«Avengers: Endgame», El Evento Cinematográfico Del Siglo.

La relación de Marvel y el cine no comenzó con el «Iron Man» de Jon Favreau y Robert Downey Jr. Ya quisieran ellos. Kevin Feige, presidente de la división de cine de Marvel desde 2007, fue el ejecutivo detrás de rotundos fracasos como la «Daredevil» de Mark Steven Johnson con Ben Affleck, «Elektra» de Rob S. Bowman con Jennifer Garner, y, «The Punisher» del guionista hecho director Jonathan Hensleigh con Thomas Jane y John Travolta como líderes protagonistas. Se comentó, incluso, en algún momento, la negativa dada por parte del ejecutivo a la hora de aceptar a Downey Jr. como el líder estelar del hombre de acero, cediendo de mala gana y, tal vez, agotado por la inclemente insistencia dada por Favreau exigiendo fuera él el actor . En pocas palabras, por poco arruina él, Feige, la era en la que Marvel conquistó el planeta entero con la franquicia más exitosa de todos los tiempos.

Pasadas diez películas, once años y 18 mil millones de dólares en taquilla, la conclusión del Universo Marvel en pantalla de cine era, por derecho propio, un evento cinematográfico sin precedentes. En su gran finale, los realizadores tuvieron a su disposición 19 actores nominados al Oscar, ocho de ellos merecedores de la apreciada estatuilla; y un equipo detrás de cámaras sobresaliente, liderado por un renombrado músico como Alan Silvestri (autor de melodias tan emblemáticas como las de «Forrest Gump» y «Back to the Future»). Los 1.200 millones de dólares recaudados a nivel global en su primer fin de semana así la reafirmaron, dando cierre definitivo a todo un hito dentro de la cultura popular planetaria.

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Los elementos a su favor eran muchos: una adaptación de unos comics amados, con respaldo de grandes estudios, actores de talla internacional y un préstamo de Merryl Lynch multimillonario sirviendo como fuente de recursos primaria. Pero, todos esos elementos mencionados (y otros adicionales), importantes y hasta vitales para producir un éxito internacional de tal tamaño e impacto, son insuficientes para explicar y entender por qué las producciones de Marvel no encontraron competencia en las salas de cine durante una década entera. Más aún, es cierta la broma de Bill Maher que deconstruye las cintas de súper héroes: todas son exactamente la misma cosa: un grupo de hombres buenos luchando contra un grupo de hombres malos, por un aparato brillante. En poco: debe haber mucho más a lo visto tras una simple mirada.

Y lo hay. No es fácil, ni seguramente totalmente certero, desgranar los elementos explicativos de tal fenómeno. Y sin embargo, indudablemente, muchos estarán de acuerdo en los resaltados en este espacio. El primero, definitorio de todo lo demás, era el tener muy establecido lo primordial para cada filme: entretener. En ese espacio, sobresale el esmero habido en cada cinta por crear humor, chistes, gags. Sí, algunas veces pudieron exagerar («Thor: Ragnarok») y en otras fallar miserablemente («Captain Marvel»); pero a esos críticos habríamos de enseñarle que así es la comedia. Lo explicaba Jerry Seinfeld a sus colegas en un especial de HBO: incluso hoy, con una carrera ya consolidada y una experiencia en tarima digna de admirar, la mitad de sus noches son buenas y la otra mitad, no tanto.

Contextualizado el objetivo definido, explota por lo claro el cuidado en las escenas de acción. No por obvio, se va a dejar de mencionar. No sorprende a nadie las impresionantes secuencias para ser una producción de Hollywood; pero sí la ambición por tener una puesta en escena superior en cada entrega. Allí, es de dimensionar, en todo su alcance, la llegada a la familia Marvel de los hermanos Russo como directores, haciendo por primera vez presencia en los créditos de «Captain America: The Winter Soldier». Además de elevar la calidad de los momentos de violencia, combinaba a la perfección la dupla con el tono humorístico de la saga, al provenir de dos famosas series de comedia de los Estados Unidos: «Community» y «Arrested Development».

