«La Casa De Papel», Una Nueva Resistencia Contra El Cuarto Reich Alemán.

Álex Pina creó «La Casa De Papel» para ser transmitida en España por Antena 3. Su estreno fue un éxito rotundo, pero la audiencia comenzó a abandonarla de a poco, llegando a un final nada impresionante en términos de rating. Por alguna razón NETFLIX se interesó en ella, adquirió los derechos internacionales, reeditó cada programa (en su edición original eran de 70 minutos y pasaron a ser de 50), y creó uno de sus programas emblemáticos con un éxito arrollador en todo el planeta, algo calificado de «impredecible» por parte de su propio creador. Es, esta serie, el sueño de la compañía de retransmisión digital: una producción local que conquista una audiencia mundial. «Glocal», dirían los economistas, y de ahí su extensión a una tercera y cuarta temporada, con un presupuesto monumental.

La serie en inglés fue traducida como «Money Heist», haciendo alusión clara al género al que se inserta: heist film (filme de atraco). Comentaristas de todo el mundo alabaron el elaborar una historia con tantas particularidades, renovando en muchos sentidos un tipo de cine ya bastante codificado. De los más llamativos son el liderazgo de una mujer como la narradora, el objeto a robar y una exploración profunda de los personajes. Pero siendo honestos, «La Casa De Papel» no es más que el refrito de decenas de filmes bastante obvios: los nombre de los personajes y la narrativa tienen un marcado antecedente en «Reservoir Dogs«, las máscaras de Salvador Dalí son un casi plagio de las usadas en «V For Vendetta«, el amor nacido entre el Profesor y la policía Raquel Murillo lo vimos ya en «Point Break» y «The Negotiator«, aunque en una vertiente no sexual. Nada de eso, por supuesto, demerita una producción española, aunque de española no tiene sino la historia, merecedora de todo su éxito, pero que como obra audiovisual tiene un alma hollywoodense como si hubiera sido hecha por Joel Silver.

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Los números son formas frías y aburridas de medir el éxito de un audiovisual. Los hechos son siempre más deliciosos: el que en el carnaval de Río de Janeiro hubieran comparsas con las emblemáticas vestimentas de los personajes, que en el museo Grevin de París haya estatuas de cera sobre el programa y, más importante, que la canción «Bella Ciao» haya escalado hastas las cimas de popularidad más importantes de toda Europa, demuestran el impacto cultural profundo dejado por la serie. También, hubo consecuencias indeseadas: de exacta igual forma como ocurrió con «Heat«, un grupo de atracadores en Nantes disfrazados de idéntica manera a los de la serie cometieron su fechoría y, hubo fuertes discursos en contra de la serie por su marcada apología a la rebelión.

El primero de los hechos referenciados es producto de gente estupida. Defendemos y defenderemos siempre al artista de cualquier responsabilidad a él o ella achacada por sus producciones. Si una persona ve una serie y decide matar a otro por lo visto en televisión, no es culpa sino de la persona. Sobre lo segundo, en ser toda la producción un canto a la rebelión, no se puede sino concordar con aquellos criticando. La serie lo es. De principio a fin. La distancia con ellos radica en el aplauso de pie hecho como respuesta por haber invitado a la desobediencia civil frente a un régimen criminal y absurdo como lo es el llamado «Cuarto Reich Alemán» moderno.

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«Bella Ciao», ya es de común conocimiento, era el tema de la Resistencia antifascista en el periodo conocido como «La Segunda Guerra Mundial». En breve, era el himno de la oposición a Alemania, más específicamente a Hitler. La historia ha querido ser reescrita por los ganadores, explicando aquellos aciagos días como unos causados porque un maniático austriaco tomó el poder del país más fuerte del continente, cimentando lo que hoy se recuerda como el «Tercer Reich» y condenando al mundo a una carnicería humana sin paralelo. Pero Mark Mazower lo explica con brutal sinceridad en su monumental «La Europa Negra»: el fascismo se tomó el poder porque masas infinitas de ciudadanos así lo desearon. Hayan sido engañadas o no, Europa giró profundamente a la derecha, producto de la Gran Depresión de los años veinte y la patética forma en que se intentó solventar las causas y consecuencias de la Primera Guerra Mundial.

