«Inglourious Basterds», Quintaesencia Tarantino.

¿Qué le otorga a un filme el ser merecedor de llevar la firma de Quentin Tarantino? Tal vez la música, posiblemente la violencia, algo la estructura narrativa, mucho la comedia… Una dosis de lo anterior debe haber en la receta final. Pero subyacente a cada uno de ellos como un centro gravitacional sujetando a todos, yace escondido el verdadero ingrediente secreto del cineasta: sus personajes. Y ninguna película del afamado director norteamericano logró icónicas figuras del séptimo arte como «Inglourious Basterds».

Al recibir el premio America Rivera, en el Festival Internacional de Santa Barbara, el director postuló, casi sin algún tipo de duda, precisamente a esta película como la encargada de hacer perdurar su nombre en la posteridad. Son muchos los elementos sustentado su visión y parece imposible no concordar con la opinión del maestro. Y toda posición a su favor, sobre su comentario, radica en una percepción subjetiva de sentir a “Inglourious Basterds» como el trabajo más maduro de Tarantino, sin perder una gota de su esencia más pura y definitoria.

El escenario, la acción y, evidentemente, los diálogos, todo proviene de los personajes. Ellos son quienes los definen. Tarantino se considera, básicamente, un creador de seres extraordinarios dignos de ser filmados, tal y como le explicó a Charlie Rose. Y esos personajes, necesitan un universo donde existir, que no es otra cosa al mundo del director. Y, en esa área, difícil encontrar una mejor creación que el Coronel Hans Landa, interpretado en este filme por Christoph Waltz. Su momento cumbre, tanto de personaje y actor, es el magnífico inicio del filme, en donde demuestran, ambos, su verdadera esencia: es el personaje un insuperable detective y Waltz un portentoso intérprete que nos hace creer en él.

En varias ocasiones, durante el proceso de producción del filme, Tarantino preocupó a sus productores al compartirles la necesidad de cancelar la película al considerar que, después de varios infructuosos meses de buscar actores, el personaje de Landa era uno, simple y llanamente, imposible de encontrarle un actor a su medida. En Cannes, durante la conferencia de prensa de la película, Waltz le agradeció al director por haberle dado una carrera; encontrado de parte del director una respuesta poética: gracias a ti por haberme dado mi película. Una conversación imposible de planificar.

Tarantino tuvo la idea de este filme antes de comenzar a rodar “Kill Bill”, pero sintió la presión de no haber podido encontrar un final a la altura de sus deseos, viéndose forzado a detener su escritura. En ese texto, el personaje de Shoshanna Dreyfus, a ser convertido en imágenes del séptimo arte por Melanie Laurent, era el de una asesina vengadora: una mujer letal con una lista de hombres a ser eliminados dentro del régimen en el poder político alemán. Como bien explica el realizador, ese personaje se convirtió en el de “La Novia” de Uma Thurman, obligándolo a crear otro tipo de mujer fuerte y letal para su película, la más apreciada de su filmografía por él mismo.

De nuevo hay, en ese cambio, una enorme maduración de parte del creador: Shoshanna no es una vengadora criminal; pero es una persona capaz de enfrentar con una fuerza interna insuperable, situaciones insoportables para la mayoría de humanos. Una verdadera sobreviviente en un mundo cruel y hostil a ella. Por supuesto, el momento icónico de su actuación es la secuencia del postre disfrutado junto al asesino de sus padres, después de una cena con los más altos mandos del régimen Nacionalsocialista. Shoshanna desborda en sus emociones durante el encuentro, y Laurent las hace sentir al público con su actuación. El suspiro al final, al Landa abandonar la mesa, es maravilloso. De hecho, tal vez los momentos menos logrados son al ella convertirse en una asesina inescrúpulosa. En cada diálogo con los alemanes, es una mujer con una fuerza interior palpable. 

