué esperamos crezca ahí? ¿Ciudadanos ejemplares? Advierte la película: ¿Qué obtienes cuando cruzas a un solitario mentalmente enfermo con una sociedad que lo abandona y lo trata como basura?».

Se hace imposible de creer sea una mera coincidencia las profundas conexiones existentes entre nuestra realidad y la ficción en la pantalla plasmada. La más notoria, es a su vez la más crítica: la facilidad con la que un enfermo mental accede a un arma. Una pistola que lo empodera. Una que desde que la tiene en su mano, le hace sentir un poder, transformando su ser, incluso su forma de caminar. También, sobresale la impresionante transfiguración de Thomas Wayne en un oligarca déspota, muy similar a los que habitan nuestro mundo y absolutamente alejada del arquetipo de multimillonario bonachón tradicional. Desde la posición de este blog, el objetivo para el cambio es claro: Arthur sí es el hermano mayor de Bruce. Las pistas resaltadas por varios internautas son convincentes en ese sentido. En nuestra visión: el insinuar Penny la firma de un acuerdo de confidencialidad, el instrumento jurídico con el que los ricos y poderosos de hoy quedan impunes después de cometer comportamientos sexuales inapropiados, no solo es la pista definitiva, sino una crítica profunda a cómo estamos lidiando ese flagelo. Supera la película, en ese sentido, a lo dicho por Elijah en “Unbreakable”: la estrecha relación habida entre el súper héroe y el archienemigo. Fascinante especular sobre el futuro de ese universo y qué tipo de personaje será Bruce cuando crezca. El plano final del joven, junto al cuerpo de su familia, mientras Arthur está sentado en Arkham, hace creer que su futuro también estará marcado por la crueldad de la sociedad en la que le tocó vivir, aunque hasta ese momento viviera aislado y protegido de ella. “Un hombre que se viste de murciélago claramente tiene problemas”, decía el Bruce Wayne interpretado por Christian Bale en «Batman Begins«…

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No deja de ser satisfactoria que una película valiente y peligrosa como “Joker” se alce con la taquilla de cine global. Sus resultados, inesperados hasta por el más optimista, hacen pensar mucho en lo dicho por Scorsese y Coppola sobre Marvel. ¿Es cine una puesta en escena tipo “Avengers”? Se hizo acá una férrea defensa de esa clase de producción. Pero el debate sí queda abierto después de este estreno. En este mismo espacio lo postulamos: Marvel le ha ganado la batalla a DC; pero tiene todo, la casa de Batman y Superman, para salir airoso en la guerra. Este estreno lo cambia todo, incluso la percepción que sobre las producciones de Disney había. (Algo similar sucedió con las películas de Batman hechas por Tim Burton una vez se estrenaron las de Christopher Nolan). Su cine adulto, maduro, denso y profundo perdurará en el tiempo, mientras que los chistes flojos y la estructura repetitiva y monótona de Marvel parece ser se desvanecerá como “gotas en la lluvia”. Si esto es un duelo a muerte, el estreno de «Joker» fue una estocada final.

Pero ¿qué la hace mejor? ¿Dónde radica su superioridad? En que “Joker”, a pesar de ser un panfleto audiovisual de una era catastrófica, es una película sumamente entretenida, divertida, amena: y eso es el cine. Marvel hacía producciones entretenidas con algún trasfondo digno de celebrar; “Joker” es un tratado sociológico el que, de alguna forma, logró ser entretenido. No notar la diferencia entre ambos es no querer verla. Y lo atrapante de la película pasa por tres cosas: su música (el trabajo de Hildur Guðnadóttir está a la altura de sus obras predecesoras: “Sicario. Day of The Soldado” y “Chernobyl”), realizada incluso antes de empezar a filmar, para diseñar las escenas con ella como ritmo base, creando un ritmo perfecto en todo el metraje; su diseño de producción (la recreación de una ciudad gótica de los setenta hermana gemela de la Nueva York de “Taxi Driver” es algo atrapante) y, sobre todo, su elenco, donde por supuesto sobresale Joaquin Phoenix.