La secuela de Steve Rogers como personaje principal, supera a lo realizado anteriormente en sus películas hermanas. La marca impuesta por los Russo en el filme es notoriamente más ambiciosa y, aún así, armónica. La filmación de una pelea es algo parecido a un baile, una danza, en donde la naturalidad de las partes debe sobresalir. El gran maestro en ese tipo de manifestaciones es el chino Corey Yuen, antiguo coreógrafo convertido en director, quien en la fusión de su arte con el séptimo arte, elevó las escenas de encuentros de lucha entre personas en los años ochenta, al crear una especie de ballet con sus protagonistas, transformando por completo la forma de filmarlas. Los Russo parecen los mejores alumnos del afamado director asiático, creando momentos con encuentros de combate persona a persona memorables y secuencias de acción insuperables. Dicho de paso, fue este un elemento que, de ahí en adelante, nunca dejó de evolucionar en la saga.

El buen humor y las espectaculares puestas en escena, consolidaban el objetivo de entretener a un público masivo; pero honestamente, no alcanzaban para capturar a uno exigente. La inteligencia de los realizadores fue ir más allá. Y se desprende de ahí un segundo gran ítem: la complejidad subliminal en la historia. La estructura básica sobresalía en cada película: recordando a Maher, había unos buenos y unos malos, luchando por algo deseado por ambos. El aporte de la saga es haber establecido áreas grises en las dos esquinas del ring.

La infiltración en la historia de fuerzas que, sin mucho miedo pueden ser llamadas «nazis», es alucinante y poderosa. Importantes académicos consideran que el fascismo alemán nunca se extinguió, sino que por el contrario encontró espacios en otros gobiernos que les sirvieron como trinchera desde la cual volver al ataque por sus ideas, y en el universo Marvel eso es HYDRA. Declarar, sin miedo, una vertiente criminal al interior de nuestras instituciones más establecidas en la sociedad, es una brisa de aire fresco para este tipo de cine. Incluso, dejar la duda sobre la posición tomada en uno de los personajes, Fury, es alucinante. «Sus secretos tienen secretos», dijo Stark sobre el líder de SHIELD.

En ese escenario, los debates entre el Capitán America y Nick Fury, en muchos sentidos, son los dos puntos de vista de la derecha dominante en los Estados Unidos: una que ve la pérdida de las libertades como una necesidad para salvar la democracia; y otra que entiende que la pérdida de esas libertades es precisamente la de la democracia. Desde allí se permite analizar el imperio de Tony Stark, al ser exhibido como uno con un pasado negro y controversial, haciendo patente la famosa frase de Balzac: «detrás de toda gran fortuna, hay un crímen». La metáfora con la vida real es palpable y obvia: no es esa empresa cosa diferente a la representación del temible complejo militar industrial, como se osó a llamarlo en su discurso de despedida el presidente Einsenhower, hoy transformado ese sector económico en un monstruo financiero y global. La posibilidad de tener un filme de entretenimiento, con tal cantidad de lecturas a su interior, es una apuesta de gran envergadura que engrandece la obra en su totalidad.

No hay espacio para una visión progresista en los filmes: eso es claro. Pero al menos se agradece la discusión. Tal vez, eso sí, no hay porqué hacerse ilusiones, y pensar más que el debate está diseñado para llegar a una conclusión más poderosa a favor de la propaganda: la solución a los problemas es dar bala a los enemigos. Punto. En la primera «Iron Man», el cambio de actitud, el momento de iluminación, la luz se encuentra al Tony Stark notar el que sus armas son las usadas por los «terroristas» de Medio Oriente para conquistar pueblos. Por supuesto, su respuesta no puede ser otra a la creación de un arma aún más poderosa para derrotarlos. En «Avengers: Age of Ultron», el helitransporte salva la vida de todos los héroes, además de miles de ciudadanos, después de ser criticado fuertemente por Steve Rogers. De hecho, es el Capitán quien agradece el arribo de la aeronave, en plan de corregir su previa postura sobre su existencia, dejando clara su posición: «esto es lo que SHIELD supuestamente debe ser». Traducción: usar las armas para el bien.

Imposible negar la advertencia hecha, en esa misma entrega, a los desmanes a los que nos vemos abocados por los impresionantes avances de la Inteligencia Artificial. Ultron es una metáfora poderosa de un miedo cada vez más real en nuestra sociedad: el posible descontrol y consecuencias de hacer nacer una tecnología capaz de superarse así misma hasta formarse como una vida propia y ponerse en nuestra contra. Se ha dicho acá repetidamente: nada como el arte para predecir el futuro. Y, de nuevo, en esa circunstancia, la respuesta de los héroes, especialmente Stark, no es una diferente a crear un arma más poderosa, para destruir esa poderosa arma que nos amenaza. La existencia del personaje de Daniel Brühl, Helmut Zemo, como una víctima del quehacer de los Vengadores (su familia fue asesinada en Sokovia) pone en cuestión el accionar del equipo como uno con consecuencias indeseabales. «Daños colaterales», es el término militar inventado para explicar que una acción bélica produce asesinato de inocentes. No es un punto menor en nuestra coyuntura, puesto que un grupo como ISIS responde a ese mismo fenómeno: la invasión de los Estados Unidos en Irak a principios del milenio.

