Un Genio Llamado Jim Carrey.

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Es, inmensamente fácil y tentador, calificar un actor de comedia como un “payaso”. Un bufón encargado de producir carcajadas en la audiencia, producto de una personalidad extrovertida y temeraria, impulsora de actos circenses, muchas veces hilarantes, algunas veces humillantes. Pero son ellos, algunas veces, muchísimo más. Jim Carrey fue el último de esa estirpe, y tal vez igual de grande a todos sus antecesores. Charles Chaplin, Buster Keaton y, para sorpresa de muchos, Marilyn Monroe, son exponentes clásicos de esta figura que trasciende épocas. Porque parece ser, no existe nada más alejado de la realidad que esa caracterización simplista y, en muchos aspectos, bastante ridícula sobre ellos hecha.

Se deja abierto para el debate, pero las tres estrellas masculinas más grandes del cine en los años noventa fueron Tom Cruise, Tom Hanks y Jim Carrey. En el último caso, fueron sus muecas, su histrionismo, su salvaje expresión corporal, los rasgos de su actuación, de su arte, los que le dieron la adoración mundial. Todos estos elementos se consideran fallidos y equivocados dentro de los cánones que se conocen como un performance clásico, en sentido estricto son elementos de una sobreactuación que destruyen lo que debe ser un “actor de personajes”, de “carácter”, como se ha traducido en forma errónea en español la expresión “character actor“.

Jim Carrey

Se halla en una conversación entre Peter Bogdanovich y George Orson Welles, la lección más poderosa sobre lo que es y debe ser la interpretación. Las palabras del afamado cineasta son tajantes: “no existe la sobreactuación, solo éxiste la falsa actuación”. No limita la cámara, el formato o el espacio, sino la veracidad del personaje. ¿Era George C. Scott sobreactuado como el excéntrico coronel Patton? ¿Lo era James Cagney al bajar las escaleras de la Casa Blanca bailando? ¿Al Pacino en la corte acusando a todo el mundo de estar “out of order”? Ninguno de ellos, ni en el más suave de sus parpadeos.

Tampoco nunca lo fue Carrey. Pero era muy fácil creer que él era así, que las cámaras tan sólo registraban a un hombre extrovertido que iba por la vida de payasada en bufonada. Pero nada más opuesto a la verdad. Era un actor todo el tiempo y el mundo entero su público. Y la primera gran muestra fue esa obra de puro arte denominada “The Truman Show“, dirigida por Peter Weir y escrita por Andrew Niccol. La razón por la que un director, reconocido internacionalmente por sus profundos dramas, escogió al actor cómico más importante de la década para su próxima película, es realmente alucinante: Jim era Truman. Carrey era un interprete en su cotidianidad y había creado, para su vida, un personaje valiente, no atado a ninguna restricción social, con tal de conquistar el mundo del espectáculo. Una de sus frases más celebres de esa época fue cuando dijo: “me encanta acostarme tarde en la noche, no por estar de fiesta, sino porque era el único momento en que podía estar solo y no tenía que fingir”.

Y esa frescura, esa libertad, ese impedimento autoimpuesto a no tener miedo provenía de una inspiración, de un héroe, de un artista incalificable que había impactado al mundo de la televisión cuando Carrey era un pequeño: Andy Kaufman. Un hecho dice todo sobre el ídolo referenciado: en su etapa como presentador de un talk show, el gran Orson tuvo como invitado al “actor de variedades” (siempre se rehusó a ser llamado comediante), al que casi no deja hablar por su deseo de extenderse en elogios hacía él. Carrey, en un momento cumbre de su vida y persona, no sólo tendría la oportunidad de interpretar a Kaufman, sino que lo haría a disposición de uno de los más grandes del cine, cuyas obras biopic de Mozart y Larry Flint resultaron insuperables: el director; perdón por el atrevimiento, el cineasta Milos Forman.

Man on the Moon” transformó a Carrey en Kaufman. En un proceso de inmersión en su personaje que hace ver el “método” de Stanislavski como un juego de niños, el interprete dejó su esencia de lado y se convirtió en su fuente de mayor inspiración, al que sentía conocer de cerca. La obra de NETFLIX, “Jim and Andy“, es una recopilación de los momentos más impactantes de ese rodaje, dejando ver una metamorfosis alucinante, profunda e intimidante, a la altura de las más famosas hechas por pesados pesados de este arte como Robert de Niro y Meryl Streep. Inserto en medio de toda esa confusión, producto del extremo al que Carrey llevó su papel, un momento brillante y diciente hasta la saciedad de la entrega del actor en su papel se encuentra como un diamante pristino en el documento visual de la compañia de retransmisión: la conversación habida entre el padre de Andy Kaufman y Jim Carrey, inmersos ambos completamente en el personaje que está interpretando para la película. Magia pura a través del cine.

Las dos producciones fueron un positivo shock para el mundo del entretenimiento. Carrey, quien era indudablemente el actor cómico más exitoso de Hollywood después de una increíble racha de producciones taquilleras: “Ace Ventura: Pet Detective“, “Dumb and Dumber“, “The Mask” y, especialmente, “Liar, Liar“, demostraba una faceta intima, profunda y absolutamente contraria a lo dejado ver hasta ese momento, con la que alucinaba al mundo del espectáculo.

Los elogios, por supuesto, no se hicieron esperar. Pero las alabanzas, aunque merecidas, parecían no entender un performance brillante. Jim Carrey no era un payaso que había madurado hasta convertirse en un actor “serio”, James Eugene Carrey era un ser humano normal, como cualquier otro, un actor en todo el sentido de la palabra, que decidió crear una personalidad histriónica hasta el extremo con tal de conquistar el mundo del espectaculo y escalar hasta su cima más alta, a la que llamó Jim Carrey. Ese era su gran papel y con ese personaje, a todo el planeta logró engañar. Lo mismo hizo Chaplin, Keaton y Monroe, ésta última, nada menos que una habida léctora y estudiante.