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En Cannes, donde estrenó el filme, el autor describió su alucinante final: asesinar a Hitler en una sala de cine, como uno impulsado por sus personajes. Parafraseando el artista audiovisual, si su idea como escritor es ir de A hasta B, comienza a escribir la trayectoria a seguir por sus creaciones. No obstante, en algún momento del camino, el personaje dicta un deseo: antes de llegar a B debe pasar por C. Tarantino dice: eso es su decisión, no soy yo quien lo lleva allá. Y, dice el autor transformado en mero escribano de su arte en ese momento: ellos saben más y debo seguirlos.

El contexto es importante, porque cuando fue inquirido por la conclusión del filme, rompiendo con la historia oficial, el director confesó el haber sido una decisión tomada por los personajes. Recordando lo dicho acá previamente, Tarantino no tenía un final y de ahí el haber detenido la producción. Según él, este final visto en las pantallas, fue dictaminado por sus hijos. Ellos lo llevaron a las salas de cine a concluir allí la Segunda Guerra Mundial. Como bien explicó: en ese universo propio, nadie tiene porqué seguir las consideraciones o imposiciones que dictamina el camino a seguir a un historiador o un académico. En su ficción, no están obligados a respetar los hechos que sí debemos reconocer en la vida y, por el contrario, su único objetivo es terminar con una gran película. Y para él, ese era el final obligado. 

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«No has visto la guerra, hasta que no la veas con los ojos de Quentin Tarantino». La frase del trailer es alucinantemente poderosa, pero también diciente. El filme, tiene un tufillo horrible, pues parece ser la obra del director hecho para complacer al estamento judío de Hollywood, tan absolutamente influyente en el séptimo arte. Aunque merecidas cada una de ellas, la película recibió ocho nominaciones a la Academia, obteniendo por primera vez la anhelada estatuilla para un actor a su mando: precisamente Christoph Waltz. No es por demeritar sus merecimientos, más por resaltar la relación. Y en ese sentido, Tarantino no deja de ser un producto infantil de Hollywood, que premia la venganza y prosigue la mentira. Estados Unidos, bien lo explica un estudio de «El Orden Mundial», no fue el gran vencedor de la Segunda Guerra Mundial: ese puesto debemos empezar a otorgárselo a Rusia. “Inglourious Basterds» profundiza en la propaganda de los norteamericanos, y la lleva a otro nivel: inventa una historia donde los Nazis temían a un grupo de militares de ese país rondando la Francia ocupada durante el enfrentamiento bélico definitivo del Siglo XX. 

Pero también tiene una arista artística la sentencia de la promoción: los idiomas hablados. Tarantino lo explicó a la perfección: estamos en una época de la humanidad en donde asesinaban personas por cómo hablaban, por su acento, por la forma en que pronunciaban las palabras. El filme, hablado en varios idiomas europeos, hace de esa realidad un elemento narrativo impresionante. Landa habla en inglés en la primera escena para que los franceses escondiéndose no comprendan su conversación, sorprende a los bastardos cuando les habla en italiano y, claramente, hace uso del alemán en su espacio de trabajo. En el sótano, toda la tensión se produce por un inglés estar haciéndose pasar por alemán. La Segunda Guerra Mundial fue un suceso principalmente europeo y, en el imaginario mundial, producto de Hollywood, uno en donde en todos los escenarios se habló en inglés. Nunca más, después de ver la guerra a través de los ojos de Tarantino. 

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El atrevimiento de llamarlo infantil no es banal ni superfluo. Toda la posición de Hollywood sobre la violencia lo es: acorde a ellos, las diferencias se solucionan en un duelo entre quién es el más fuerte y culmina con uno aplastando al otro. Todo el mito norteamericano está entablado sobre esta creencia y gran parte proviene de los Westerns. No funciona así en la vida real. Un filme colombiano, titulado «Como el gato y el ratón», hace una muestra brillante sobre el postulado de Ghandi: si todos actuamos bajo la idea de la venganza y atacarnos en ojo por ojo, al final todos quedaremos ciegos. 