El tercer gran elemento del Universo Marvel fue la existencia de un majestuoso villano. Y, por supuesto, con eso nos referimos a Thanos, interpretado por ningún otro diferente a Josh Brolin. Desde el 2014, cuando el actor apareció en el Comic Con de San Diego como el encargado de dar vida al enemigo número uno de los Vengadores, toda la saga se dirigió a ese encuentro. Sus pequeñas presentaciones en otras películas no hicieron sino acrecentar la ansiedad por su entrada definitiva, la que se dio en «Avengers: Inifinity War». Sus colegas no se quedaron atrás: Ultron, Rhonan, Loki, todos impresionantes y amenazas reales a sus enemigos: pero es Thanos el que llevó la conflictividad y el miedo a la pelea con él a otro nivel. Su mera presencia, imponente y de la que emana mucho poder, era espectacular. Su voz, sus movimientos, su inteligencia, todo lo convirtieron en un enemigo insuperable. La frase de Roger Ebert, una película es tan buena como lo sea su villano, se aplica a Marvel y su periplo de más de una década con los súper heroes, a la perfección.

Pero lo más impresionante de Thanos es su discurso. En pocas palabras, es el extremo de una filosofía económica controversial en la época de su nacimiento, el siglo XIX; pero con un marcado renacimiento en nuestra era. Thomas Malthus estipuló que el crecimiento de la especie humana era uno exponencial, mientras que el de los recursos del planeta no; por lo tanto, en algún momento no habría suficiente alimentos para todos y el caos se desataría. En muchos aspectos, muchos pensadores actuales han declarado nuestra era como una donde esa predicción se hizo realidad. El año anterior, por ejemplo, todo lo producido por la madre naturaleza se agotó en el mes de agosto, demostrando la certeza de la tesis expuesta. Thanos sería una respuesta, indeseable pero tal vez necesaria, a la coyuntura actual. En la vida real eso tiene un nombre: fascismo, y las olas de ultra derecha internacional son una muestra preocupante.

En la última entrega, un momento importante se da cuando Steve Rogers le dice a Natasha Romanov que vio una ballena y al agua de uno de los grandes lagos limpia. En ese sentido, lo prometido por Thanos se cumplió: asesinar a la mitad de la raza humana mejora la vida de los sobrevivientes. Y, en su discurso, hacerlo al azar es justo. Tan cierto es que, el Capitan América debe reconocerlo. El problema, por supuesto, es el método usado por el villano: la aniquilación y el exterminio. Pero es indudable la fuerza de su hipótesis. De hecho, es una idea con mucho poder al saber que, de lograr tener en el mundo una cantidad de humanos no superior a los 4.000 millones de personas, vivirían en un paraíso terrenal. El ubicar ese discurso, en el lado del villano, tiene un objetivo político propagandístico, tema ya hablado en este espacio, y con profundización en próxima entrega.

Un fascinante cuarto elemento en la saga, es la narrativa entre los filmes. Se aplaude el no haberlas hecho directamente conectadas, dejando espacio como una propuesta para los espectadores ir llenándolos. Los puntos de encuentro están allí, es de cada uno hallarlos como si de armar un rompecabezas se tratara. Profundizar así, crea el dialogo emocional director-audiencia tan mencionado en este espacio. Son cientos de puntos de conexión entre cada película, siendo su existencia una invitación a repetirlas hasta hallarlos, creando vida en cada una de ellas, pues un segundo visionado trae nuevos descubrimientos.

