¿Por Qué Es Que Enamora “School Of Rock”?

Los posters y trailers de “School of Rock“ no prometían mucho. Sí, sobresalían los nombre de Scott Rudin como productor y Richard Linklater como director. Pero en el fondo fue fácil catalogarla como otra de esas películas tontas de Hollywood por llegar a las pantallas de cine. Y tratando de mantener objetividad, no es errada la apreciación: sí, “School of Rock” es una historia clásica, mil veces vista su estructura; pero con la diferencia de que en esta ocasión fue hecha con tal pasión y amor, que es imposible no enamorarse de ella.

En el “Round Table” de “The Hollywood Reporter”, James Franco ofrecía un análisis fascinante sobre su película “The Disaster Artist”. Un poco de contexto se revela necesario. El filme de Franco está basado en otro filme, “The Room”, catalogado por sus seguidores como “el peor filme de la historia”. La clave aquí radica en el correcto uso de la palabra “seguidores”. Y es que es cierto: no se pueden llamar de otra forma a los amantes del filme. “The Room” es una película que, a pesar de ser claramente un pésimo producto cinematográfico, es vista en salas de cine por todo Estados Unidos, por audiencias que llenan teatros y hacen de cada una de sus proyecciones una experiencia magnífica.

“The Room” hace todo teóricamente mal. Las actuaciones son terribles, los diálogos ridículos y cursis, el diseño de producción horrible, la edición básica… Pero, y esta es la verdad, de una manera extraña funciona. Una descripción acertada diría que es tan mala, pero tan ridículamente mala, que es buena. Franco decía algo impactante en esa mesa redonda: “hay cientos de películas pésimas y no pasa con ellas nada; pero esta queda en las audiencias, y debe ser por la pasión que hay debajo de cada una de sus escenas”. Magistral su apreciación. Seth Rogen, actor de “The Disaster Artist”, lo explicaba con total claridad: Tommy Wiseau consiguió todo lo que anhelan los grandes artistas: fama, celebridad, paseos en la alfombra roja, pero haciendo todo lo que no se debe hacer en una película.

Es ese el análisis en el que cabe “School of Rock”. Error garrafal mirar esta producción con ojos críticos “profesionales”. La obra no se estudia a través de prismas producidos por los análisis del cerebro, sino con los sentimientos del corazón. Y cuando la imaginación y las emociones priman sobre todo lo racional que se pueda ser, la experiencia de “School of Rock” es una hermosa.

La historia va de un fracasado rockero quien todo su gremio ha rechazado, principalmente por su amor sincero y nada comercial frente al género musical que más lo desvela. Se siente algo más profundo ahí. No cabe duda de que el noventa por ciento de los adultos tienen, tenemos confesamos decir, unos espíritus fracasados. No convence a nadie, ni por un segundo, que el sueño de alguien de niño o joven haya sido ser Gerente de Ventas Corporativas. Dewey Finn (Jack Black) es un héroe moderno que no se rinde y lucha por encontrar su lugar en la vida viviendo lo único que realmente desea hacer.

Pero no sólo es un valiente luchando contra un sistema opresor del alma, como diría Body en “Break Point”, sino un cruzado buscando liberar la mente de aquellos a su alrededor. Aunque, y he ahí la excelente construcción del personaje, no lo es en un principio: lo que concluye en una bella historia de amistad, tuvo su génesis en el interés egoísta del personaje por formar una nueva banda de rock para él, aprovechándose del talento de sus pequeños alumnos, pero que con el paso del tiempo y gracias a la inocencia, el talento y el amor de los infantes que lo rodean, se consolida una profunda amistad.

La estructura de la película es sumamente clásica: un hombre desesperado, que encuentra en el lugar más inesperado la posibilidad de salir adelante, traicionando y recuperando la confianza de las personas que lo rodean, con un final feliz en el que logran superar un gran obstáculo para llegar al éxito. Pero, a pesar de poseer un relato clásico que juega en su contra, para cualquiera con una educación durante su niñez en una estricta institución, la capacidad del filme para trasladar a quien sea a una época de estudios en un colegio con dotes dictatoriales es verdaderamente hermosa. Jack Black en su personaje de Dewey es el vocero de toda una generación de humanos forzados a “educarse” bajo un ambiente de férrea disciplina y poca libertad de opinión. Por eso es un héroe, y en muchos sentidos, un modelo a seguir.

Y es que es en gran parte por lo hecho por Jack Black que este tierno filme funciona. Black es “School of Rock”. Partiendo de la base de que Mark White escribió el papel exclusivamente para él, dado su inmenso amor al rock clásico y su excéntrica personalidad, es más fácil entender el por qué de la perfecta interpretación del actor: porque sencillamente no está actuando, es él mismo a quien vemos en la pantalla. El escritor relató que pensó en la película después de mudarse a un apartamento junto al que sería su protagonista y verlo cantar desnudo las canciones usadas en el filme. Curiosamente, no es el rock el género favorito del escritor, sino el escogido por él para el filme con tal compaginara perfecto con su musa.

Ese papel, de amante del rock, es gracioso y muy real. Black no parece alguien que sepa de música, sino que por el contrario se nota inmediatamente su conocimiento sobre todo lo dicho. Más importante aún, se siente cada una de las palabras que dice sobre el rock. Su amor por la música sale por cada uno de los poros de su cuerpo y llega de una manera muy directa. En algunos casos su actuación de persona extravagante, acelerada y sin ningún interés en la vida diferente al de la música, es una perfecta contraposición con el papel de niños: disciplinados, rectos, estrictos.

