«The Social Network», David Fincher Anuncia Al Último Emperador.

La carta de Chris Hughes, miembro fundador de Facebook, solicitando al gobierno de los Estados Unidos el resquebrajar su antigua compañía de Internet, no debería ser tratada como un asunto menor o banal entre el marasmo de acontecimientos acongojando a todo el mundo. La red es ya el medio de comunicación de la sociedad moderna, el «país» donde hoy habitamos, la «nación» donde con nuestros pares interactuamos y el «ágora» donde nos informamos y comunicamos. Ese nuevo mundo creado tiene, por primera vez, un rey absoluto en el persona de Mark Zuckerberg, convirtiendo la situación en un hecho sin parangón en la historia humana. Y, como siempre se ha sustentado acá, el primero en anunciar un futuro con tal concentración de poder fue el arte; particularmente un filme, por poco perfecto: The Social Network, dirigido por David Fincher y escrito por Aaron Sorkin.

Eduardo Saverin, co-fundador de Facebook, fue claro y contundente al afirmar la notoria intención de la producción en ser «entretenida más no respetuosa de los hechos fácticos como si fuera un documental». Sheryl Sandberg, ejecutiva de alto nivel en la compañía, calificó a la obra como una «muy Hollywood» y de «ficción». Explicaba ella la necesidad de ese cambio por ser la mayor parte del tiempo de los emprendedores al momento de iniciar la compañía, uno usado para codificar y ordenar pizzas, por lo que acertadamente se preguntaba ella, «¿quién quiere ver una película sobre eso?» Y, por supuesto, está la famosa frase del propio creador de la red quien después de ver el filme alabó lo acertado del mismo… con respecto a su ropa. «The Social Network» no es la historia de Facebook, de cómo se creó, es una fascinante película basada en un hecho histórico como lo es la creación del gigante informático. Donde la película sí acierta a cabalidad, es a la hora de mostrar el nacimiento de un emperador moderno, posiblemente el más grande habido jamás.

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Un Sorkin inspirado sustentó su alejamiento de los hechos reales como consecuencia de su lealtad a «una buena historia». Steven Spielberg concordaría con él sin mucha dificultad, especulación hecha por ser suya la frase de que «la realidad no debe atravesarse en el camino de una buena historia». La intención de la película es entretener con el objetivo de enviar un mensaje, no ser una clase de historia. Justin Timberlake lo dejó claro: en el proceso de producción entabló amistad con Sean Parker, el hombre en quien se basa su personaje. A la pregunta de cuánto le había ayudado el ejercicio para efectuar su alabada actuación, el actor declaró haber sido nulo el impacto, dado que el Sean Parker de la vida real poco tenía que ver con el «Sean Parker de Aaron Sorkin».

Desde la ventaja otorgada por el paso del tiempo, no parece errado calificar esta obra como la máxima de, tal vez, el mejor director de cine del milenio. Su trabajo, repetimos, indudablemente facilitado por un guion perfecto e impulsado por unos impecables diálogos como la fuerza narrativa detrás de la obra. Pero el cine es el medio del creador visual y Fincher es brillante como pocos. Su gran acierto fue darle a cada conversación un aspecto de charla de niños y así lograr el tratamiento requerido para hacer de la historia una impecable. Al ver el metraje, es imposible no tomar partido, tener opiniones y prejuzgar a los personajes en el desarrollo del filme; pero como explicaba el cineasta, «lo que olvida la gente es que eran batallas legales de centenares de millones de dólares entre un grupo de niños». La presión, la dificultad vivida, la locura desatada, afectaba la vida de personas tan solo superando la mayoría de edad. Mientras el resto de humanos está en esa época pensando qué carrera estudiar, los jóvenes de la película entablaban una guerra por la compañía que habría de definir a esta generación.

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El escrito, por más que fascinante, contraería un problema entre estudio y realizadores por su tamaño: 178 páginas. Sony solicitó la eliminación de 30 de ellas al escritor, pero el director impidió tal barbaridad. Los ejecutivos aceptaron bajo una condición: la película no podría durar más de 120 minutos. He ahí por qué el diálogo inicia al instante mismo en que aparece la imagen de Columbia Pictures, una presentación inaudita de una compañía cinematográfica durante un filme: los creadores buscaban espacio para cumplir su meta de tener un metraje de menos de dos horas. Pero el asunto es, ¿cómo un guion de 178 páginas logra durar 120 minutos? (El promedio es: una página, un minuto de película). La respuesta se encuentra en la velocidad recitada en cada diálogo, habiendo una edición salvaje para una película basada en conversaciones. De ahí, su merecido premio Oscar en esa área.

