«The Godfather Part II», La Obra de un Genio Inspirado.

Al Pacino in a scene from the film ‘The Godfather: Part II’, 1974. (Photo by Paramount/Getty Images)

Francis Ford Coppola se había desentendido por completo de la película cuya existencia transformó la suya propia. Paramount, su contraparte, estaba entre agobiada y agotada calculando qué hacer con los ingentes ingresos obtenidos. Entre sus deseos, por supuesto, era hacer otra obra con el particular director, en el universo originado en la mente de Mario Puzo. Se inventaron, negociantes ellos como pocos, las segundas partes, y comenzaron los contactos con el cineasta para construir la historia posterior de la familia Corleone. Coppola se negó inmediata y rotundamente.

La razón de la tajante negativa radicaba en los malos momentos vividos durante la filmación de lo que sería el origen de la saga. Pero el negocio era enorme, las posibilidades inmensas y la oportunidad única. Coppola encontró una salida salomónica: otorgarle la silla principal de la producción a un joven director de la época. La futura promesa, a quien el estudio rechazó de plano, era un tal Martin Scorsese. Nada por lamentar para la posteridad, pues al final Coppola aceptó al habersele prometido el cielo y un poco más por su retorno (y en forma de disculpas por el pasado), entregándole él a sus empleadores como respuesta a su generosidad pura maestría hecha cine, concluyendo todo en una de las mejores películas de todos los tiempos.

Sin importar desde qué arista se haga el análisis, se debe concluir que, entre otras cosas, “The Godfather Part II” es la obra de un genio inspirado. Tal vez, de dos, porque la base de tal brillantez está indudablemente en el texto. Planeada con una ambición desbordada, asumió riesgos inéditos en su época, trazando nuevas vías para el desarrollo narrativo del arte del que hace parte. En un sentido estricto, la película es tanto una continuación como una precuela, al tratar en paralelo la historia del hijo que continuó con el imperio del padre, así como la génesis de éste. El objetivo planteando por el director era «yuxtaponer el ascenso de la familia por obra de Vito y su debacle como consecuencia del actuar de Michael».

Las tres horas de duración son el tiempo requerido para Coppola adaptar una suculenta parte del libro excluida en la primera entrega: el origen del poder de la familia Corleone. Un interrumpible trayecto a la cima de la sociedad, desde la trágica epopeya que fue la llegada de Vito Andolini a la ciudad de New York, pasando por su crecimiento y establecimiento como un hombre de negocios muy poderoso, alcanzando la consolidación de su emblematica familia. En paralelo, la historia narra la herencia recibida por su hijo menor, Michael, la vida forzada a llevar al aceptar convertirse en la nueva cabeza del imperio construido por su padre. El punto fuerte de la historia está en comparar las acciones de ambas, en una etapa y momentos similares: los dos treintañeros y a cargo de la familia, luchando por sobrevivir en un mundo salvaje y despiadado.

Yace, no muy escondida, en la frase anterior, un secreto de enorme importancia en «The Godfather«: no es ella una obra sobre la mafia, sino sobre la familia. El gran éxito de Vito Corleone fue consolidar una inmensa organización criminal para poder mantener a su familia unida, mientras que el mayor fracaso de Michael fue el de que para mantener a la mafia, tuvo que hacerlo al costo de destruir a sus allegados. Durante gran parte de “The Godfather Part II” es evidente la reciente fuerza adquirida por los Corleone, su mayor capacidad de influencia en la sociedad, pero, y al mismo tiempo, los destrozos al interior del nucleo familiar, a causa de la desbordada ambición de Michael.

El heredero tiene la inteligencia para superar a su progenitor, pero su alma se ha transformado al punto de parecer haber extinguido cualquier indicio de bondad, afecto o cariño para con los suyos. La diferencia entre Vito y Michael es que el padre era admirado y respetado, así como temido, mientras que Michael es alguien que tan solo inspira miedo. La presentación de la familia en la segunda parte, es una clase de cine clásico y delicada exposición de los hechos, por lo sútil en lo informativo: en la primera fiesta con Vito, los jueces y amigos políticos de la familia se excusaban por no acompañarlos en la boda de su hija; mientras que en la celebración de la primera comunidad de su nieto, hasta senadores se pavoneaban en la ceremonía. Toda una declaración de la nueva forma de vida de los Corleone.

