«Bohemian Rhapsody», El Cine Llevado A Sus Más Hermosos Límites.

«Un buen drama es como la vida sin las partes aburridas», sentenciaba en sus mejores días uno de los más grandes del cine, el insuperable, por lo menos hasta ahora sin encontrar quién lo haya superado, Alfred Hitchcock. Cuando André Bazin y François Truffaut se sentaron en París a hablar con el gran George Orson Welles, el inspirado director les compartió a los jóvenes y entusiastas escritores su enseñanza de cine más poderosa: «para mí -respondió el idolatrado hombre-, la edición no es un asunto, es el asunto».

Reposa, en las dos brillantes teorías, aplicadas a una historia hecha audiovisual, toda la explicación necesaria para entender qué hace a una película una gran obra maestra del séptimo arte. Pero si se usan ambas directrices para narrar la vida de una de las más grandes agrupaciones musicales jamás creadas sobre la faz de la tierra, la mezcla es una explosión de emociones imposibles de describir con palabras y que solo ese invento humano maravilloso llamado cine puede producir.

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Un postulado al parecer esotérico, pero, alucinantemente sencillo de explicar. En la primera mitad de los años ochenta, Queen, la banda retratada en la obra maestra “Bohemian Rhapsody”, de controversial Bryan Singer (despedido del rodaje, pero quien mantiene el título de director por haber filmado más del 51% de las escenas) y el prometedor Dexter Fletcher (quien lo reemplazó), experimentó su momento más crítico producto de los excesos de su principal cantante, el inolvidable Freddie Mercury. Concluye el filme que, después de haber luchado toda su vida por comprender su compleja sexualidad, vive una catarsis al encontrar un halo de entendimiento en saberse homosexual, produciéndose una explosión a su interior que lo impulsa a una vida desaforada de experimentación en la vida nocturna de esa década, recordada por la cocaína, el sexo libre y la música disco.

Singer y Fletcher entran al Olimpo de los más grandes de este arte al retratar el acontecer de una mega banda durante una época agitada, al ritmo de los compases de una electrizante canción, “Another One Bites The Dust”. Monta el segundo de los cineastas una secuencia surrealista que impresionaría al mismo Luis Buñuel, pero llena de técnica al usar toda herramienta diseñada para relatar audiovisualmente en el cine, erigiendo un momento mágico, lleno de drama, información sobre los personajes y sus complejidades. Toda una vida sin las partes aburridas. La canción está allí, y he aquí la definición de grandeza, como mero instrumento de la narración: en su ficticio proceso de composición (suponemos es ficticio) Singer y, sobre todo, Fletcher, encuentran la excusa perfecta para compartir las complejidades vividas al interior de la agrupación, el talento inmenso y la magia nacida en el trabajo en conjunto. Una pieza profunda hasta el paroxismo (puede considerarse hasta un video clip); pero comprensible hasta para el más apático a este arte.

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“Cross cutting” se conoce a la herramienta de edición que conecta dos momentos alejados en el espacio y/o el tiempo en una misma secuencia. Tal vez el más citado y mejor ejemplo de él es el final de “The Godfather”, al presenciar el espectador, en simultáneo, el bautizo del sobrino de Michael Corleone y el asesinato de las cabezas de los otros clanes familiares amenazando a los suyos. La perfección en el uso de la técnica en esa escena la hizo inmortal; pero se puede apostar que un espacio muy cercano al clásico encontrará la forma en que se utilizó la misma en este filme, justo cuando la banda decide crear ese himno titulado “We Will Rock You”, tema inspirado en un deseo de los músicos por querer hacer partícipe a sus audiencias durante sus conciertos.

Brian May, interpretado por un clon suyo llamado Gwilym Lee, le dice a la voz líder de su agrupación: “imagina a miles de personas haciendo esto al unísono”, refiriéndose a tocar con sus pies y manos el famoso ritmo de la canción. Pues esto es cine y no la vida, por lo tanto, los espectadores no tienen por qué imaginarlos y sí, en cambio, se abre la dicha de poder sentirlo. En medio de toda la secuencia, con la banda y sus amigos cantando y tocando la canción en el estudio, se hace un corte majestuoso al golpe de la batería a un concierto de la banda interpretando el tema frente a decenas de miles de fanáticos haciendo lo pronosticado por May. Un par de cortes de nuevo al estudio con el sonido de la puesta en escena en vivo concluyen con un montaje en paralelo capaz de erizar al menos amante de la música y el cine. Las partes aburridas: grabar la canción, registrarla, ponerla en un disco… eso no está. El elipsis es la razón de ser del cine y acá una muestra de ello.

