“The Man In The High Castle”: El Régimen Totalitario En Los Estados Unidos De Trump.

Prime Video, la plataforma de retransmisión digital parte del gigante corporativo propiedad de Jeff Bezos, ha acatado las reglas impuestas por su principal contrincante y gran pionero en el área, todo en su afán de competir por coronarse en la cima de la nueva industria. Netflix, por descartar cualquier atisbo de duda, inició trabajando como coequipero de los grandes estudios, ofreciendo sus títulos más emblemáticos, atractivos e impactantes, a la par de ir creando un contenido propio capaz de generar fidelidad.

Amazon encontró en la floreciente tecnología explotada con éxito por el nuevo gigante del valle de la silicona el gancho perfecto para agraciar a sus compradores. Su plataforma nació a la vida como un premio a los fieles miembros del gigante de la distribución. Por un tiempo pareció ese iba a ser su destino. Pero, posiblemente impulsados por la envidia al notar el éxito arrollador obtenido por “House Of Cards” en sus primeras temporadas, se enfrasca la compañía en la creación de un contenido que valorice su marca y sea capaz de atraer ingente cantidad de nuevos miembros.

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Ese estatus de Prime como un mero contentillo se mantiene hasta la adquisición de los derechos de las novelas de Tom Clancy con Jack Ryan como personaje principal, cimentando con base en esa historia su primera producción original tipo “premium”. Y, la primera temporada de ese seriado logra sorprender hasta al más escéptico, aunque sin los resultados esperados en el incremento de los suscriptores. La otra gran apuesta de la cadena provenía de su estrategia de calificar pilotos por parte de la audiencia (Amazon compartía programas con sus suscriptores y dependiendo de la aceptación por ellos dada decidían darle vida, o no), esperando encontrar un diamante en bruto entre los exhibidos. Pero un proceso de tales características, como lo es la creación de un departamento de contenido propio, nace de manera orgánica y no impuesta. No se improvisa a la hora de ver nacer buen arte y, en ese sentido, las dos grandes cadenas digitales tienen mucho por aprender al rey de la televisión.

Esa inexperiencia parece ser la causante de muchos males en un proyecto con todos los ítems necesarios para convertirse en una maravilla de la pantalla chica, pero cuyo resultado final no ha sido más que una audiencia de tamaño decepcionante, con un público fiel, más no apasionado, resultado obvio de una serie floja cuya baza principal es la eterna promesa de lo que pudo llegar a ser. Y es una tragedia por ser esta producción, además del episodio mejor calificado en el programa de pilotos de Amazon, una puesta en escena visionaria sobre los principales hechos afectando a su país y, todo parece indicar, el infierno en él emergiendo y prometiendo su advenimiento. Es, por supuesto, “The Man In The High Castle” la serie y los Estados Unidos de Donald Trump el ente encaminado a pasos veloces hacia el apocalipsis.

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Pocos tan visionarios como el escritor Philip K. Dick. Sus relatos cortos hechos grandes largometrajes, “Blade Runner” y “Minority Report”, lo hacen merecedor con creces de tan anhelado adjetivo. Pero la obra de Prime Video lo consagra como una especie de iluminado capaz de entender los destinos de nuestra especie, tal y como si un escribano de Dios se tratara. Y es que los hechos impulsando toda la historia es un mundo imaginario donde los alemanes, con el Partido Nacionalsocialista a la cabeza, vencieron en la Segunda Guerra Mundial y se apoderaron del planeta. En ese espacio fantasioso, los Estados Unidos se dividen en dos grandes hemisferios: el oriental dominado por el régimen alemán y uno occidental controlado por una facción del imperio japonés. Hablar de una historia con esa trama en primer término, en pleno retorno de las extremas derechas xenofóbicas y fascistas en el país más grande de América y alrededor de Europa, hacen sobrantes a las palabras.

Detalla El País de España, hace pocos días, la renovada importancia del escritor en las producciones televisivas, catalogando a los guionistas como el nuevo cargo más apetecido por las grandes cadenas. He ahí, sucinta, toda la explicación requerida para entender por qué vivimos una era de oro de la pantalla chica, como la bautiza con acierto el magazine Jot Down. No es el caso de “The Man In The High Castle”. Pocos o ningún guionista reconocido entre los firmantes de los capítulos. Ninguno con alguna característica verdaderamente llamativa y, de ahí se podría concluir, el no haber encontrado ni una trama, ni unos personajes capaces de enamorar al público. Incluso, sufrieron la tragedia de haber cambiado de productor a cargo de la serie (showrunner), Frank Spotnitz, en pleno desarrollo de la misma, algo que parece nunca sale bien: “Community” y la ya mencionada “House of Cards” sufrieron de lo mismo con idéntico desenlace. Son los mismos actores, mismos escenarios, misma trama; pero en la segunda y tercera temporada se siente una serie distinta, con un alma agonizante frente a las dos primeras.

