Rambo, La Enfermedad de la Guerra.

La nueva película de John Rambo, “Rambo Last Blood”, promete cerrar un ciclo icónico de una generación que protestó por la guerra de Vietnam a través de un movimiento masificado que exigía la paz. Desde “First Blood”, estrenada en 1982, la concepción del personaje se ha orientado más a su espectacularidad y la exageración de sus capacidades asesinas en lugar del horror sutil que nos expone. Si bien John Rambo es capaz de acabar con la policía, ejércitos o cárteles enteros, nunca ha sido capaz de alcanzar la redención por el primer y único error que cometió: su incapacidad para no asistir a una guerra que sin ser suya, su propio país le obligó a combatir.

Esta última versión del legendario paramilitar, nos ofrece desde su primera escena una retrospectiva de la primera gran entrega. Enfrentado ante una catástrofe natural, la secuencia inicial nos recuerda la primera lucha que libró con la policía local al mando del sheriff Will Teasle (Brian Dennehy). La secuencia es nostálgica porque se resalta con toda la crudeza el primer ambiente que enfrentó un veterano de guerra que, en la época de los años 80 regresaba a su país. En aquel entonces, un joven aunque ya experimentado Rambo, llega al pueblo de Hope (esperanza) con el interés de visitar a uno de sus compañeros de unidad. Descubre a su llegada, tristemente, que ha muerto él de cáncer debido a ciertas exposiciones a las que se sometió en la guerra.

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Todo ese ambiente está construido con el afán de manifestar que la guerra nunca termina, te consume y destruye por dentro como un cáncer, te persigue, te asfixia y se dispersa entre aquellos otros quienes viven en campos que geográficamente están exentos del conflicto. Mientras el protagonista camina por las calles reflexionando sobre el dolor de ser el último sobreviviente de su batallón, el repudio de la autoridad activa una espiral de desprecio y una nueva guerra cuyo culmen se desarrolla en la frondosidad de las montañas, en la copiosidad de la lluvia y en el inexorable ciclo de la naturaleza abierta.

La primera escena de esta última entrega, entonces, nos regresa a la primera entrega: Rambo ha vuelto a las montañas en una noche lluviosa buscando paz del único modo que le ha sido posible a lo largo de su vida: a través del esfuerzo por superar la muerte. La primera secuencia nos muestra en un primer plano a una mujer muerta; el desencanto y la frustración del ahora rescatista John son evidentes. Con paso calmado montado a caballo y en medio de una situación caótica, encuentra al resto de civiles perdidos entre los cuales se encuentra el esposo que busca a la mujer fenecida. Rambo le explica la peligrosa situación, pero él decide alejarse a pesar de la inclemencia del tiempo. Finalmente, de las tres posibles personas que pudieron sobrevivir, solo una mujer es rescatada por él.

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En toda la saga esta espiral es recurrente: su esfuerzo por salvar y evitar la muerte parece infructuoso, porque ninguna situación le ha permitido alejarse de la experiencia de ver a otros morir. En la primera entrega, como ya se dijo, enfrenta a la policía local; en la segunda, cumpliendo su condena en una cárcel tranquila en donde sólo debe romper piedras es solicitado para internarse en medio de la selva para rescatar a un grupo de prisioneros; en la tercera entrega vivía en la tranquilidad de Afganistán en donde reparaba un templo budista y de vez en cuando utilizaba sus habilidades para luchar en peleas organizadas, buscando ganar dinero para sobrevivir; la cuarta entrega, refugiado en la tranquilidad de la caza de serpientes entre Tailandia y Myanmar, es solicitado para escoltar a un grupo de misioneros que pretender promocionar la paz. Sin embargo, en todos los casos, la guerra se desata irremediablemente.

Esta última entrega comienza con la esperanza que trae una vida familiar. La primera media hora de la película muestra la existencia de un hombre que lucha contra sí mismo para controlar su pasado: empuña las manos, toma pastillas para acallar su furiosa naturaleza y se dedica a la doma de caballos salvajes. Este último punto podría parecer un suceso circunstancial, sin embargo, refleja una simbología profunda: Rambo, el brioso guerrero, debe ser controlado y requiere orientar sus fuerzas hacia la calma y mansedumbre que trae una vida pacífica. Esta vida tranquila desaparece con el retorno de un mal: el deseo de su sobrina por conocer a un padre que la abandonó décadas atrás.

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Podría parecer que estos argumentos son circunstanciales y apenas un motivo para desatar la guerra, pero esta lógica se encuentra esparcida por toda la saga: llega y desaparece con el fin de retornar en el momento menos esperado. La guerra que había matado al último de sus compañeros y la cual es representada como “cáncer”, aparece aquí nuevamente como metástasis. Si la sobrina adquiere un deseo incontrolable de conocer a su papá, es porque toda la calma y quietud que le ofrecía una vida al lado de su tío, no le son suficientes y decide viajar a una frontera peligrosa, una zona mexicana marcada por el horror y el desencanto de una vida que se pudre socialmente.