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La ambición de toda la puesta en escena de Singer y Fletcher es digna de aplausos. Su objetivo era notorio: crear secuencias para resaltar a la banda y su música, en perfecta comparsa con sus mejores y más grandes momentos. «Bohemian Rhapsody», la canción, por dar una muestra de lo dicho, se presenta por partes: el principio en la emisora, los coros de ópera en la grabación, el final en una reunión con la disquera… Es una elipsis constante que permite adecuar cada pedazo del tema a un acontecer importante de la banda. Sobresale en ese análisis la escena final. Se ha dicho todo sobre la enorme similitud habida entre el concierto grabado en vivo de Queen en el Live Aid de 1985 (dicho sea de paso, un festival muy criticado por no haberle hecho llegar el dinero recaudado a la gente de Etiopía), pero no es tal la misma. Primero, el concierto está incompleto en el filme, por razones de lógicas. Claro, el Mercury de la cinta se mueve tal vez lo más humanamente parecido a lo hecho por la estrella real; pero la perspectiva del espectador es muy distante.

Los primeros planos del personaje compartiendo con el público de cine su notoria emoción, presentes en el filme, no están por ningún lado en la transmisión original, demostrando una decisión de autor en la escena por compartir un momento histórico de forma íntima con su público. Hubiera salido muy bien librado Singer y Fletcher con hacer una repetición algo mejorada del ya ampliamente reconocido televisado espectaculo (en 2006 una famosa publicación consideró a esa presentación la mejor de una banda en toda la historia); pero lo hecho por el autor fue mucho más. Posiblemente el cambio más notorio y, más impactante dramáticamente, es la reacción de sus cercanos al canto de Mercury. Ver la grandeza del artista en las sonrisas, las miradas y gestos de emoción de sus cercanos solo produce emoción en los espectadores. Más hermoso aún es notar los suspiros y lágrimas de Mary Austin, bellamente inmortalizada por Lucy Boynton, aquella a quien llamó él, hasta el final de sus días, el amor de su vida.

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Pero esas emociones producidas que llegan a las retinas para ser procesadas por el cerebro y sentidas con el corazón, provienen de una perfecta sumatoria de planos perfectamente diseñados y organizados. Es decir, el genio detrás del filme es John Ottman, el editor y, detalle para nada insignificante el siguiente: compositor del filme. El doble trabajo de Ottman ha sido entregado en grandes piezas como «The Usual Suspects», «X-Men 2″, «Superman Returns», «Valkyrie», y «Jack the Giant Killer«, todas de Bryan Singer como director. Un músico, compositor, editando una película sobre una banda de rock, es todo lo que se necesita descubrir para entender por qué «Bohemian Rhapsody» hace llorar, gritar, saltar y emocionar a las audiencias en las distintas salas de cine del mundo. Esos cortes, «en el momento del parpadeo», en perfecto compás con la música, usando el mejor ángulo para engrandecer a los intérpretes, son la marca de una maravilla cinematográfica como lo es esta obra y sólo podrían provenir de alguien con música y cine en sus venas y alma. El presentar el movimiento de las manos de Mercury en el piano mientras toca «Bohemian Rhapsody» en el Live Aid explica todo lo acá intentado decir.

Pero el filme es en sí un biopic (biographical film) y todo su centro está en el gran líder vocal del grupo, esa leyenda inmortal llamada Freddie Mercury, al que un hermoso Rami Malek le hizo un honor imposible de superar. Sí, es injusto se haya robado él toda la atención al cada uno de los actores acompañándolo ser impresionantes: Joseph Mazzello (quien debe tener el mejor agente de la historia del cine, dado que este señor ha estado en «Jurassic Park» y «The Social Network«), quien hizo bien al, como comentó en «The View» en tono de broma, indagar con su madre por su paradero en 1983 al notar su parecido con John Deacon; y un Ben Hardy con el alma absoluta de Roger Taylor en cada plano, (junto al ya mencionado clon del guitarrista) hacen un elenco inmejorable por su capacidad de darle vida a los inmortales íconos hechos recuerdos de una perenne banda.

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Antes de Queen existía Smile, el grupo de May y Taylor junto a Tim Staffell, inexistente para la humanidad hasta que Singer y Fletcher la retrataron en su filme, seguramente por efectos dramáticos. Fue con Mercury que nació Queen. La magia de la agrupación se desataba cuando estaban los cuatro, absolutamente cierto. Nadie olvida el fracaso rotundo de Mercury como solista; pero cierto es que en la banda había «una reina histérica» que dominaba cualquier escenario cada vez que salía a cantar, convirtiendo a decenas de miles en encantados súbditos de su angelical talento. Era una fascinante relación de total co-dependencia que la película se esforzó profundamente por mostrar. No se duda, ni por un segundo, en la total honestidad de Mercury cuando respondía «no soy el líder de Queen, tan solo soy el cantante líder».

Pero su desparpajo, absoluta seguridad y libertad sobre una tarima hicieron de él, el centro robándose todas las miradas del mundo entero. No podía ser de otra manera. Era único y hasta hoy le aplica el calificativo de irrepetible. Y por eso, «Bohemian Rhapsody» debía girar sobre él. Y se necesitaba un milagro para presentarlo con algo de justicia. Bueno, el milagro se llama Rami Malek. Todo se ha dicho de su performance. Y así debe ser. Todos los premios ha recibido y también se hizo justicia con eso. Pero nada importa, e incluso todo eso incómoda, pues la mejor manera de describir su actuación es con una imagen, para fortuna del resto de mortales captada en un video: mientras los actores ensayaban como banda su interpretación en el Live Aid, un plano nos muestra a un Brian May y Roger Taylor felizmente impresionados, sonriendo como un par de padres orgullosos de sus hijos.