Hoy, Juan Carlos Monedero, célebre profesor de teoría política y reconocido fundador del partido político español Podemos, ha osado llamar, con mucho acierto, al sistema financiero dominante en Europa, con sede en Frankfurt, Alemania, un «Cuarto Reich». Uno que, igual a lo sucedido con su predecesor tiene gran legitimidad y es capaz de asesinar y desesperar todo un continente, pero no usando las armas y la belicosidad, sino injustas, inhumanas y condenatorias medidas económicas. En breve, su fuerza letal no radica en la artillería, sino en su control absoluto del dinero. Y si la Resistencia a un imperio militar se halla en las trincheras donde se batalla, la Resistencia a un imperio financiero se debe ubicar en los bancos, precisamente en los bancos centrales, aquellos que controlan el dinero. Y eso es, nada más y nada menos, que «La Casa de Papel».

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Al final de la primera temporada, el Profesor, buscando legitimarse ante su pareja sentimental hace su famoso discurso sobre la expansión cuantitativa del Banco Central Europeo, que a su vez explica el robo realizado durante la temporada. Como dice el personaje interpretado por Álvaro Morte, se hizo en el Viejo Continente una impresión de dinero ficticio que tenía como objetivo rescatar a los bancos de la crisis. Una «inyección de liquidez, le llamaron», dice él entre lágrimas. Su crítica, aunque incompleta (como debe ser porque la serie no es un tratado de economía), no deja de ser inmensamente real: se imprime dinero para rescatar bancos; pero nunca para rescatar seres humanos. El dinero creado de la nada fue usado, como para completar el odio al sistema financiero europeo, para pagar altos salarios a los ejecutivos de los mismos bancos que, crearon la crisis.

Pero es necesario hacer un poco de historia. ¿Qué quiere decir exactamente la expresión «crearon dinero de la nada»? Después de la Segunda Guerra Mundial, se organizó una conferencia con los representantes políticos de las principales potencias, siendo los Estados Unidos de lejos, la más relevante de todas ellas. Por imposición del que habría de ser el imperio de la segunda mitad del siglo, se estructuró fuera el dólar la divisa internacional de libre circulación. Es decir, la moneda de ese país sería la usada para efectuar los pagos del comercio internacional. Esa moneda, y he aquí todo el quid de la cuestión, estaría basada en las reservas de oro del Estado. En resumidas cuentas, el dinero no sería más que una representación del oro poseído por la nación. Si se quería tener más dinero, más dólares exactamente, Estados Unidos debería conseguir más oro.

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Para los años sesenta, el coloso del norte estaba absolutamente empantanado en la Guerra de Vietnam, sin una salida a la vista y sin dinero para financiar el conflicto. Solicitar un incremento en impuestos era imposible porque, según la narrativa oficial, estaban ganando en Asia. El gobierno, desesperado, comenzó a imprimir dinero, dólares, sin tener reservas de oro que lo sustentara. En breve, estafó al planeta entero. El flamante De Gaulle de Francia notó la criminal jugada y solicitó se le devolviera a su país las reservas del metal precioso ubicadas en el Banco de la Reserva Federal de Nueva York. Imposibilitado a responder a la petición del general, Richard Nixon, a la postre ya hecho presidente de Estados Unidos, decretó el fin de la convertibilidad. Traducción: Estados Unidos podía imprimir dinero sin tener oro que lo soportara. Recordando al Profesor de «La Casa de Papel»: podía imprimir dinero de la nada.

Desde aquellos días, los bancos centrales de los países tienen la potestad de inventarse tanto dinero cuánto deseen; no obstante, tienen un límite y es la inflación: el aumento de los precios. Si se imprime mucho dinero, dicen ellos, este pierde su valor y hace que los costos de los bienes y servicios suban exponencialmente, produciendo procesos de hiperinflación (precios elevados de forma irracional) que destruyen la economía. Cuando un niño de cinco años pregunta por qué no se crea dinero para darle a los pobres y que así no haya pobres, esa respuesta se produce de manera automática. Pero no hay ningún problema, como dice el personaje de la famosa serie, en imprimir dinero para enriquecer a los más ricos: los banqueros. Ese es el punto de discusión del drama televisivo: ¿por qué se puede imprimir, crear dinero de la nada, para rescatar a los ejecutivos del sistema financiero, pero no para acabar la pobreza, recuperar el medio ambiente, mejor la infraestructura…? No existe respuesta a esa pregunta acorde al discurso oficial que no caiga en la mentira, porque la verdad es que no hay ninguna justificación. Se puede y debería hacerse.

