«The Girl With The Dragon Tattoo», De David Fincher, Descifrando La Película Perfecta.

Irrelevante el tratar de definir la superioridad o inferioridad habida entre las dos adaptaciones de la novela de Stieg Larsson, la sueca o la hollywoodesca. Más sensato parece celebrar todo un acontecimiento cinematográfico inesperado, como el ser testigos de un exquisito ejercicio artístico: dos directores adaptando un mismo texto. Se perciben reales las palabras de David Fincher al justificar la realización del filme: «al leer el libro de Larsson» se siente la posibilidad de «poder realizar cinco películas diferentes». Su sentencia valida la máxima de Woody Allen, haciéndola tan cierta como vital el agua: «de un mismo texto veinte directores harán veinte películas distintas». E, inmensamente alejada está esta de su hermana europea. Su principal rasgo diferenciador es la marca, la firma, la estela mágica de su director en cada plano de ella.

Hollywood crea remakes por razones varias, pero todas dirigidas a controlar el negocio de la distribución, en ser ellos quienes dominan el contenido ofrecido a nivel global. Pero había en este proyecto una intención artística adicional: la primera se mencionó antes; pero también el deseo de desarrollar una franquicia para adultos. Calcado del modelo de negocio de crear sagas para niños, jóvenes y adultos con gustos de pequeños (Marvel, DC), se planeaba ahora una enfocada en los mayores de edad con exigencias más densas. De hecho, su realizador «no estaba interesado en hacer otro filme de asesinos seriales», sino en crear un trilogía de películas con profundos temas y temáticas. Según sus propias palabras, «había esperado toda su carrera por esta oportunidad» y «el compromiso del estudio lo hizo aceptar el proyecto».

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Y era válido el enfoque al ser los famosos escritos de Stieg Larsson el mejor ejemplo de una moderna corriente denominada «novela negra nórdica», el tipo de literatura enfocada en plasmar entre sus páginas los males acongojando una sociedad presentada a nivel internacional como idílica: los países nórdicos europeos. Parece poco descabellado considerar a estas naciones ubicadas al norte del Viejo Continente como unas viviendo de la hipocresía. Por supuesto que como sociedad son profundamente avanzadas, densamente democráticas, sobradamente cívicos, ergo, dignos de admirar; pero bajo ninguna perspectiva son Estados sin flagelos sociales vergonzosos. En algún espacio está escrito que, mientras los crímenes en todas las latitudes del mundo suceden al exterior de las casas, los problemas de los nórdicos suceden a su interior.

Las violaciones, secuestros, incestos, son todos asuntos regulares en ese territorio. La novela negra de esa región nace como medio para exorcizar esos demonios, para crear una catarsis general sobre una temática espantosa. Existe la tendencia marcada y por ellos producidas, de ver en esas comunidades a unas avanzadas, desarrolladas, mejores. En muchos sentidos sí lo son. El hecho de tener toda una rama de la literatura como medio para poder cuestionarse como sociedad, y no solventar sus problemas con violencia, es una muestra de eso. Pero un grupo de ciudadanos con la costumbre de engañar ballenas y delfines para arrinconarlos en una bahía, con tal de torturarlos y asesinarlos, son, sin duda alguna, personas con muchos problemas internos. Y en ese contexto sobresalen los libros de Larsson, trasladado a las pantallas por David Fincher, el mejor director de cine del momento y el más adecuado para hacer esa adaptación.

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Scott Rudin, afamado productor que trabajó con el cineasta en «The Social Network«, envió una copia del libro a Steven Zaillian para crear el guion, tentándolo con la idea de tener dos o tres de esas películas sobre los escritos del autor. Para infortunio general, ni la inmensa calidad del filme ni la buena taquilla del mismo (230 millones sobre un presupuesto de 90) permitiría ver una secuela con el mismo equipo creador. Todos querían participar; pero los hechos impidieron la reunión del genial grupo. El principal problema fue Daniel Craig, quien fue firmado por los productores para el papel de Mikael Blomkvist antes del estreno de «Skyfall«. Con la producción del agente secreto británico superando los mil millones de dólares en taquilla global, el costo de Craig se disparó y Sony no quiso asumir la nueva tarifa de la cotizada estrella. Misma situación se presentó con Rooney Mara, quien volvería a la saga después de una nominación al Oscar como Lisbeth Salander, tal y como le sucedería a Christopher Plummer al obtener la suya por «The Last Station» .

