«Brightburn», El Salvaje y Cruel Individualismo.

«Brightburn» es una película estadounidense dirigida por David Yarovesky. Y no podía ser de otro país, porque de todas las posibilidades, de todas las latitudes del mundo, los seres extraterrestres con poderes sobrehumanos pertenecen a esta región del planeta. Lo anterior no es un reproche, sino una identidad que Brian y Mark Gunn, guionistas, han sabido entender mejor que nadie: así como Clark Kent forma parte de un imaginario social norteamericano que puja por una renovación de los valores humanos, Brandon Breyer pertenece a una nueva cosmovisión del mundo en donde la individualidad exige un respeto por los ideales propios. Las diferencias ético-estéticas entre Kent y Breyer son claras: mientras que el personaje creado por Jerry Siegel y Joe Shuster en 1933 narrativamente arribó a la tierra durante un periodo entreguerras, lo que probablemente motivo a sus creadores a contar una historia de un superhombre bondadoso, el extraterrestre de los hermanos Gunn encuentra en el influjo de la individualidad un atractivo tan poderoso como seductor.

Pero centremos la atención en Brightburn. La película coloca al espectador en la tan anhelada esperanza de una libertad absoluta. La relectura propuesta por la película a todas luces reconoce los bordes narrativos de «Smallville«,  en donde el valor de la vida familiar y el amor de unos padres es suficiente para controlar las fuerzas exorbitantes de un Kal-el que en su crecimiento aprende a luchar contra sus impulsos. Sin embargo, esta nueva propuesta cinematográfica apuesta por una visión más realista descansando en esa posible realidad todo el horror de la película: ¿qué ocurriría si, verdaderamente, un ser extraterrestre llegara a la tierra? ¿Bastarían los esfuerzos de los padres terrestres? La respuesta es contundente: si nuestra naturaleza humana puede superar la individualidad y apostar por la vida comunitaria, nada garantiza que esta sea una característica del súper-humano. Los primeros minutos de la película se esfuerzan en hacer patente esta idea: no importa cuánto amor, cuántas relaciones, cuántos cuidados se prodiguen a un miembro familiar que no es humano, al final la naturaleza del individuo en cuestión prevalecerá por sobre todo lo demás.

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Pero en todo esto subyace una premisa que tanto Superman como Smallvile obviaron: el ser que aterriza misteriosamente en las cercanías de la granja Breyer no-es-humano y, por ende, no puede ser tratado como tal. Quizá el engaño se encuentra en la forma corporal de esta criatura extraterrestre para ser recibido por la humanidad, pero basta pensar en otras latitudes imaginarias para advertir que, sin importar la forma o encanto, el esfuerzo por la supervivencia individual prevalece por encima del interés comunitario. Recordemos que Akira Toriyama, en una sutil relectura del Superman histórico, a través de su manga nos advirtió que aquel niño sayayin enviado a la tierra arribó con una naturaleza tan poderosa como agresiva. Es cierto que hoy lo visualizamos como alguien “bueno”, pero fueron las circunstancias las que reprogramaron a un cierto nivel sus instintos asesinos, sin por ello eliminar el egoísmo interno por luchar que tantas veces hizo que la humanidad se acabara: Brandon como Gokú, otro superhumano, se motivan por deseos personales.

Es importante entender la forma del argumento de la película. Tanto el director como los escritores se han esforzado durante buena parte de su propuesta en resaltar que la individualidad superior no requiere de la comunidad, pero si al mirarla aducimos una maldad en el personaje de Jackson Dunn, el protagonista, es porque asumimos que Brandon,su personaje, es humano. Sin embargo, ¿podemos dictar maldad en una fiera que ejerce su ‘fiereza’ en su vida diaria? ¿No es acaso evidente que una bestia está llamada a comportarse como tal?

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El truco narrativo, el toque de maldad, se encuentra en el engaño fraguado por la propia historia. La película presenta a Tory y Kyle Breyer (Elizabeth Banks y David Denman) como una pareja que no puede concebir a un hijo, aunque se han esforzado por lograrlo. La primera secuencia implica la caída del meteorito cerca de su granja para inmediatamente después mostrar el crecimiento de Brandon hasta convertirse en adolescente (en este punto los hermanos Gunn aprovechan la historia de Superman para avanzar en su tesis más importante). Las primeras secuencias remarcan el esmerado cuidado y amor que ambos padres le tienen a su hijo quien en todo momento es consciente de ser adoptado. En general se muestra la vida normal de un niño adolescente al que le cuesta vincularse con sus compañeros y que se siente atraído por sus compañeras. Pero una noche, desde el granero cerca de su casa, una luz roja lo despierta y cae en una hipnosis, una especie de embrujo que emula los ambientes lovecratianos. Desde ese punto, comienza el despertar de su naturaleza: fuerza, velocidad y otras capacidades sobrehumanas. Pero eso no es lo más relevante de la película, sino el paso de una personalidad taciturna a una provocadora, fría y desinteresada de los lazos comunes que hasta entonces había tenido.