La presentación de Zuckerberg en el bar, escena larga como pocas, tenía un objetivo y necesidad. Además de exponer todo lo necesario sobre el personaje, es ella la base de toda una forma de organizar la historia muy novedosa y denominada por el escritor, «estructura de la sala de deposición». «The Social Network» está ligeramente basada en el libro «The Accidental Billionaires» de Ben Mezrich, cuyo argumento está centrado en relatar el momento en que dos demandas diferentes se presentaron en contra de la corporación. La característica principal de la historia a ser llevada al cine era la cantidad de versiones habida sobre los acontecimientos. Cada quien narraba lo sucedido de manera discordante con los demás, permitiéndole a Sorkin ver allí una gran oportunidad para intentar algo novedoso: en vez de tomar partido por este o aquel, decidió poner los puntos de vista de todos en la película. Y Fincher logró captar eso a la perfección.

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La brillantez de lo escrito está en la forma escogida para presentar la estructura narrativa a través de sí misma: con el diálogo. Un ejemplo basta para decirlo todo. En la primera sala con los abogados de Eduardo Saverin (Andrew Garfield), Mark Zuckerberg (Jesse Einsenberg) interroga a la abogada de su antiguo amigo sobre si fue así como ella contó lo sucedido esa noche en el bar. El interrogante es de la mayor importancia por ubicarnos completamente en la forma cómo va a ser contada la historia: lo visto al principio, la conversación en el bar entre el protagonista y su novia, era un flashback. Durante todo el tiempo, está el espectador ubicado en la sala de juntas donde la abogada de Eduardo está leyendo lo dicho por Erica Albright, pero sin saberlo. Mark desmiente las palabras de su ex novia y el conflicto queda presente. A quién decida creer la audiencia es su decisión; pero la estructura permite convertir una historia aburrida y densa en una maravilla cinematográfica. Einsenberg lo explica a la perfección: la audiencia llega a la mitad de las conversaciones de Sorkin y lo interesante de la misma le hace a cualquiera prestar atención e ir descubriendo muchas nuevas cosas. En general: la versión de Mark está en la sala de deposiciones y la de los demandantes son los flashbacks recordando los hechos.

Para Fincher, durante el filme, era de la mayor importancia ver al fundador hackeando, pero desde un ángulo en donde se pudiera presentar a él no como un terrorista o ladrón, sino como un profesional talentoso. Ayudó el que usará la pantalla azul en los computadores (los actores escribían sobre un computador apagado y en postproducción se insertaban las imágenes de la pantalla). La calidad del truco visual y el uso de la tecnología creaban la perfecta ilusión. Para Fincher, Zuckerberg era una persona brillante, apasionada con sus capacidades y, de forma conflictiva, alguien indiferente a las consecuencias por ellas causadas. Clásico caso de persona con desorden compulsivo como parte de su personalidad. El problema es que sus actos o creaciones afectan a la mitad del planeta. Era su objetivo, presentarlo así, para desde ahí ir viendo cómo lentamente se va transformando en el hombre que hoy es.

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El poder absoluto corrompe absolutamente es una gran traducción de la famosa sentencia de Lord Acton, útil como subtexto de la película reseñada. La evolución de Zuckerberg en el filme es clara: un insignificante estudiante de una prestigiosa universidad, que crea un producto impresionante deseado por todo el mundo a su alrededor, capaz de transformarle su vida hasta convertirlo en la persona que siempre soñó ser. «No voy a volver a Noche Caribeña en AEPi» es lo dicho por Zuckerberg al momento de sentir que su compañía se va a destruir. Es claro que, para él, Facebook es una escapada de su pasado. No le interesa el dinero, como Eduardo lo menciona, pero sí dejar de ser el invisible joven de Harvard acostumbrado a ser.