Rambo, desde su primera entrega, luchó contra su propia naturaleza, pero es solo hasta la cuarta entrega que se confiesa consigo mismo y acepta su verdadero ser: “Tú sabes lo que eres, de lo que estás hecho. La guerra está en tu sangre. Cuando eres presionado matar es tan fácil como respirar”. Horrorizado con su propio ser, decide salvar al grupo de misioneros para luego, inmediatamente escapar a su hogar.

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Si la entrega de «John Rambo» (2008) había, al parecer, prometido una vida tranquila del protagonista, en realidad el final de aquella entrega termina por plantear una paradoja: ¿es posible que, una vez aceptada su naturaleza más furiosa, el retorno al hogar y el conjunto de estos acontecimientos de la última entrega sean sólo una alucinación de un hombre psicótico enfermo? La secuencia final de la cuarta entrega y de esta última parecen conectarse íntimamente al presentarnos a un Rambo que entra a su granja y  que se sienta en una silla en el pórtico de su casa atravesando un mar de cuerpos mutilados. La incapacidad por sentir aversión o culpa se hacen evidentes en la escena final. Toda la vida de este personaje osciló entre el deseo de paz y en el camino de la guerra.

Sin importar si los sucesos ocurrieron o no, esta última entrega delinea los bordes del empuje de un grupo de criminales que, al secuestrar y matar a su sobrina, derivan en el despertar de un psicópata que entrenó toda su vida para luchar. Las descripciones del Coronel Samuel Trautman hizo de Rambo en “First Blood” lo constatan: “Dios no creó a Rambo. Fui yo… Yo le elegí, yo lo entrené. Fui su jefe en Vietnam durante tres años… se están enfrentado a un hombre que es un experto en la lucha de guerrillas. Ese hombre es excepcional con armas de fuego, con el cuchillo con sus propias manos. Un hombre que está entrenado para ignorar el dolor, las condiciones climatológicas. Vivir de lo que da la tierra, comer cosas que harían vomitar a cualquiera. En Vietnam la misión de mis hombres era eliminar a ciertos enemigos, matar. Punto. Matar o morir. Y Rambo era el mejor”. Este hombre que había decidido calmar sus ansias internas nuevamente decide abandonar su medicamento y cazar, asediar, matar, con el fin de encontrar a su sobrina secuestrada.

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Los detalles posteriores de la película se ofrecen como secuencias yuxtapuestas. Por momentos pierden lógica narrativa, pero no por falta de pericia de Adrian Grunberg, director de la película. Los estados psicóticos del protagonista ya no recuerdan el final de Jezzel (Fenessa Pineda) quien es la amiga que engaña a Gabrielle (Ivette Monreal) para entregarla al cartel; tampoco se aprecia la secuencia entre el ingreso a la casa de Víctor Martínez (Óscar Jaenada) y su decapitación. No se trata por ningún motivo un interés de visualizar más violencia entre la violencia, sino simplemente reconocer que estas omisiones reflejas episodios psicóticos amnésicos. Rambo ha abandonado la cordura y se ha aniquilado a un peligroso cartel.

Para el creador del personaje, David Morrell, la sensación que le generó la película era degradación y deshumanización por los planteamientos. La exageración del horror, la focalización de un estado atormentado por el secuestro y asesinatos, la masacre mórbida le hicieron sentir “menos humano”. Es cierto, si Rambo se ha desviado de su versión original, es porque repetidamente su propio país le pidió asesinar, lo abandonó, fue secuestrado, torturado y, finalmente, le fue arrancado el último pedazo de corazón que le quedaba en su humanidad. Por ello, en la secuencia final en donde él mismo arranca el corazón a su enemigo mientras le dice “esto se siente”, es un reflejo inequívoco de la humanidad que le fue tomada en medio de una vida espantosa.

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No es posible pensar de forma ortodoxa en Rambo. Si hemos idealizado a un superhombre que porta una enorme arma que descarga miles de balas por minuto, si hemos creído que es motivo de risa o burla (de acuerdo a las diversas parodias que tenemos de esta película), es porque quizá nos hemos esforzado en superar la tragedia de la muerte a través de la exageración de ciertos rasgos icónicos que nos hacen pensar que es mejor superar que mantener el dolor. Sin embargo, al parecer al propio creador del personaje se la ha olvidado que en ninguna de las entregas el personaje central se sintió satisfecho con lo que hizo, en ningún momento el propio combatiente sintió orgullo de sus habilidades, porque su única opción para vivir era matar. Por ello, pensar que Rambo, cualquiera de sus entregas, merece siquiera algún motivo de admiración, es porque no entendimos que se nos mostraba la desolación que padecía este personaje.

Ninguno de los escenarios que la saga de Rambo nos muestra en Asia, en Medio oriente o en América son deseables, todos ellos reflejan una cruda realidad que parece perseguirlo. Es como si aquel último compañero que murió de cáncer en la primera entrega le hubiese transferido la enfermedad a John y nos hubieran desenvuelto cómo la vida humana se carcome en esta enfermedad. Toda la saga protagonizada por Silvester Stallone nos recuerda una pesada realidad: la guerra es una enfermedad degenerativa que se esparce por todos los rincones de nuestro mundo y solo nos queda enfrentarnos a ella con la constancia de este personaje quien nunca deja de esforzarse, de rehuir a la maldad aun cuando en todos sus intentos irremediablemente termina por perder.

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