ACE VENTURA: PET DETECTIVE, Jim Carrey, 1994. © Warner Bros./ Courtesy: Everett Collection

Larry King, el otrora famoso entrevistador de CNN, en su programa para Amazon le preguntó a Seth MacFarlane por la veracidad de la frase, sobre el mito que dictamina que “la comedia proviene de algún lugar doloroso”. Carrey había respondido ya en el pasado eso mismo con gran dramatismo. Es impactante entender que el camino que lo llevaría a convertirse en una estrella global se comenzó a andar en una profunda tragedia familiar: “Siempre intentaba hacer reír a mi madre porque estaba enferma o deprimida o lo que fuera -relató a mediados de los noventa el interprete-. Muchos cómicos comienzan intentando curar a su familia. Así es como te vuelves bueno”. Una dura realidad compartida por muchos en su área, incluido él mismo. “Así es como comenzó para mí, brindando alivio cómico a mi familia. Realmente es un alivio, la gente no sólo quiere verlo, lo necesita. Yo lo necesito más que ellos y es por eso que estoy de este lado de la cámara: porque soy una persona muy necesitada”.

En 1996, tal vez en la cima de su suceso financiero (el famoso pago por 20 millones de dólares por hacer el papel principal en “The Cable Guy” a las ordenes de Ben Stiller) Carrey se fue lanza en riestre contra el mundo al comentar su nulo miedo de convertirse en algo diferente, producto de su total creencia en “que el talento encuentra a su público. Es como The Beatles. No se quedaron quietos. Cambiaron, hicieron muchos enemigos, perdieron fans, ganaron nuevos”. Su acercamiento a una película, la marca de un verdadero artista, era siempre arriesgado: “Incluso si estoy siendo exagerado o loco, quiero hacer algo original. No hay nada que me haga más feliz que cuando alguien dice: ‘vi “The Mask” 300 veces cuando era niño’. Espero con ansias que cuando tenga 80 años la gente se me acerque y me diga: ‘Fuiste tú, amigo’. Esa es una sensación increíble”.

El hombre que hizo reír a toda una generación, el ganador de más premios MTV en la historia, el multimillonario cómico, poseía un dolor inmenso a su interior que lo dominaba, lo empujaba y lo estrujaba. “Mi foco está en olvidarme del dolor, burlarme de él, reducirlo” confesó un célebre Carrey a mediados de su carrera, cuando había alcanzando todo lo que anhelaba, buscando una cura a su alma que, tristemente habría de descubrir, no la halló en donde la esperaba. Su famosa frase, ya hecha un meme, “espero todo el mundo alcance la fama y sea millonario para que se dé cuenta que esa no es la respuesta”, lo dice todo sobre él.

The Majestic” (una obra menor que debería encontrar una segunda vida en algún espacio de transmisión… o como resultado a este texto) y la insuperable “Eternal Sunshine of the Spotless Mind“, que reunió al intérprete con el director francés Michel Gondry, no habrían sino solidificar su capacidad actoral y demostrar la versatilidad de pasar de un extremo a otro sin palidecer en ninguno. “Number 23” lo rencontró con el impresentable Joel Schumacher una década después de “Batman Forever”, donde interpretó a un alucinante “The Riddler” y “Yes Sir“, una estupidez de película lo haría firmar un contrato extraordinaro al recibir cerca del 40% de las ganancias producidas. De allí saltaría a su película más valiente, “I Love You Phillip Morris“, donde hizo un dúo extraordinario con Ewan McGregor.

Un genio absoluto, punto. ¿Es que es acaso fácil para un actor pasar de extremo a extremo en los tipo de personajes escogidos? ¿No le quedó imposible a DeNiro, Marlon Brando y Streep hacer comedia? Y viene, por supuesto, el eterno debate: ¿es mejor el drama al humor? ¿La mayor sofistificación del último lo convierte en algo superior? No, se postula en este espacio, y se hace sin miedo. Decía Woody Allen con increíble precisión: el drama no debe ser perfecto, puede estar lleno de matices; pero la comedia no. O produce risa o lastima. Carrey es un admirado humorista; pero un incomprendido actor. Tal vez su desgracia es que su mejor papel sea uno tan brillante, tan perfecto, tan difícil de descubrir, que muy pocos lo han comprendido.

Era imposible, por supuesto, durara para siempre. Y Carrey se agotó. Explotó. Y mostró a una persona sencilla, de voz calmada, con la inteligencia exquisita que poseen aquellos con el don de hacer reír a los demás. Y a muchos, no les gustó. Prefieren al personaje de los noventa: uno tan histriónico, tan espectacularmente exagerado, que hasta inspiró una animación basada en su personaje más emblemático, Ace Ventura. De él, dijo el actor en su entrevista con James Lipton, se había desarrollado como si de un pájaro se tratara. Su peinado, su ropa, su gesticulaciones con la cabeza, todo proviene de una ave hecha humano. También contó él, y recordó el prestigioso anfitrión, que ese mismo proceso había usado Anthony Hopkins para construir su Hannibal Lecter: interpretarlo como si de un animal se tratara, usando como base una tarántula y un cocodrilo. A los ojos de la crítica y la academia uno merece premios y galardones, mientras el otro debe contentarse con el bien más preciado: la risa y el eterno amor de su público. Este texto es una ovación de pie a un genio: Jim Carrey.

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4 comentarios en “Un Genio Llamado Jim Carrey.

  1. Me encantó el artículo, yo tsmbtsmbtam considero que Jim, es un genio de la actuación, una ovación de pie también…..gracias por tan excelso artículo !.

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