De ese pasado, tal vez para él lo más doloroso era su novia, Erica Albraight, convertida en personaje por Rooney Mara, quien en el fondo es la fuerza impulsora de la película. Su deseo con la compañía es sorprenderla, conquistarla, dejarla impresionada por su invento para recuperarla. Por eso el último plano del filme es ver a Mark esperando que lo acepte ella como amigo en su propia red social: porque «The Social Network» no es más que una película de amor trágico, de un amor no correspondido. ¿Cuándo decide expandir Zuckerberg Facebook? Cuando nota que su ex pareja no sabe de él. ¿Cuándo se siente más inspirado por la empresa? Al enterarse de que Sean Parker fundó Napster para olvidar a una joven no interesada en él. En paralelo a cómo Ana Bolena dividió la Iglesia Católica por el amor de Enrique VIII, Sorkin y Fincher nos hacen creer que el Imperio de nuestra era se alzó por el impulso de un joven por recuperar y poder superar a una mujer.

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Ese contexto explica a la perfección la mejor secuencia del filme: el nacimiento de la red. Se cataloga al momento como una reliquia del cine: mientras los futuros líderes hacían una alocada fiesta con mujeres interesadas en compartir con los próximos hombres ubicados en el poder, un intenso estudiante creaba, producto de un dolor amoroso, un nuevo mundo desde su dormitorio junto a sus amigos, disponiéndose a derrocar lo que sus compañeros estaban celebrando. Lo realizado fue una compaginación de elementos brillante; en donde se deja ver todo: el talento de Mark y su poco apego a lo que sus amigos piensen o sientan. Pero también, la definición de lo que es buen cine: en realidad ver a un hombre creando una página de Internet es de lo más aburrido posible de encontrar en el mundo; pero la página va a ser algo excitante. Un artista como Fincher toma la música, los ángulos de cámara, el sonido, la luz, los actores y crea de un momento aburrido pero fascinante en la vida real, una secuencia ágil, entretenida y maravillosa de cine. El cine, estipulamos, no se trata de recrear la vida, sino de transmitir las emociones vividas en ella a las audiencias, por medio de las imágenes y el sonido.

Y así es que un gesto puede ser más poderoso que un discurso en el cine. En la sala de deposiciones entre Zuckerberg y Soverin, llega un momento en el que Eduardo declara no ser un siquiatra. El abogado de Mark lo repite, en forma humillante para su contraparte y, en ese preciso instante, Mark sonrié. Un plano que transforma para el espectador el momento en un entierro de la amistad entre ambos. Ya no son amigos, son ahora enemigos. Mark le explica al abogado de los Winklevoss el haber preferido pedirle dinero a Eduardo y no a Cameron y Tyler (Armie Hammer) producto de su cercanía con el primero. Cuando dice eso voltea a mirar la silla de su co-fundador y nota lo vacía que esta está. Al hacer caer los servidores de Harvard gracias a Facemash, Fincher hace un ligero movimiento de cámara con el que capta la expresión de un Mark pensativo, registrando en el cine el nacimiento de la inspiración que culminaría en Facebook. Cuando el cine habla por medio de imágenes y no palabras, se logra la máxima expresión artística conseguida hasta hoy por el ser humano, y en este filme de esos sobran.

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Como pocos, este director, proveniente de ILM, la compañía de George Lucas encargada de hacer los efectos especiales de medio cine de Hollywood, entiende la tecnología como un instrumento al servicio de la historia. Brad Pitt lo explicaba con inteligencia en entrevista a Charlie Rose: Fincher usa la tecnología que otros utilizan para crear dinosaurios y destruir ciudades, para elaborar pequeños detalles invisibles al espectador pero que potencializan los hechos narrados. En párrafo anterior hicimos referencia a un solo actor cuando hablamos de los gemelos Winklevoss, y eso es porque Armie Hammer no tiene un gemelo. Fincher filmó a Armie Hammer como Tyler y Cameron, engañando a los espectadores de todo el mundo. En la escena en que Mark le cuenta a Eduardo la idea de Facebook, no estaba haciendo frío, por lo que se agregó el vaho de sus bocas con el uso del digital. La primera vez que Mark escribe la palabra «Facebook» en su computadora, se le agrega el subrayado rojo característico de los correctores de ortografía indicando que la palabra está mal escrita: en esa época Facebook no existía y sin duda alguna así debía reaccionar el corrector.