Pero la felicidad por los extraños visitándolos era contrastada con el dolor sufrido al interior: Connie está alocada como respuesta al asesinato de su marido; Kay está desilusionada y amargada por los senderos recorridos por su familia, y Fredo se ha convertido en una figura patética dentro de la familia, irrespetado por su propia esposa. El contraste entre las dos fiestas en las dos primeras películas es diciente de toda la terrible evolución de la familia bajo el mando de Michael y del poder adquirido.

Ese centro drámatico es el corazón de una obra influyente de la sociedad como pocas. Una verdadera joya de la cinematografía mundial. La calidad de su escritura permitió la consolidación de dos actores emblemáticos, Al Pacino y Robert De Niro, enfrentándose interpretativamente al dar vida a dos personajes ya parte de la cultura global, unidos por la sangre pero totalmente seperados por sus formas. De él mejor amigo de Scorsese, el realizador mencionó su «porte de rey» como elemento esencial para poder reemplazar a Brando y a Vito, al que siempre entendió como un «monarca con sus tres hijos».

Ambos hicieron un estudio profundo del patriarca Corleone, como padre y joven, analizando y estudiando a profundidad lo hecho por Brando, creando una conexión mágica e imborrable entre los tres: Pacino aprendía del personaje que sería su padre en la ficción, y De Niro del intérprete buscando especular cómo actuaría y comportaría de joven. Una amalgama que solo podría concluir en arte puro. Tan pristino que trasnformó por completo la industria del cine. Bien lo explicó ese genio creador, otro patriarca de otra familia, la Coppolla: «las actuaciones son las que hacen las películas inmortales». Aceptando su postulado, no parece errado concluir la inmortalidad de esta trilogía.

Se comprende, desde esa visión, la presencia de Lee Strasberg, maestro de actuación de Brando, De Niro y Pacio, socio del emblemático Actor Studios, participando en el papel de Hyman Roth, como una más allá de necesaria, una histórica. Quedó tatuado en un lienzo de cine, en esta obra, la grandeza de «el método» y su momento de mayor cumbre, con sus mejores exponentes, en tal vez la mejor película. Deliciosa anécdota histórica es la selección de Dominic Chianese como Johnny Ola, quien décadas después lo reconoceríamos como el jefe de la familia Soprano.

Ambos personajes son esenciales en uno de los pasajes más fascinantes del filme: el proceso de dominación de Cuba, un pedazo de historia global puesta en cine de manera valiente. Según los libros de los académicos, Fulgencio Bautista, dictador en la isla, le había regalado ésta a la mafia local, la que luego habrían de comprar los capitalistas norteamericanos en asocio con los gangsters de su país. Un hecho representando, con una visual portentosa, en la partida de la torta en la isla, presentando a las audiencias mundiales sin el más mínimo pudor por parte de sus creadores. En plena época de la Guerra Fría, Coppola ponía entredicho toda la política exterior de su país, a través del medio más poderoso a su alcance, sin el más mínimo rechiste por parte de sus financiadores.

Pero de la secuencia en Cuba, por supuesto, lo inolvidable, lo profundamente impactante, lo desmedidamente electrificante, es el beso de la muerte que Michael estampa en el rostro de su hermano, sujetándolo con la fuerza que solo puede producir un corazón roto. Es considerado uno de los momentos cumbres del cine y, de hecho, alguna publicación alguna vez así lo calificó. Pacina cobra vida y su persona es la manifestación pura del odio. John Cazale, el actor dando vida a Fredo, es la representación más trágica del miedo.