¿Porqué, narrativamente, tardó once años en despertar unos poderes que siempre formaron parte de la vida de Breyer? La tesis propuesta es demoledora: si la naturaleza superior se había mantenido latente, es porque previamente todos los cuidados y atenciones de parte de sus padres eran necesarios para la supervivencia. El recurso al utilitarismo es apenas perceptible, pero es tan evidente que una vez despiertos los poderes de Brandon, todos quienes lo cuidaron ya no son necesarios. Esto se expresa claramente en el dialogo que él sostiene con Caitlyn (Emmie Hunter) (a quien previamente le había roto la mano): todos deberán someter sus voluntades a la suya, pero ella, quien considera ha comprendido que él es superior a todos los demás, puede gobernar junto a él. La composición de un interés por cortejarla, el detalle de la flor blanca, el espanto en la cara de ella y el desinterés de Brandon por comprender la mezcla sórdida de todos los elementos entre sí, revelan una superioridad individual en todos los sentidos. Si algo distinto al “yo” existe, no importa.

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El despunte del terror inicia con la confesión de Caitlyn acerca de que su “mamá la ha prohibido hablarle”, pero, ¿puede alguien imponerse ante la naturaleza de Brandon? La escena de la cafetería es un tenue desenvolvimiento de una mente que es incapaz de pensar como humano, porque no es tal. Si por momentos la narrativa parece dibujar rasgos de psicopatía, es porque nuevamente director y guionistas nos hacen mirar desde la perspectiva humana. Durante todo el plano secuencial somos nosotros los espectadores los que miramos el asedio de una madre aterrorizada y con una mirada nublada por la sangre y la adrenalina, pero ningún momento miramos a través del asesino. En este punto, Brandon a adoptado una máscara roja que nos hace pensar en una naturaleza descompuesta –o en una naturaleza más próxima a su verdadero ser–, uno que, sin duda, no puede ser considerado humano.

El resto de la película se remarca algo más que los asesinatos, expresa una incapacidad de Brandon por sentir remordimiento por una especie que, en todos los sentidos, es inferior a él. En este punto nos muestran una nueva llamada hipnótica de la nave, ahora ya no se restringe a despertar sus fuerzas superiores sino a marcarle su misión vital en este planeta: “conquistarlo”. Nadie que hubiese sido importante para él en el proceso de crecimiento, seguirá siendo crucial en su desarrollo; si los padres que lo criaron gozan de una cierta consideración, es porque el proceso gradual de degradación de su conciencia comienza por aquellos humanos que no eran tan cercanos a él, pero no toma mucho tiempo antes de que él mismo elimine estos lazos familiares. Primero su tío, luego su padre y finalmente su madre.

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Esa escena final en la que Kyle Breyer mira a su hijo con impacto y todavía con amor, se entremezcla con un primer plano de su cara desfigurada y sangrante. Suspendidos en el cielo y aprisionados por un vacío total, ella intenta acariciar la última parte de humanidad de Brandon, pero él, en una escena demoledora, la suelta para dejar ir con ella el último lazo que lo ataba a unos seres que debían alimentarlo hasta que él pudiera liberar toda su fiereza. La coincidencia entre su madre cayendo al abismo y el avión a punto de impactarlo se superponen con una intención clara: liberado de su debilidad humana, puede dar paso a su superioridad extraterrestre que le ha conminado conquistar un mundo donde ningún ser le puede dañar y donde ninguna criatura le puede prodigar ningún tipo de lazo sentimental.

Probablemente el horror supremo se encuentra en la escena final, en donde los restos de un avión yacen en medio del campo, pero en donde lo único verdaderamente vital, lo único verdaderamente importante, es el hambre de Brandon quien observa con más interés la galleta que come; ningún cuerpo mutilado, ninguna muerte, ninguna catástrofe puede superar la motivación qué él tenga. Por ello, la relectura general que nos ofrece la película sobre cualquier super-humano ha dado un paso más allá sobre el resto de propuestas (Kal-el o Kakaroto), y ha señalado el horror al que nos enfrentamos como especie: si un humanoide con capacidades superiores llegará a la tierra, en la superioridad de su naturaleza prevalecerán siempre los intereses individuales.

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Tomada de Screen Rant
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