Los aspectos técnicos del filme son sobresalientes: Jeff Cronenweth logra la famosa paleta de colores distintiva del director, así como su elegancia en los planos; la edición de Kirk Baxter y Angus Wall es impresionante por lo delicada e invisible que logra ser, al esconder la enorme cantidad de planos habidos en el filme y el ritmo frenético llevado en él, todo en medio de una película donde la mayor parte del tiempo las personas están conversando. La música de Trent Reznor es alucinante: en concepto de este blog, no es otra cosa que música clásica electrónica. Un sonido propio y muy único prácticamente inventado para este filme. Todo queda plasmado en la escena del bar, cuando los actores gritan para hablar entre ellos, con tal se escuche para el espectador la música y el ruido del lugar. No se había filmado así nunca antes una discoteca. Ni hablar del video clip de la versión propia de «In The Hall Of The Mountain King» realizado en medio del filme, que es lo que realmente es la escena de la competencia de remo. Con otro director y otro equipo técnico, este filme hubiera sido tan entretenido como leer un directorio telefónico, sustentamos acá sin la menor duda de eso. Y, precisamente por eso, es fácil declarar «The Social Network» como el mejor filme del mejor director de nuestro tiempo.

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Y, como tal, sabe él que lo más importante para el hombre detrás de cámaras es el casting. Es el 90% de lo que hace un director, según Martin Scorsese. Y en eso es donde este trabajo más sobresale, al alcanzar un nivel de detalle en cada actuación resaltable. Una anécdota llama la atención por permitir comprender el proceso por el que pasa un actor. Garfield fue durante un tiempo el escogido para hacer a Mark Zuckerberg; papel tomado posteriormente por Eisenberg. No obstante, el trabajo no fue en vano. Según el actor, haber estudiado a profundidad al fundador de Facebook le permitió comprender mucho más a Saverin, puesto que es él el único quien en el mundo entiende a Mark. Por su parte, Jesse Einsenberg tuvo acceso al ensaño que entregó su personaje en la vida real para entrar a Harvard. En él descubrió el actor que Zuckerberg practicaba esgrima, lo que transforma por completo su postura. Justin Timberlake de manera brillante decidió interpretar a Parker como él mismo fue en esa época.

«The Social Network» es posiblemente la película más celebrada de su realizador. Concordamos a cabalidad con los críticos en eso. Y, no obstante, lo más impresionante es haber anunciado que, su personaje principal, se convertiría en la persona que hoy domina con sus empresas al mundo. Tal vez, lo que más define a un imperio es la capacidad de daño a su alcance. El de Zuckerberg en ese sentido es aterrador hoy en día. Controlando de manera absoluta Facebook, WhatsApp e Instagram, el empresario tiene al mundo en su mano. Chris Hughes sale un segundo en el filme. Mark solo lo menciona de nombre, pero es la persona que hoy ha hecho la crítica más severa, cruda y dura sobre nuestra situación. Facebook, ese imperio nacido por el afán de un joven universitario de crear un club exclusivo dado su incapacidad de entrar a los que ya existían, hecho para impresionar a un amor despreciándolo, construido para conectar a personas con las que él mismo estaba desconectada, es hoy un peligro para la humanidad. Y, en la película de David Fincher eso se anuncia a cabalidad.

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El éxito desbordado de la red y las actuaciones controversiales de su fundador eran una señal de alerta. Dejan la duda, no parece arriesgado decir que a proposito, de sí fue Zuckerberg quién envió la policia al lugar donde Parker celebraba a lo grande la llegada del miembro un millón a la red. Aunque parece fácil concordar con el creador en su posición con respecto a los gemelos Winklevoss, quienes pareciera nada tienen que ver con Facebook, si parece imperdonable el trato dado por él a Eduardo Saverin, indudablemente aquel haciendo realidad lo que no era más que una gran idea. La frialdad de Mark escondía una ambición impresionante detrás de cada uno de sus actos y era un anuncio que desde la película se hacía a la sociedad: el futuro se oscurece para los humanos a medida que cada vez más personas se inscriben en la red y caigan bajo la esfera de influencia de una persona con esas características. La realidad no ha sino dado fe de la veracidad de las palabras pronunciadas reiteradamente en esta página: nada tiene capacidad de ver el futuro con tanta claridad como el arte.

 

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