Es que este filme no es más que un western moderno. De hecho, un Spaghetti Western moderno. Cualquiera fascinado con el cine del director debería hacerse un favor y disfrutar de las obras del italiano Sergio Leone. No por demeritar al cineasta, sino por encontrar las raíces más visibles de Tarantino. El que el primer capítulo se denomine «Once Upon a Time in Nazi-Occupied France», de hecho el primer nombre del filme, y que la banda sonora no sea más que una recopilación de música de Enno Morricone para Leone, no hace sino afirmar lo acá postulado en cuanto al género del filme y el tratamiento de la violencia en él. De hecho, del director europeo siempre se dijo lo mismo en su primera etapa como realizador: su visión infantil del mundo, algo por él aceptado.

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Aunque la creación de muchos personajes es ridícula: un Hitler payaso interpretado por Martin Wuttke; un Joseph Groebbles patético llevado a la pantalla grande por Sylvester Groth; y un militar norteamericano engrandecido como el Aldo Raine de Brad Pitt, hay demasiado detalles brillantes en el filme como para menospreciarlo. Además de haber decidido romper la historia oficial del siglo XX como lo hizo, además de Landa y Dreyfus, sobresale el toque de misterio de la cinta, notorio por haberlo creado haciendo uso y gala de uno de sus grandes dotes: los diálogos. 

También el Festival de Cine de Santa Barbara, pero en una edición diferente, Tarantino calificó a la conversación habida entre Perrier LaPadite y Hans Landa como la mejor de su autoría. Con demasiado respeto nos alejamos de su visión, puesto que, en esta misma obra, está su conversación maestra en cuanto a diálogo se refiere y es la escena del sótano. Se desconstruira el par para sostener nuestro punto; pero es en la celebración culminando en matanza donde se alcanza el máximo.

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El maestro del género del suspenso, Alfred Hitchcock ,no un era apasionado del diálogo en sus películas. Su más ferviente seguidor, también cineasta, Brian de Palma, pensaba igual a su principal referente. Para ambos, las imágenes deberían ser las encargadas de crear el miedo en las audiencias. Tarantino, gran amante del cine de de Palma, logra, en este filme, hacer uso de las palabras para crear pánico, y eso es una herejía. Toda la escena de Landa y La Patite está diseñada para que el héroe francés caiga víctima de las garras del villano alemán, a medida que la conversación avanza. Se va construyendo el terrible desenlace, haciéndonos sentir pánico, culminado en una frase dicha con una maestria actoral inesperada: «¿esconde usted enemigos del régimen en su casa?». 

En donde el realizador sí hizo caso a sus predecesores, en esta escena, fue en superar la sorpresa y crear el suspenso a presentar a la familia escondida, con un maravilloso movimiento de cámara que transforma toda la secuencia. Para Hitchcock, si el director no hubiera mostrado a la familia, al final tendríamos un susto producto de la sopresa de enterarnos que sí estaban allí. Pero al Tarantino mostrarnos a los hombres y mujeres enterrados bajo el piso de madera de la sala, lo producido es una constante incomodidad en los espectadores, puesto que el diálogo se hace con la dolorosa preocupación de qué va a pasar con las pobres víctimas. Al ser juidias y ubicadas en la Segunda Guerra Mundial, ya tenemos preconcebido su destino trágico. 

Inglorious+Basterds+-+retro+poster+smlPero en la escena del sótano, el director sí rompe las dos reglas fijadas para hacer suspenso en su deseo de consolidar una maravillosa puesta escena. Primero, deja establecido el lugar como uno con muchas complicaciones para los personajes. Una vez instalados ellos allí, crea una situación en la que lo peor por suceder, pasa: no es solo un espacio complicado, sino uno además lleno de sus enemigos. Y tercero, construyó a cada instante sorpresas inesperadas para el espectador. La primera, la aparición del general de la Gestapo, el mayor Hellstrom, interpretado con garbo por August Diehl, y la segunda, el ya famoso símbolo tres alemán. 