Sony cometió, tal vez, el peor error comercial de la década. Muchas secuelas son planeadas para que, cuando la entrega original esté impactando en formatos domésticos, la continuación se estrene y se asiente en la efervescencia del momento para conquistar un exitoso segundo filme. No tenía manera Sony de saber que, en las plataformas de transmisión digital, su obra iba a ser un total éxito. No lo fue en DVD o Blu Ray. Y no podía preverlo porque en esa época Netflix era un enano. De hecho, fue esa la razón por la que lanzaron «The Girl In The Spider’s Web» con un equipo renovado, buscando aprovechar la segunda vida de la película original en formatos de transmisión en línea. Si se hubieran comprometido a hacer la saga con el mismo grupo, seguramente la taquilla se hubiera duplicado.

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Fincher, quien venía de explorar el lado oscuro de la humanidad en «Se7en«, «Fight Club» y «Zodiac«, elaboró todo un tratado sobre los misóginos, llegando a poder trazar, junto con Zaillian, una marcada frontera psicológicas entre violadores y asesinos. Y la separación se establecía en las distintas necesidades a la hora de crear poder por parte de cada uno. «Un violador, o al menos nuestro violador -comentaba Zaillian-, trata de ejercer poder sobre algo. Un asesino serial busca es destruir algo. Se trata de eliminarlo. Lo que los emociona a ambos son cosas ligeramente diferentes». El análisis del dúo concluía en «una película sobre la violencia contra las mujeres, pero sobre tipos específicos de degradación». La elegancia, maestría, delicadeza requeridas para tratar un tema con tales elementos, es ingente. A Fincher le sobra y en cada plano de esta película lo demuestra.

Con una delicada temática como marco en el que se desenvuelve la historia, la necesidad de personajes profundos era imperante. George Clooney, Johnny Depp, Viggo Mortensen y por supuesto, Brad Pitt, estuvieron en conversaciones para el papel de Bloomkist, personaje definido como un «periodista temerario con el poder y futuro cazador de asesino de mujeres». Pero el papel apetecido de la producción, más teniendo en cuenta que Noomi Rapace había hecho un ícono de su interpretación en la adaptación sueca, era el de Lisbeth Salander. Una lista inmensa de cotizadas actrices, entre las que destacan , Eva Green, Anne Hathaway, Scarlett Johansson, Keira Knightley, Jennifer Lawrence, Carey Mulligan, Ellen Page, Natalie Portman, Léa Seydoux, Kristen Stewart, Mia Wasikowska, Emma Watson, y Evan Rachel Wood, mostrarían interés en el personaje que al final traería la gloria a Rooney Mara. Ella, definida según las notas de producción de la obra, es «una pirata informática que ha sobrevivido a graves abusos emocionales y sexuales. Una víctima vulnerable convertida en vigilante con una actitud de ‘no tomar prisioneros’ al estilo Lara Croft y el ‘intelecto frío y no sentimental’ de Spock».

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Para Fincher, la complejidad de la historia pasaba por dos elementos característicos de la novela. El primero, el tamaño; y el segundo, la constante desviación de la trama principal hacia sub tramas paralelas. Según comentó el cineasta, había toneladas de información sobre hackers y sobre industriales corruptos suecos. De ahí que, director y escritor, desarrollaran una historia en cinco actos, en vez de la clásica tripartita, haciendo un drama similar a los episodios de televisión policíaca. La obra realizada culmina con un fascinante ejercicio de narrativa, explicada en un ya famoso vídeo de YouTube; pero en el que aquí nos atrevemos a proponer un análisis diferente. «The Girl With The Dragon Tatto» es la fusión de géneros y estilos de cine, más ambiciosa, estructurada y lograda, hecha en una producción del séptimo arte. Narrativamente hablando, el filme de David Fincher y Steve Zaillan es, básicamente, insuperable.