Desde este espacio, celebramos uno con especial atención: y es el cumplimiento de la profecía de Tony Stark, aparecida a él en sus sueños. Cuando en la última película Thanos rompe el escudo del Capitán América, cuando Hulk queda imposibilitado por él, cuando la Viuda Negra muere en una extraña posición, y cuando Thor es golpeado hasta casi morir, la pesadilla sufrida por Iron Man se hace una realidad. Sabía él, claro, algo grande se venía: de ahí su deseo de instalar el escudo sobre la tierra; pero su pesadilla parecía sencillamente una mala pasada de sus miedos. Lo espectacular es haberla presentado así, sin decirlo, dejándolo en al aire para ser descubierta por los fanáticos. Más aún, es detestable cuando los realizadores juegan con las muertes de sus protagonistas; pero en este caso fue válido, puesto que fue honesto (Thor queda herido, el escudo del Capitán América destruido, Natasha fallecida) y hecho a través de una manifestación artística. Dejaron los hechos ahí para ser interpretados y, posteriormente, nos mostraron qué quería realmente decir la imagen, sin ser tan burdos de contarlo. Es la tarea del espectador descubrirlo.

Queda por resaltar el melodrama en cada uno de los filmes. La emoción producida por los momentos intensos. No es una característica menor o despreciable. De hecho, nuestro amado George Orson Welles la consideraba un asunto mayor dentro de la narrativa fílmica. Y durante la década de Marvel, muchos de esos instantes se construyeron con gran detalle y resultado final perfecto. Los encuentros entre Steve Rogers y Bucky, el amor habido entre Natasha y Banner, las muertes de varios personajes y, por supuesto, guardar el grito del Capitán América ensamblando a los Vengadores para el final. Todos hermosos episodios capaces de conmover a la audiencia. Pero ninguno como el último. Nos disponemos a deconstruir, una vez establecido ese marco explicativo, una de las situaciones más bellas y emotivas en la historia del cine.

Al entregarle Dr Strange la piedra del infinito a Thanos, le explica a Tony Stark su acción, justificando lo realizado como la única posibilidad de sobrevivir o, ganar la guerra. En la batalla final, un diálogo entre ellos dos establece la antesala para un cierre maravilloso. Strange le dice a Stark no poder satisfacerle su duda sobre si esa pelea que están dando es el escenario por él previsto para alcanzar la victoria. Las palabras del Dr. son brillantes: si te digo el futuro, este no sucederá. Y ahí, llega la conclusión. Stark está de rodillas planeando atacar a Thanos no para vencerlo, sino para engañarlo y quitarle la planopa. Su plan es asesinarlo chasqueando los dedos y usando el poder de las piedras. No sabe él si es una buena idea o no, no sabe si va a funcionar, hasta que Dr. Strange con su dedo índice levantado le indica que es esa la única solución. Stark sin pensarlo se lanza en contra de Thanos y le quita las piedras. No piensa a futuro, no mide la consecuencias de su accionar, no le importa su bienestar, solo sabe que debe hacerlo y lo hace. Incluso tiene la certeza, porque ya lo habían debatido, de que será la muerte como resultado previsible de su acción. He ahí, la quintaesencia de lo que es un héroe. Las lagrimas de la audiencia el resto del filme, no son más que un merecido homenaje.

Es fácil demeritar lo hecho por Marvel calificando esta saga como una mera «película de súper héroes». Pero el cine no se hizo para capturar la realidad; sino para hacer creíble lo imposible. Brian de Palma lo explicaba con enorme sabiduría: este arte es mentir 24 veces por segundo. Su gracia, la esencia está en los realizadores no dejarse descubrir en su engaño. Las imágenes en movimiento son una ilusión, un truco de magia, no un pedazo de vida. Desde esa perspectiva, es fácil hacer creer un drama humano: una persona llorando por la pérdida de un hijo, una raza superando las injusticias, un grupo en pie de lucha contra sus opresores. Son cosas tomadas de la vida y actuadas para la pantalla, válidas como arte; pero no de forma exclusiva. Porque el lograr hacer creíble para millones de personas estar presenciando una batalla intergaláctica, es algo de marca mayor, por ser imposible en la realidad; pero aún así hacerlo ver creíble en una pantalla de cine.

«Avengers: Infinity War» y «Avengers: Endgame» son el cierre de un suceso cinematográfico sin precedentes. Han habido otras sagas, por supuesto («Star Wars», «The Dark Knight«, «Fast and Furious» ) pero ninguna tuvo la regularidad y constante crecimiento de esta. Marvel fue un universo, con decenas de personajes principales, todos con sus propias producciones, unidos en un último evento majestuoso. Hay grandeza en concluir así, en cerrar el ciclo en los más alto, en una presentación final convertida, según la taquilla hasta ahora recogida, en el evento cinematográfico del siglo.

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