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Tres momentos inolvidables nos regaló en el filme el gran intérprete. Su sueño en el show de Murray Franklin donde es capaz de compartir la falta de dignidad habida en su vida. Poder, con tan solo un par de gestos, dejarnos saber todo lo que está mal en su existencia: el poco reconocimiento que ha tenido, es digno del más extenso de los aplausos. Por eso su deseo de ser comediante: porque ve en ellos el respeto por él anhelado. Otro, la charla con su jefe, donde transforma su rostro mínimamente para tratar de disimular el horroroso sentimiento que lo abarca al escuchar ser acusado de robo. Pero por supuesto, su caminar al salir de su hogar, sus pasos en un ligero slowmotion en el pasillo de su edificio al son del “Rock and Roll Part II” de Gary Glitter, su andar como un ser humano diferente, nuevo, renovado y engrandecido (pareciera otro actor en el papel), es un momento cumbre en la historia del cine, concluido con ese baile en las escaleras tan desinhibido, tan suyo, tan único. Todo para demostrar que este hombre, que “no ha tenido un solo minuto de felicidad en su vida”, por fin ha encontrado su razón de ser, el por qué ha venido a este mundo, su espacio en medio del caos.

Porque el personaje está diseñado como un encuentro de una identidad. Arthur Fleck es negado por quien cree es su padre, y en su búsqueda de la verdad sobre su origen, descubre la posibilidad de haber sido adoptado. No es un Wayne; pero tampoco un Fleck. Su intento en la comedia es infructuoso, por lo que su sueño, lo que quería ser, se ha desvanecido. En ese momento es una persona sin pasado y, tal vez lo más doloroso, sin futuro. En ese preciso instante es cuando ve desaparecer frente a sus ojos su situación amorosa, tal vez lo único positivo en su vida. Y en medio de esa crisis existencial, ve que uno de sus actos ha impactado en el mundo. Fleck es un fracaso; pero Joker es un líder de masas. Su sonrisa al ver los marchantes con su máscara, así como al cruzar miradas con el joven en el taxi escondido tras una de ellas, es diciente como una confesión. Esa escena en su casa, maquillándose, pintando su pelo de verde, después de cometer su primer asesinato a sangre fría producto de una traición, es el fin de Arthur y el nacimiento del Joker. Por eso, desde ese día, no permite nadie lo llame de otra manera.

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Joker como personaje es famoso por desconocer su pasado. En algún comic revela que sobre su historia personal prefiere responder en «opción múltiple», algo representado con inteligencia en «The Dark Knight«. En Venecia, durante el Festival de Cine, Phoenix declaró la imposibilidad de acercarse al personaje a través de trabajos anteriores, dado que nunca antes se había desarrollado así. Pero si había un contexto donde ubicarlo, era este y esta la forma. Un estudio de personaje brillante e importante, que conecta con toda una sociedad. Se dice que como niños amamos a los héroes; pero como adultos comprendemos a los villanos. Se entiende ahora porqué rie este genio del mal, sabemos por qué le causa gracia sus atrocidades. Su presentación final en el show de Murray, entrando de una forma que ni en sus más grandes sueños se había imaginado, besando con pasión a una de las invitadas, bailando con tal gracia (toda la escena proviene de «The Return of The Dark Knight» de Frank Miller), devela un alter ego transformado en super hombre, un líder de masas listo para entretener, a su manera, a su audiencia. De ahí su necesidad de confesar el crimen que todo desata: el mundo viniéndose abajo es el resultado de su show, de su presentación.

Erasmo de Rotterdam escribió su «Elogio de la locura» en 1511, al regreso de su visita a su ciudad natal proveniente de Roma, donde se había encontrado de frente con la degradación más putrefacta de la Curia Romana. Fue, su escrito, un gran predecesor de la Reforma Protestante de Martín Lutero, causante de un cisma de magnitud tectónica en toda la civilización europea. Las clases de urbanismo arrancan contando un chiste sobre unos extraterrestres que, después de analizar la forma cómo convivimos en la tierra: con trancones para movilizarnos a trabajos absurdos, contaminando nuestra comida, aire y agua, llegan los visitantes a la conclusión de que en el planeta tierra no hay vida inteligente. Phillips y Phoenix han desnudado el mundo moderno a través del medio artístico más poderoso jamás inventado por el hombre. Las consecuencias no pueden tomar a nadie por sorpresa. Con marchantes en Europa y América Latina portando la máscara de payaso con la que concluye el filme, los gritos de desespero de los ignorados deben empezar a ser escuchados. «Joker» es una película peligrosa, sí; pero no por inspirar a otros, sino por conectar con muchos. Por hacernos ver el mundo que hemos construido y la locura que es seguir viviendo en él sin cambiarlo. Ese sentimiento de odio que obnubila al payaso no le ha sido traslado a nadie, pero si ha encontrado eco en demasiados. La advertencia ha sido hecha.

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