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Sustentamos lo dicho en base a los avances realizados por la Teoría Monetaria Moderna, rama de la economía creada por el ex economista y banquero Warren Mosler, y catapultada en nuestra era por estudiosos de la materia como Stephanie Kelton y Eduardo Garzón. Este segundo, español como la serie, cita un estudio del Instituto Cato, cuyos autores Steve H. Hanke y Nicholas Krus demuestran que las hiperinflaciones del mundo se han desatado porque el aparato productivo se destruye, no porque se cree más dinero. Por supuesto, es iluso pensar que podríamos producir dinero como locos un día, repartirlo y que no hubiera consecuencias negativas; pero es claro que, un programa económico serio permitiría «crear dinero de la nada» e invertirlo en la economía, ayudando a mejorar la calidad de vida de los ciudadanos. No se hace por poder político: porque aquellos con el control del Estado, quieren que esa herramienta se use solo para su beneficio. De ahí que no parezca descabellado la expresión del profesor Monedero: «el cuarto Reich».

Y si ese es el sistema, pues los hombres y mujeres de «La Casa de Papel» son héroes legítimos, miembros de una nueva Resistencia contra el poder opresor, aunque bastante envidiosos e individualistas. Jean-François Richet dirigió a Vincent Cassel en «Mesrine«, el filme francés sobre el famoso mafioso Jacques Mesrine, reconocido entre otras prácticas por ser ladrón de bancos. En una escena de la película, el criminal, con la intención de dejarse ver mas importante de lo que realmente es, comparte con sus amigos su felicidad por estar destruyendo el sistema bancario de su país, puesto cree él está saqueando sus arcas. Su contraparte en la conversación aterriza sus alucinaciones al hacerle notar su inmensa equivocación: «¿a dónde termina todo el dinero que robas y gastas en joyerías? -pregunta el perspicaz interlocutor, señalando los lujos que embellecen a Mesrine y su amante-. A los mismos bancos». Su disertación deja sin respuesta alguna a sus oyentes.

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No tiene como objetivo «La Casa de Papel» ser una tratado de economía sobre la inequidad y el sistema político dominante. Es una serie sobre un robo que, buscando renovar el género, se insertó en temas de enorme importancia. Y por supuesto que el esfuerzo se agradece. Su intención era desarrollar un atraco perfecto, novedoso, ingenioso, sin posibilidades de ser predecido por el espectador. Llevó el tema al extremo y, por lo tanto, sustentó sus argucias en un asunto de política económica. No queda más que felicitar a los creadores por desarrollar una historia nunca antes vista en pantalla. No tenían, ni debían, hacer más. No es un panfleto revolucionario.

Y se entiende, desde esa perspectiva, que la obra no es nada distinto que una historia de unos ladrones robando a otros ladrones. No es su deseo destruir el sistema injusto que denuncian, aunque osan llamarse unos Robin Hood modernos. Su objetivo es robar dinero para darse la misma vida que se dan los que nos roban hoy desde el sistema financiero. Aunque más legítimo, no son precisamente mejores. El derecho a la rebelión está diseñado para aquellos cometiendo actos vandálicos contra el sistema, pero cuyo objetivo es el bien común, no el personal. Pero la serie, de nuevo, no tenía por qué explorar esas tesis políticas y filosóficas. Sí, debe hacerse desde la sociedad. «La Casa de Papel» puede no se haya creado como llamado a la desobediencia; pero sí puede ser esa la lectura de ella realizada. No son los personajes de la serie la nueva Resistencia a un régimen injusto y muchas veces criminales; pero ojalá fueran la inspiración.

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