La historia está dividida en un principio, un nudo y un desenlace clásico, sin nada novedoso desde esa perspectiva. Lo fascinante, es cómo está estructurado cada uno de los tres actos y cómo se da paso a cada cambio. El principio son dos historias. Si se quiere, dos películas: la protagonizada por Daniel Craig y la protagonizada por Rooney Mara. Dos mundos conectados por un elemento mínimo: ella lo investiga a él; pero que se desenvuelve de forma absolutamente independiente. De hecho, el universo de él es un clásico thriller periodístico («All The President’s Men«, «Spotlight«, «The Insider«) y el de ella es un notorio revenge filmKill Bill«, «Nocturnal Animals«, «I Saw The Devil«).

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En toda buena película de ambos géneros la presencia del  antagonista es clara y aquí no faltan: el de ella es Nils Bjurman (interpretado de manera alucinante por el actor holandés Yorick van Wageningen) quien al ser su violador se convierte en la presa de Salander; y el de él es Hans-Erik Wennerström (Ulf Friberg), a quien Mikael desea derrumbar por corrupto. Se sostiene a Wenneström como su contraparte, a pesar de su poca presencia, por ser él y la posibilidad de derrumbarlo, la única razón por la que el héroe acepta el trabajo de averiguar quién es el asesino de Herriet Vanger. Lo que lo impulsa es la promesa de parte de Henrik Vanger (Christopher Plummer) de que su recompensa será la entrega de unos documentos tan poderosos que podrá destruir a su enemigo al poseerlos.

El encuentro de los dos personajes desata el nudo y, en ese momento, el filme se convierte en lo deseado por su director. Para Fincher, «The Girl With de Dragon Tattoo» es nada diferente a una historia de amor. Y es fascinante el momento en que la trama se enternece: Mikael se levanta en la mañana, y en camino a la cocina de su temporal hogar, se encuentra con una rebanada de pan untada de mermelada y a Lisbeth, con quien acaba de tener sexo, esperando por él con un café listo. Un gesto que, nos atrevemos a especular, no ha realizado por ningún otro hombre. La frase de ella: «me gusta trabajar contigo», que produce casi un eco en él, llena la película de romance. También habla toneladas con imágenes al Lisbeth tomar el computador de Mikael para estudiar sus avances, produciendo su acercamiento para mostrarle el avance de la investigación. El comportamiento torpe de él con la máquina frustra a la ágil hacker; pero sobre todo, su acercamiento la incomoda profundamente. Hacia el final, ya hechos una pareja, él se acuesta en la cama junto a ella y le pide le siga consintiendo la espalda. Un momento mágico al ver la obra desde esta perspectiva. El rostro de ella, al escuchar de él el aceptar prestarle 50.000 coronas, habrá sido suficiente para darle un Oscar por su reacción, al poder explicar únicamente con sus gestos faciales, mejor de lo que lo haría una declaración de amor, porque lo ama de esa manera. Y es porque nunca nadie la había tratado tan bien.

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Finalizado el trabajo sobre la disfuncional familia y ya subyugado el violador de Lisbeth, da paso el filme a la conclusión del nudo: la eliminación de Wennerström. Toman un riesgo narrativo más los creadores y llevan la obra hacía nuevas vertientes, convirtiéndola en un «heist film». Una película de estafa. Para el final, al Lisbeth cometer con éxito su golpe y convertirse en la mujer más rica de Suecia (tal y como le llaman en el guion), Wennerström es un cadáver y se concluyen, en apariencia, todas las líneas argumentativas del filme: ella estafa al lavador de activos por amor a él (y porque quiere ser rica), la venganza de él la efectúa ella, creando un fascinante giro, y todo está listo para comenzar una bella relación juntos, hacia el desenlace de un clásico «happy ending».

Pero esto es una obra de David Fincher, y desde su perspectiva, el amor se siente más cuando duele. Atrevida aseveración presentada acá sin miedo de estar errada, porque en cada una de las piezas de su filmografía sucede igual. Y es por eso que, el momento clausurando su obra, el desenlace, es una tragedia amorosa, después de hacernos creer el estar creando un mundo idílico. Al Lisbeth montar su motocicleta (en el guion dice que «para siempre») después de sentir el crujir de su corazón al ver partir a Mikael con su amante (en una posición nada comprometedora) se crea el cierre perfecto de una obra insuperable. El nombre de la canción de los créditos finales, «Is Your Love Strong Enough? How To Destroy Angels» (¿Es tu amor lo suficientemente fuerte? Cómo destruir ángeles) es toda una declaración de su estado interior. Lisbeth descubrió el amor solo para volver a saborear el amargo lado de la vida. Su existencia parece una condena impuesta como un castigo divino. Pero lo que la hace única es su fortaleza, su capacidad de seguir a pesar de las adversidades y por eso, el personaje de las novelas de Larson es un ícono feminista global, el que conectó e inspiró a audiencias del mundo entero, una vez fue representado en la pantalla grande por Rooney Mara y, especialmente, por Noomi Rapace.