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Sí hay excelencia en sus actores. Alexa Davalos, en la piel de Juliana Crain, protagonista central, es un deleite para la vista por su espléndida belleza y su sutil caracterización de una sumisa mujer transformada en una totalmente empoderada, producto de su afán por superar su condición de víctima de una sociedad injusta y opresora. Haciendo caso de la máxima del arte narrativo, el villano es una maravilla exquisita. Rufus Sewell como el Obergruppenführer John Smith, inspirado por la vida y carrera del verdadero Obergruppenführer Reinhard Heydrich, es la encarnación perfecta del nazismo: un completo genio del mal. Un ser despiadado e inteligente, verdadera amenaza para sus contrincantes y una aterradora presencia para el espectador, a pesar de ser poseedor de un encanto natural poderosamente atractivo. En el medio de ambos, como un personaje indefinido, dubitativo sobre a qué bando debe pertenecer, aparece el ministro de Comercio japonés Nobusuke Tagomi, personificado en un irreconocible Cary-Hiroyuki Tagawa, figura recurrente del cine en los años ochenta, recordada por su participación en obras como “Rising Sun” y “Licence to Kill”, y quien alcanzó su cumbre al hacerse parte del elenco de “The Last Emperor”, de Bernando Bertolucci.

La gran baza publicitaria de la obra estuvo en el anuncio de su productor ejecutivo, cargo de relevancia mayúscula en la televisión. Ridley Scott es el nombre respaldando y, sutilmente, invitando a ver cada capítulo. Y su marca está en cada plano. Famoso por su magnífico diseño de producción (arte más escenografía), la persona a cargo del departamento es uno de los pupilos de la familia Scott, a cargo de esas áreas de realización cinematográfica con el mayor de los hermanos en “Déjà Vu”, y con el menor en “Unstoppable” y “Domino”. Y ahí los elogios y análisis no son pocos. La firma de la familia inglesa sobresale en cada plano creado para especular, para mostrar, cómo sería un Estados Unidos Nazi. Lo cuidado, detallista, lo perfeccionista de cada uno de ellos logra el nivel esperado. No por obvio el diseño, con el uso de la esvástica sobresaliendo reiteradamente, deja de ser impresionante su presencia y poderoso su mensaje.

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Si, como sentenciaba Anthony Minghella, un director de cine es un arquitecto frustrado, un gran diseñador de obras de ingeniería civil fácilmente podría estar tentado a convertirse en director de cine al segundo de apagar el televisor después de haber visto este trabajo. Se siente el profundo estudio de la cultura alemana durante el régimen nacionalsocialista, la norteamericana durante la era de postguerra y los llamativos elementos característicos de la nación japonesa, todos entrelazados en una cuidada y fascinante mezcolanza, necesaria para crear una civilización inexistente, cuyos emblemas pululan a lo ancho y largo de un imaginario San Francisco nipón y un Gran Reich de Nueva York, así como en un Gran Berlín ya redefinido como el centro del mundo.

Cantidad de lecturas desde esa área se disponen para un espectador inquieto. La más llamativa: lo impecable de Berlín. Incluso entre quienes defenestran críticas al Nazismo, se reconoce su admirable capacidad para el orden. Entre los revolucionarios sobresale el desorden, el caos, la suciedad; a pesar de ser los héroes. La elegancia, diplomacia y encanto de la cultura japonesa son regulares en sus presentaciones, así como el respeto por ellos exhibido en toda área. El acatamiento absoluto a las formas, extrapolado a su arquitectura y vestimenta, engalana el conjunto y agrada a la vista del más desinteresado en esos temas.

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Pero todo el arte está diseñado para pintar la ucronía como una celda de oro. Una en donde se disfraza el horror. No por estar bañado en el precioso metal deja de sufrir el encierro. Los ciudadanos de ese mundo alternativo son presentados como oprimidos, limitados en su libertad, sumisos a los deseos macabros del poder. Una representación clásica de cualquier organización política desembocada en un régimen totalitario. Pero, la pregunta emergiendo en cada momento del visionado de cada lucha de los personajes de la serie, impactante y aterradora, es: ¿no es ese exactamente nuestro mundo actual? Más específicamente, ¿no es ese el Estados Unidos de hoy? Sin miedo a equivocarnos, podemos vaticinar a un latino o afroamericano habitando en ese país respondiendo a la pregunta con un inequívoco “sí”.