La regla dictaba al director el mostrar a sus audiencias la presencia del oficial y explicar con antesala la forma en que los alemanes hacen el número tres con los dedos. Pero no obedece el cineasta la regla. Las dos son unas sorpresas poderosas con resultados fascinantes. La aparición de Hellstrom crea tensión en el resto de la escena por su mera presencia; pero una vez el teniente Lt. Archie Hicox alza su mano para hacer el famoso número, el rostro de Bridget von Hammersmark y Hellstrom son suficientes para enterarnos del final de la misión y de que los agentes han sido descubiertos. No sabe el espectador por qué; pero sabe eso ha sucedido gracias a la expresión facial de los actores. Tarantino, en general, no sobresale en el apartado técnico de sus filmes; pero ese pequeño silencio, en ese momento donde la audiencia está pérdida, es una genialidad al gritarles con inmensa fuerza el haber llegado a un punto crítico.

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Además del portentoso diálogo, estirado hasta lo imposible y transformado en una escena de suspenso digna de estudio, con una culminación violenta sin posibilidad de prever, hay dos regalos más para los cinéfilos en ese momento. Uno: es Diane Kruger, quien resulta una actriz exquisita en el filme. Su personaje está basado, y he aquí otra muestra de un crecimiento en el director, en una figura tan ambigua como la de Zarah Leander, una de las actrices favoritas del cine alemán durante el régimen Nazi, pero que muchos rumores la situaban trabajando para la Unión Soviética. El segundo obsequio para los amantes del séptimo arte es ese torrente de magnífica interpretación bautizado Michael Fassbender. Su transformación constante es exquisita y, para los adictos a este arte, detallar el nivel de atención conseguido en su primera charla con Kruger en el bar es sencillamente un deleite.

La mención de los actores no es con el exclusivo objetivo de celebrar la ya consabida capacidad del director para el casting. Pero sí el hecho de tener en esa mesa a una gran mayoría de interpretes desconocidos, permitiendo mantener el suspenso de manera creciente. En breve, si Brad Pitt estuviera ahí sentado, lo más seguro sería un resultado de los eventos con él saliendo con vida. Pero al no haber una estrella, la escena se hace una con un final desde todo ángulo impredecible para la gran mayoría. Lo largo de la secuencia funciona a la perfección, al permitir poner a la audiencia en el lado de los buenos e, incluso, llegar a sentir empatía por ellos.

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No solo crea sus mejores personajes, algunos de sus dialogos más logrados, sino que además se atreve a romper reglas del cine ya profundamente establecidas. Una, no considerada como tal en el arte, pero sí tal vez en la sociedad, es el haber realizado una obra sobre la Segunda Guerra Mundial con una dosis de humor negro tan característica de él. Como explicaban en The Sopranos: ese tipo de humor que nos hace reir de cosas que no deberíamos estar riéndonos. Tal vez aún más irreverente sea el haber creado personajes Nazi empáticos: Landa, con todo el miedo capaz de producir es un ser fascinante; y,  Sgt. Rachtman, interpretado por Richard Sammel, quien al principio del filme demuestra que la medalla a él entregada por valentía es absolutamnete merecida, son una espectacular contradicción para el espectador, al verse obligado a admirar a aquellos a quienes por todos lados le han enseñado a odiar.

Pero en el fondo, la obra audiovisual realmente es nada diferente a la manifestación de una pasión desenfrenada de un ser crecido por y para el cine. Para él, ir a un teatro supera la condición de ser un plan para pasar un rato, y sí es el objetivo mismo de su existencia. Es por eso que en ese lugar, en ese templo, es donde decidió debía finalizar su villano, el diablo de la humanidad en los últimos tiempos, el lugar donde se alcanza la paz y la gloria de la civilización, por ser el mismo donde el realizador haya la suya. «Inglourius Basterds» es, según sustento acá escrito, la obra más madura, ambiciosa e importante de Quentin Tarantino. Es, en un par de palabras, su quintaesencia. 

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