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Lisbeth, definida acertadamente por Craig, no se ha victimizado a pesar de que es una víctima en la sociedad. Esa característica en ella es la que ha inspirado y fascinado a millones en el mundo; pero como explica de forma brillante Mara, sin dejar de ser hipócritas, puesto que si alguien se encontrará a Salander en la calle no la calificaría en términos tan elogiosos, sino que por el contrario la ignoraría, trataría de evitarla, buscaría alejarse de ella. Lo dice por experiencia propia: Fincher filmó a la actriz en el metro de Nueva York como parte de unas pruebas para presentar al estudio, ya como su personaje, demostrando que podía pasar la actriz, sin ser identificada por nadie con esa vestimenta, en un lugar público. Una muestra de que tal vez la vida, muchas veces, vale la pena vivirla a través del cine (la ficción en general) y no la realidad.

Rara vez este espacio hace un análisis del vestuario de los personajes. Reconocemos la importancia de él, pero lo obviamos en gran parte. Michael Douglas  explicó con claridad lo relevante de las prendas de vestir al confesar que «al ponerse los trajes con las tirantas se sentía inmediatamente en el personaje», como Gordon Gekko en «Wall Street«. Trish Summerville es la diseñadora de vestuario de «The Girl With The Dragon Tattoo» y, en lo que a este texto se refiere, la héroe desconocida de la saga. Nada dice tanto como la ropa sucia, oscura y arrugada de Salander, sus peinados extravagantes y aún sencillos, su negro mayoritario en todo su cuerpo y, por supuesto, las impactantes cejas monas del personaje, un toque del diseño verdaderamente brillante.

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La densidad de Bloomkvist proviene de su complejidad. De él, a Craig lo atrae su «política». Le gusta su posición de periodista temerario, la que adicionado a su característica intrínseca de ser «un buen tipo», como lo describe Zaillian, hace del personaje una amalgama de emociones. «Los hombres quieren ser como él y las mujeres quieren estar con él», lo describen los creadores del filme. Sus limitantes provienen de no ser «tan inteligente como cree y no tan duro como desearía», acorde con el escritor, características notorias en su compañera, pudiendo crear los dos una pareja fascinante e irresistible en la pantalla. Fincher se deleita mencionando, en los comentarios de DVD, las decisiones tomadas por el actor en cada momento, haciéndolo muy fuerte por lo real. Cuando habla con Henrik en la nieve sopla su lapicero de forma regular, la manera en que estaciona sus gafas en su rostro, su relación con el gato (el que el director comparte se llama Bob y asegura no haberle pasada nada en la filmación), todos está lleno de detalles y pequeños gestos que, en el fondo, son la marca de toda gran actuación.

Pero cuando de pequeños gestos y sutiles cambios se trata, en la película quien se roba los aplausos es Stellan Skarsgård como Marin Vanger. Aprendió él que los «psicópatas son personas tan brillantes a la hora de fingir emociones que son capaces de engañar hasta los terapéutas». Su aproximación al personaje fue obvia e inmediata: abordarlo como a un actor. Una persona encantadora, amable, dispuesta a ayudar en todo momento, que comienza a comportarse como realmente es, cuando ve a Lisbeth entrando a la casa de campo donde Mikael está desarrollando la investigación. Su odio se manifiesta en su voz, en su cambio de actitud al preguntar sí es ella su novia, en su expresión corporal. Queda claro que detesta a las mujeres en un sola frase; pero los espectadores, al igual que los personajes, están engañados por su encanto. Su dualidad queda manifestada, visualmente, en las dos partes de su hogar donde explaya ambos lados de su personalidad: su bello hogar y su terrorífico sótano.