Ignacio Ramonet, flamante director de Le Monde Diplomatique, explicaba cómo la Cuba de Fidel Castro había involucionado hacía un régimen totalitario, producto de las amenazas sufridas por parte de sus enemigos, incluida una fracasada invasión en Bahía Cochinos. Richard D. Wolff, afamado historiador económico de Harvard, Yale y Stanford, sustentaba la estatización absoluta de la Unión Soviética y el fin de toda libertad civil bajo el régimen de Stalin, producto de un saboteo generalizado a su economía, después de sufrir una invasión por parte de sus enemigos. Podrían considerarse excusas de pensadores ubicados a la izquierda; pero: ¿no fue exactamente eso lo hecho por Estados Unidos en 2001 después de recibir los ataques de Al Qaeda a las torres gemelas? Toda fortaleza atacada ve en la más mínima disidencia una feroz agresión a su existencia, y así reaccionó “la tierra de la libertad” frente a las amenazas recibidas: enterrando su democracia.

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La tendencia histórica es profundamente marcada. Los Estados Unidos de América son hoy por hoy una dictadura del capital y viven sus ciudadanos, tal y como aquellos seres sufrientes representados en “The Man In The High Castle”: temerosos, asediados, aprisionados, desconfiados, sin futuro. El profesor Manolo Monereo sintetiza este tipo de comunidad maravillosamente como una “sociedad del miedo”. Miedo a fracasar, a no tener más, al salario, pension, a perder el empleo, a no ser exitoso, a no ser famoso… Pero más allá, miedo al jefe, a la empresa, a la policía, al gobierno, a la deuda, a estar enfermo… al sistema en general. Y esa, una realidad indubitable para masas de la población es la vida condenada a vivir bajo una dictadura.

Pier Paolo Passolini lo explicó maravillosamente: «Creo, y lo creo profundamente, que el verdadero fascismo es el que los sociólogos han llamado demasiado benévolamente «la sociedad de consumo». […]. Este nuevo fascismo, esta sociedad de consumo, ha transformado profundamente a los jóvenes, los ha afectado en lo más íntimo, les ha dado otros sentimientos, otras formas de pensar, de vivir, otros modelos culturales. Ya no se trata, como en la época musoliniana, de un reclutamiento superficial, escenográfico sino de un reclutamiento real que les ha robado y les ha cambiado su espíritu. Lo que en definitiva significa que esta «civilización del consumo» es una civilización dictatorial. O sea que si la palabra fascismo significa la prepotencia del poder «la sociedad de consumo» ha realizado muy bien el fascismo». Radica en su discurso la respuesta a por qué se ha disparado el suicidio a tasas tan espeluznantes en varias partes del planeta.

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En lo político: la interceptación de todo tipo de comunicaciones, la posibilidad de apresar sin justificación alguna, de coartar la libertad para siempre sin haber sido declarado culpable, es una realidad en los Estados Unidos. En lo económico: la incertidumbre laboral, el ser víctima de las estafas bancarias, la precarización de los puestos de trabajos. Pero también, y para analizar, se vive ahora en una especie de monarquías corporativas donde hay un rey y su corte (los CEO y su junta directiva), quienes deciden sobre sus súbditos sin ninguna contemplación (empleados). Una persona obligada a cumplir un horario, usar una vestimenta, un corte de pelo y no tener ni voz ni voto del lugar al que más tiempo y esfuerzo gasta, no es una persona libre. Incluso, como delata Michael Moore en “Capitalism: A Love Story”, la reinserción de la esclavitud en nuestra era moderna, apresando afroamericanos obligados a trabajar sin salario en las cárceles, es muy diciente de la clase de mundo que hemos desarrollado.

La fuerza pública encarnada en el seriado, tanto la japonesa como la alemana, son la representación clásica de los grupos castrenses fascistas, creadores de regulares traumas y pesadillas entre sus ciudadanos. Asesinatos a semejantes en plena calle con total impunidad, secuestros masivos y uso de la fuerza sin contemplación alguna, se reparten a lo ancho de todo el drama. Una actitud inhumana proveniente de la mente creadora originaria de la obra, especulación hecha al recordar que los replicantes de Philip K. Dick fueron inspirados en las lecturas de los comportamientos diabólicos acostumbrados a tener los Nazis contra sus víctimas. De nuevo: ¿se diferencia en algo esa forma de ejercer la autoridad de la presente en las fuerzas del orden? Es difícil responder que no sin sonar defensivo. Un número lo dice todo, en los Estados Unidos más ciudadanos han sido asesinados a manos de la policía de su propio país que por los “terroristas” de Medio Oriente.