Tan importante para la cinematografía como el establecimiento de tales leyendas, es la estructura narrativa del filme. El hecho de contar en paralelo las dos historias es algo inédito y poco repertido, tal vez encontrando en Nic Pizzolatto y sus historias de «True Detective» al mejor pupilo de ambos escritores. Los saltos en el tiempo, entre el padre y el hijo, fue una extraña, novedosa e impactante manera de contar los hechos de la historia. La fuente de donde se alimenta todo la trama de la película haya su origen en las informaciones habidas sobre la mafia en los años cincuenta y sesenta en los Estados Unidos y sus fuertes conexiones con el poder, creando ambos escritores una ficción insertada en nuestra realidad histórica, forzando una poderosa lucha entre ambos géneros, creando una meta realidad fascinante para el espectador.

Gordon Willis, cinematográfo del filme, es otro regalo de los creadores para el séptimo arte. Ya establecido como un brillante técnico en la escena de Nueva York (es famosa la anécdota de Coppola en el baño escuchando a varios miembros del equipo de Willis burlarse de su obra), participó en la primera de forma petulante pero brillante. La iluminación cenital de sus filmes, los fuertes y contrastados claro oscuros producidos en cada uno de sus planos, todos adornados con un bellos color naranja rojizo, son casi una marca registrada y patentada a la hora de filmar. La luz cenital producía en los actores un aura de miedo e intimidación, al hacer sus ojos poco visibles, un truco inmortalizado por la presencia de Marlon Brando en la primera parte. Willis, se dice de él, «trabaja al límite de sobrecarga de la exposición», como lo describió Coppola en alguna oportunidad.

Alíado esencial en el trabajo de Copolla, Walter Murch es el secreto mejor guardado del director. (Como lo es Sally Menke de Tarantino y Thelma Schoonmaker de Scorsese). Fue él el hombre capaz de encontrar e hilar los momentos exactos en las dos historias, y poder ir intercalando cada una, permitiendo al espectador mantener clara la totalidad de la línea narrativa en los dos espacios. Algo, indebatiable la afirmación. digno de admirar, y de resaltar frente a lo generalmente realizado, especialmente hoy en día.

Pero Coppola es un escritor. Es esa su esencia. Por eso el respeto dado a cada uno de ellos en sus obras, al citarlos en los títulos de sus producciones. La explicación contextualiza lo mejor habido en esta: la profundización del personaje de Michael, un joven inocente y valeroso, amante de la vida, quien gradualmente se transforma en un monstro. El cineasta hizo la comparación de Michael con su país, los Estados Unidos, al éste abandonar su condición de jovén Estado independiente y pasar a ser un imperio estableciendo en el mundo sus necesidades a través de la violencia. El transfondo de la historia es el poder convertido en una droga y una obsesión para Michael. Su enfermedad impide que nada o nadie se pude interponer entre ambos. De ahí la capacida de Michael para herir a su familia, a sus amigos, e incluso, asesinar a su hermano mayor, al «hijo de su padre», como en lágrimas se refieró a él en la tercera parte.

El reto, inmenso, es superado con soltura. La actuación de Pacino es absolutamente sutil, majestuosa, elegante y poderosa. Una con todo para mostrar el poder adentro de su personaje. En una hermosa escena final, un plano inmortal, un momento celestial, Michael está sentado, tranquilo, sólo, frente a su lago, después de haber destruido a todos sus enemigos y consolidar su inmenso poder. Según el director, la casa de Tahoe tenía como objetivo ser una fortaleza y un paraiso para la familia. Un detalle imposible de no notar es la infelicidad de Kay (Diane Keaton), producto de su frustación por sentirse encerrada en una jaula de oro.

La imagén es una perfecta metáfora del costo asumido por Michael: el ganarlo todo en los negocios para perderlo todo en la familia, resultado horrible si se contextualiza que lo primero lo hizo para ofrecerle un mundo seguro a lo segundo. El final de “The Godfather Part II” es uno de los mejores habidos en el arte. Es un cierre perfecto, impredecible, subliminal, de una obra magnifica. Con tan solo un plano, el director fue capaz de hacernos conectar con el interior de su personaje principal, en un momento escencial de su vida, de su historia, algo que tan solo los más grandes son capaces de transmitir. Pero no es esa su genialidad: la brillantez proviene de ubicar al espectador en el marco de sus pensamientos, pero qué está pensando, es de cada uno viendo la obra de decidir.

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