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Pero todos los anteriores eran nombres conocidos, personas con una fascinante trayectoria de los que se esperaba una gran interpretación. Lo imposible de prever fue la poderosa presencia de Yorick van Wageningen como el espantoso Nils Bjurman. El tamaño del hombre, junto a la frialdad con la que comete sus actos, son una mezcla intimidadora. Alucinante Fincher al diseñar con mucho cuidado los momentos posteriores a ambas violaciones. En ambas circunstancias, lo más aterrador de presenciar es la calma y delicadeza con la que el personaje se relaciona con la persona afligida. Algo que pareciera encontrar explicación en su actitud al momento de cometer los crímenes: su comportamiento hace ver a una persona que realmente cree que su víctima quiere ser tratada así, que está disfrutando, que está siendo parte del juego. El compromiso con la escena del intérprete es brutal, al punto de que después de filmar el segundo acto, se encerró en su cuarto de hotel durante un día completo sin tener algún contacto con el exterior.

No deja de llamar la atención el que, a pesar de filmar las escenas que ha filmado durante su filmografía, David Fincher no reciba la mala prensa que han tenido artistas como Quentin Tarantino o Martin Scorsese. El brillante remake del clásico de Dario Argento, «Suspiria«, de Luca Guadagnino , fue destruido por la crítica producto de su desaforada violencia. Y aquí tenemos a un cineasta que ha clavado en la mente de sus espectadores a hombres violando a mujeres con una navaja en vez de un consolador, que nos ha hecho presenciar cómo una mujer degolló a su pareja mientras tenían sexo y, por supuesto, que nos presenta una desgarradora violación anal, sin que nadie se indigne o percate. Es fácil explicar el que en la elegancia, sutileza y escases de cada plano mostrado esté la clave de su éxito. Deconstruir plano por plano una escena de Fincher demuestra que, a la hora de la verdad, el director no presenta absolutamente nada, solo lo insinúa y el espectador lo completa con su mente. La sentencia del cine de que menos es más, tiene a su máximo maestro en el director de «The Girl With The Dragon Tattoo».Girl-With-The-Dragon-Tattoo-photo-4

Jeff Cronenweth se ocupó de la dirección de fotografía después de ocho semanas de iniciada la filmación. La razón: se pensó en un principio trabajar con un técnico sueco, buscando más fidelidad con el texto original. El experimento en esa área fue un fracaso y el ya establecido colaborador del director tomó el control de las luces, creando la famosa paleta de colores verde amarilla del cineasta. Su trabajo le resultó una merecida  nominación al Oscar, halago compartido con Ren Klyce como diseñador de sonido, quien hace un trabajo magnífico para la historia del filme: hacernos escuchar el viento helado produce frío en los espectadores. Sus colegas Trent Reznor y Atticus Ross retomaron como compositores (genial ver la camiseta de Nine Inch Nails en la película), abriendo con una brillante versión electrónica de «Inmigrant Song» de Led Zeppelin, desde la voz de Karen O, insertada en medio de una animación sobre lo que serían las pesadillas de Salander, creada por Tim Miller. Creadores musicales impactaron con su sonido de beats para la partitura de «The Social Network«, evolucionando acá hacia una melodía donde las campanas y la nieve fueron la gran inspiración.

La cinta se estrenó un 20 de diciembre, fecha en la que tienen génesis los hechos de la novela. «La película no feliz de la navidad» fue la campaña de Sony más inteligente, impactante y novedosa de un filme en muchos años, puesto que las festividades, enfocadas en la venta de felicidad, son también la época más dura para muchas personas que no hayan razones para sonreir en esos días. El contraste entre un «mundo feliz» y sufrir un tormento interno producen depresiones profundas. La película buscaba insertarse en ese grupo de ciudadanos, enorme; pero el que al parecer su dolor les impide también ir al cine. Al menos, de forma masiva. Un trailer internacional alucinante, otro de ocho minutos, asociaciones de marca con H&M para vender la ropa de Salander… todo una campaña de mercadeo y publicidad alucinante, muy bien pensada, pero infortunadamente insuficiente para atraer al público a una novela que ya habían leído, la que había sido adaptada en una película que, seguramente, ya habían visto.

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