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En su concierto en 1981, en Montreal, Canadá, Freddie Mercury tuvo una noche inspirada portando una camiseta que le hacía lucir el logo de Superman en su pecho. Mágica conexión porque Malik comentó que, su aproximación al personaje fue de entender al artista como una figura tridimensional con un lado desconocido por descubrir. En sus palabras, conocemos a Mercury por sus espectaculares salidas al escenario, su vestuario como si un super traje se tratara, pero no conocíamos a la persona una vez se bajaba de las tarimas y después de apagar las luces. Por lo tanto, la fama la tenía su alter ego, su Superman; y por lo tanto, su trabajo como actor era descubrir al Clark Kent. Y la película nos lo revela. Desde el punto de vista de Singer y Fletcher, es una figura hermosa, suave, frágil, de delicados y tiernos gestos, con una inocencia real que produce dolor al verlo sufrir, envuelto en una dolorosa y triste soledad. Un retrato bello de un talentoso ser humano, obligado al desespero de no hallarse en un mundo donde las apariencias son tan importantes, que muchas veces la hipocresía y la mentira es la única forma de interactuar en ella. Pero hacerlo tiene el costo de destruir el alma y Mercury sufrió ese infierno.

Un trailer del filme lo decía todo: lo único más impresionante que su música es su historia. Anthony McCarten, recordado por poner en el papel las palabras en pantalla recitadas por actores retratando celebridades en otros dos biopics, cuyos protagonistas también ganaron el máximo galardón de la industria, «The Theory of Everything» y «Darkest Hour», creó una historia sencilla en su desarrollo, predecible como no podía ser de otra manera; pero llena de detalles maravillosos y pequeños, de esos que solo se ubican en las grandes obras. El más fascinante, atrevimiento libre de miedo hecho acá, está en esa mágica introducción del filme, al son de «Somebody To Love». No es un capricho la canción, aunque solo lo descubrimos al final. Esta puesta ella ahí, de nuevo, como una herramienta narrativa. Freddie, según la película, se levanta ese día para ir a la presentación en vivo de la vida; pero mientras el planeta lo esperaba con ansia, él solo estaba pensando en encontrar la felicidad que tanto se le hacía esquiva. No se alistaba él intimidado por el público esperándolo en Wembley, frente al que habría de «abrir un hueco en el cielo»; sino por saber ese día iba a recoger a quien sería su gran amor, después de Mary Austin, al que iba a presentar a su familia: un Jim Hutton al que le hace justicia en la pantalla Aaron McCusker. También, sabía él, se despediría ese día de su padre dándole el regalo más grande que un hijo puede otorgar: dejarle saber que sus enseñanzas lo hicieron un gran hombre.

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Queen logró conquistar las listas de más vendidos en los años en que lanzó sus discos. Después de la muerte de su cantante líder y del magnánimo concierto tributo a él hecho, la banda reconquistó los principales listados en todo el planeta. También en los años noventa, Myke Myers (quien hace un maravilloso papel como un poco visionario director de una disquera que rechaza la banda al creer que «Bohemian Rhapsody» nunca será un tema escuchado por jóvenes mientras conducen su auto) la hizo famosa en Estados Unidos al ponerla al principio de su película Wayne’s World, en una escena introductoria en la que él junto a un grupo de amigos cantan Bohemian a todo pulmón mientras paseaban en su carro. Y después de lanzada la película, Spotify declaró que en noviembre de 2018 la banda más escuchada en el mundo había sido el cuarteto de desadaptados de Reino Unido, superando a pesos pesados de nuestra era como Maluma y Shakira. La música de Queen es y será inmortal. Mientras la raza humana existía, lo harán también sus composiciones.

Pero fue la magia del cine quien revivió a la banda y su música en esta oportunidad y, por eso, su alcance global y descomunal en esta ocasión. Y lo logra porque el cine es mejor que la vida, incluso vidas como las acá retratadas. Toda una generación se enamoró de un grupo de músicos alucinante, pero de la mejor manera posible: a través de un gran filme. Uno que conecta a un nivel íntimo con las leyendas, que hizo compartir con ellos aquellos momentos donde se hizo historia; sin tener que sufrir las partes dolorosas. Uno como ningún otro: el emotivo segundo en que Mercury, con la voz temblando y la mirada perdida, expresa sin decir nada que ha encontrado la inspiración necesaria para terminar su «obra maestra». «Bohemian Rhapsody» es una muestra de para qué fue inventado el cine: para ver la vida vivida al máximo, para hacernos llegar a la intimidad de un ser con un talento desbordante y compartir con él sus extremos: desde los más insufribles hasta muchos por poco inconcebibles. Ni siquiera Queen es más grande que el cine; pero una banda de esta magnitud si permite llevar el arte a su más maravillosos límites, y eso es este filme.

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