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En pocas sentencias se encuentra tanta fuerza e inspiración como en la dicha por Harvey Dent en “The Dark Knight”: “la noche es más oscura justo antes de amanecer”. Y, como en forma de metáfora inspiradora, encuentran los ciudadanos de aquellas kafkianas civilizaciones esperanza en unas películas de cine, cuya exhibición es capaz de hacer temblar al más intimidante de los estamentos políticos. Es, como siempre ha sido, el arte el verdadero temor de las mentes estrechas. Nadie tan opuesto y certero en su crítica a Trump como John Oliver en Estados Unidos; en Colombia ningún político opositor ha generado tanto odio en el establecimiento como el comediante Alejandro Riaño y su personaje de “Juanpis González”, con quien retrata en clave de parodia las barbaridades de la casta en su país; y en Argentina un joven denominado Guille Aquino se está convirtiendo en la verdadera voz de las juventudes sufriendo las desgracias del gobierno Macri. Tiene toda la razón aquel que haya dicho: antes nos informábamos de la realidad con los periodistas y nos reíamos de la visión de la sociedad presentada por los comediantes; hoy es al revés.

Está por estrenarse la última temporada de lo que debió ser la gran serie de Prime Video. Una cuarta temporada alucinante puede ser lo que falte, aunque pocas razones hay para creer así será. La trama comienza, por citar tal vez el más importante problema desde lo narrativo, prometiendo un poderoso triángulo amoroso entre la protagonista, su apático novio (un encantador Rupert Evans) luego convertido en revolucionario y su pretendiente revolucionario quien realmente es un espía (Luke Kleintank), el que culmina en absolutamente nada. No obstante, y con base en muchos de lo acá dicho, la serie es un imperdible moderno. Por leer el mensaje en ella habido, una denuncia del mundo en el que hoy habitamos. Su factura es impecable, además, con una mezcla de sonido digna de cine y lo máximo en imagen (HDR Ultra HD), que hacen del visionado uno contemplativo y maravilloso. En las últimas temporadas, pareciera el presupuesto se disminuye y los chroma key son obvios y, debido a eso, desagradables. Pero en general, es un pastel visual más digno de ser disfrutado. El problema es que la forma sobresale, pero el fondo en muchos sentidos es insulso.

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Pero si es de ser cierto que, como proponía un grande del cine, un director pone una parte y el espectador la otra, la experiencia del visionado de “The Man In The High Castle” es impactante por su capacidad de hacernos ver en sus escenografías, personajes y acontecimientos, el mundo que hoy sufrimos. La guerra desatada entre los imperios de ese mundo de la ficción, Alemania y Japón, no son para nada diferentes al conflicto a punto de estallar entre Estados Unidos y la China. Más aún, la última temporada parece ser el levantamiento de los rebeldes en contra del poder y la defensa del régimen y sus secuaces por en el mantenerse. Con el presidente de los Estados Unidos a punto de ser destituido y unas fuerzas civiles leales a él armadas hasta los dientes anunciando una guerra civil en caso de ser removido del cargo, la compaginación de hechos no es más que alucinante.

Las palabras de Alan Greenspan, ex director del Banco Central de los Estados Unidos, la FED, fueron proféticas: “Somos afortunados de que, gracias a la globalización, las decisiones políticas en los Estados Unidos han sido reemplazadas en gran medida por las fuerzas del mercado global. Dejando a un lado la seguridad nacional, apenas importa quién será el próximo presidente». Lo explica mejor Serge Halimi de Le Monde Diplomatique cuando comparte el que «la gente puede que escoja, pero es el capital el que decide». Para él, «el derecho de voto no fue retirado, pero ahora viene con la obligación de confirmar las preferencias de las clases dominantes, o de lo contrario se debe hacer que se repita el proceso de votación». Cita al periodista francés Jack Dion, como sustento de su sentencia: “En 1992, los daneses votaron en contra del Tratado de Maastricht; fueron obligados a volver a las urnas. En 2001, los irlandeses votaron en contra del Tratado de Niza; fueron obligados a volver a las urnas. En 2005, los franceses y los holandeses votaron en contra del Tratado Constitucional Europeo (TCE); se les impuso en virtud del Tratado de Lisboa. En 2008, los irlandeses votaron en contra del Tratado de Lisboa; tuvieron que votar de nuevo. En 2015, el 61,3% de los griegos votaron en contra del plan de reducción de costos de Bruselas, pero de todos modos se les infligió».

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Cerrando «Fair Game«, la película de Doug Liman, el personaje de Sean Penn, Joe Wilson, relata una inspiradora anécdota. «Cuando Benjamín Franklin salió después de crear el segundo borrador de la declaración de la independencia, una mujer se le acercó en la calle. La mujer le preguntó: «Sr. Franklin, ¿qué tipo de gobierno nos ha legado? Y Franklin dijo:» Una República, señora. Si pueden conservarlo «. Recuerda la frase porque todo lo visto en el seriado y lo que nos sucede no es nada diferente a una dictadura arropada en las formas de una democracia. Tal vez, como pasa con los protagonistas de «The Man In The High Castle», es hora de levantarse y recuperar la forma de Estado que poco a poco nos han arrebatado.

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