A pesar de que ya es tradicional la batalla en el cine por liberarse de las “cadenas que el mundo impone” (trabajar, estudiar), es el que en la vida real no se haya podido superar un sistema tan exprimidor del espíritu humano, lo que permite que el mensaje romántico conserve intacto su poder. Y se dice esto porque es allí donde reside la fuerza de este pequeño proyecto que llegó a convertirse en un inmenso éxito (130 millones de dólares en taquilla global): en el mensaje en pro de un espíritu más libre y unas mentes y corazones más soñadores. Sí, en un éxito descomunal entre niños; pero también entre adultos. Y eso es lo fascinante.

Ahora, sí hay una estrella en el filme; pero es la magia de los niños un complemento más que perfecto. Siendo cada uno de ellos talentosos músicos en la vida real (todos tocaron y cantaron sus canciones), es de admirar los buenos papeles como hijos de familias prestantes que los obligan a tener una educación conservadora, la que no aprecian para nada. Gracias a la combinación de un grupo de chiquillos tan centrados y de un personaje de Jack Black tan estrambótico, se genera una bella combinación en la pantalla. La escena donde por primera ensambla la banda y toca con ellos “Highway To Hell”, es un resumen exacto de la película: el rostro de confusión de los pequeños, la emoción de Black, el rock tomando la película impulsándolos a romper todas las reglas. Un momento inspirador es el de el actor con Robert Tsai, Lawrence, quien le pide lo dejé fuera de la banda por él no ser suficientemente “cool”, petición rechazada por Dewey. Lo que poco se sabe es que esa misma conversación la tuvo el actor con el director después de haberlo escogido para la parte.

Otro de los elementos que ayudan a completar la película, es la personificación de ese sistema abrumador en los papeles de los padres y la rectora de la escuela, Rosalie Mullins, interpretada por Joan Cusack. Muy correctos está cada uno de ellos en sus partes, puesto que conforman un conjunto de personas que les impiden a los niños poder hacer algo que realmente les apasione. Son quienes justifican la existencia y la influencia de Dewey, puesto que de permitir que sus hijos o alumnos hicieran algo que fuera de su agrado, el personaje no tendría razón para existir. En sentido, el rock no es más que una metáfora de la vida. Una película pequeña, “Some Kind of Beautiful”, un personaje sencillo, el de Pierce Brosnan como un profesor de literatura, les indica a sus jóvenes escuchas que abandonen su asignatura en pro de luchar por lo que aman, bien sea el deporte, la actuación o una de sus parejas. Es este el mismo mensaje acá.

No hay mucho que decir sobre la música de la película, la que es alucinante, para quienes les encante el género mencionado en el título. No hay temas compuestos propiamente para el film (aunque sí algunos temas musicales a cargo de Mark White, Jack Black y Craig Wedren) sino que por el contrario es uno de esos bellos casos en donde es el filme el que fue hecho para hacer sonar una gran banda sonora. De hecho en algún momento se pensó en hacer de “School of Rock” un musical, en lo que eventualmente se terminó convirtiendo después de la película, a cargo de Andrew Lloyd Webber (Miranda Cosgrove, “Summer”, canta “Memory” de Cats, tema del autor), hasta culminar en una serie para Nickelodeon. El resto de la producción tiene una puesta en escena muy conservadora, con la clara intención de que sean los niños y Black quienes se roben todo el show y la atención.

Una anécdota fascinante en esa área aparece y merece ser contada: la mítica banda Led Zeppelin se negaba a permitir el uso de sus canciones en el filme, una conocida costumbre suya. Durante la escena del concurso final en “Battle of the Bands”, el director Richard Linklater le pidió a Jack Black que hiciera un video con todos los extras del público, rogándole a la banda cediera los derechos de “Inmigrant Song” para el filme, en una tierna escena ya conocida, lo que evidentemente lograron. Un video con la grabación y una introducción del mismo Jack Black hace parte del DVD. Si eso no es pasión y amor por algo…

La película a simple vista se presenta y deja ver como una para niños; pero parece poco arriesgado decir que a el verdadero mensaje va es para los padres, quienes tienen la obligación de darles a sus hijos una vida que los prepare para el futuro, pero nunca al costo de amargarles toda su niñez. Tal vez es mucho más difícil de encontrar ese equilibrio en la vida real de lo que parece en un simple filme. Pero la lucha vale la pena. El miedo al futuro mucha veces mata el presente, y no debe ser nunca una forma de vivir.

Las palabras de Edwin Hoover, el personaje de Alan Arkin en “Little Miss Sunshine” son un mensaje profundo por el poder en ellas contenido: “no es fracasado el que intenta y pierde, es fracasado el que no intenta”. Jim Carrey referiéndose a su padre lo dijo en forma aún más impactante: “también puedes fracasar caminando el camino seguro, así que por qué no luchar por lo que amas”. Por eso es que “School of Rock” nos enamora, porque recuerda lo que nunca debe olvidarse, lo que realmente se debe enseñar: “se vive una vez y lo único que importa es alcanzar los sueños”.

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