“Mad Men”, Clase Magistral De Cine Sobre Cómo Acabar Una Serie.

Mad Men” es, por derecho propio, un referente televisivo, cultural y artístico de nuestra época. Una serie galardonada con lo más y mejor de los premios estadounidenses, considerada por la crítica como una de las diez mejores producciones de la pantalla chica jamás realizadas, y un fenómeno de audiencias a nivel global. Pero la sarta de halagos aquí estipulada, no se extiende en forma exclusiva a lo creado por Matthew Weiner. Son regulares, de hecho, en las obras cumbres de la ficción estadounidense. En donde “Mad Men” sobresale, en donde supera a casi todas las demás, es en haber encontrado un cierre que eleva todo el conjunto de manera gloriosa.

Es imposible no exigir un gran final, una clausura alucinante, una conclusión que desborde de emociones a la audiencia, cuando se han alcanzado cuotas artísticas admirables. La gran mayoría de las veces, los realizadores no están a la altura de las exigencias; pero en “Mad Men” estos incluso superaron toda expectativa. Es, lo regular, hacer una gran serie con un final que genere debate: algunos lo aman, otros lo detestan, pocos les es indiferente; pero es exótico, exquisito y grandioso cerrar con uno que sorprenda e impresione a todos sus seguidores. Y es eso lo que alcanzó el equipo de realizadores de este dramatizado.

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Es forzado, tal vez detestable, pero sin duda alguna obligatorio, hacer comparaciones. No se puede hablar en términos tan elogiosos sobre un hecho y no situar ese hecho en un contexto que lo explique. Fue, en su época, un gran final, por ejemplo, el de “Seinfeld“. Para su último capítulo, no solo jugaron, engañaron podríamos decir, los creadores con las emociones del espectador produciendo un giro tan inesperado como espectacular; sino que estructuraron una historia que permitió ubicar a todos los personajes secundarios en el último episodio.

Los “cuatro de Nueva York”, denominación dada a Jerry, Kramer, Elaine y George, fueron siempre unos seres profundamente egoístas e indiferentes, quienes además convivían con el fracaso en su vida regularmente. En la última entrega, se hizo creer, con mucha inteligencia, que Jerry y George habrían de alcanzar la gloria. La serie es una ficción basada en la vida real de Jerry Seinfeld. Muchos elementos de su historia personal están exhibidos en la pantalla, entre ellos el de ser un comediante de stand up que le permiten crear una serie para televisión, en co-autoría con su mejor amigo. El capítulo final parece ser esa culminación. La NBC por fin va a realizar el programa, que en la obra televisiva se hace llamar “Jerry”. Lo brillante es que por un giro de los hechos, terminan ellos en un juicio, acusados por todos aquellos a los que les hicieron daño de ser “malos samaritanos”, y con su principal protagonista haciendo su acto; pero desde la prisión.

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La idea, brillante hasta el paroxismo, no funcionó como se esperaba una vez se ejecutó. El capitulo realmente no es uno excelente y recibió, tal vez inmerecidamente, demasiadas críticas. La expectativa por la despedida de “Seinfeld” era enorme. De hecho, el episodio fue visto por ochenta millones de televidentes en los Estados Unidos. Era imposible satisfacer los anhelos de tal público. Pero se celebra el riesgo tomado y la inteligencia con la que diseñaron el episodio.

Otro enorme momento, por la antesala , casi que de iguales características, fue el cierre de “The Sopranos“. Pero donde “Seinfeld” falló, la obra de David Chase se lució. El diseño y la ejecución del último capítulo de la serie, “Made In America“, es brillante. Tanto, que tomó al público desprevenido y, por ende, incapaz de entenderlo en su momento. Fue Internet, y las explicaciones dadas por los usuarios, quienes hicieron comprender a los fieles seguidores que lo que habían presenciado, ese corte a negro tan vilipendiado, no era más que una grandísima obra maestra del séptimo arte: la muerte de Tony Soprano, pero vista desde la perspectiva de Tony Soprano. Un corte a negro es lo que será el fin de nuestra vida y “The Sopranos” lo puso por primera vez en la pantalla. Acostumbrados a ver, en el cine, a la muerte como una luz blanca, desde una perspectiva católica, la sorpresa por el ir a la nada fue algo imposible de descifrar en su momento.

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La icónica presentación del deceso de uno de los personajes favoritos de la televisión fue insuficiente para satisfacer los deseos de los espectadores. La razón, explicada desde la cómoda posición que da el paso del tiempo, es obvia: era muy predecible. Una de las grandes apuestas entre los espectadores sobre cómo acabaría el dramatizado era que sería precisamente un homicidio el destino trágico de Tony. Ovación de pie, absoluta e infinita, para la forma como Chase la organizó; pero el saber de antemano cómo va a acabar una serie es una baza en contra muy complicada de superar.

Dos grandes series, ambas con grandes finales que, en muchos sentidos y con razón, desilusionaron a sus fieles fanáticos. Con “Felina“, de “Breaking Bad“, pasa algo que es más común: un buen capítulo que cumple con darle cierra a una ficción. La historia de Walter White contiene, eso sí, lo que debe ser el episodio más perfecto jamás realizado en la pantalla chica, “Ozymandias”, una entrega que incluso logró el récord de ser calificado con nota perfecta en IMDB. Pero su última presentación, el episodio final, tan solo es un cierre que cumple el requisito. Es un buen capítulo; pero no una gran culminación de lo que debe ser, hasta ahora, la mejor serie de televisión de todos los tiempos.

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Person to Person” es el nombre dado al final de “Mad Men” y, como lo tituló The New Yorker, fue algo “original, resonante y existencialmente brillante”. Una serie se convierte en algo más cuando está poblada de momentos mágicos que dejan marcas indelebles en las audiencias, y, si hacemos un esfuerzo, varios de ellos encontramos en “Mad Men”. Especialmente en la temporada final, ejecutada a la perfección para llegar a una conclusión inesperada e impactante.

En análisis sobre otra serie, acá hecho, se promulgaba la importancia del “diálogo emocional” entre el autor y el espectador a través de su obra. Una manifestación artística, en cualquiera de sus presentaciones (siendo la música tal vez la más fuerte en ese sentido, de ahí que muchos creadores odien los videoclips, puesto consideran que éste aniquila la capacidad de producir sueños en los escuchas) es un proceso de comunicación en donde el autor inicia el contacto, y el espectador debe complementarlo con su interior. Tan rica será la comunicación como profunda sea la obra y complejo el espectador. “Mad Men” en su final, culmina con una exquisita, densa e idílica conexión con aquellos que han disfrutado de todo el seriado.

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En un programa televisivo denominado “Mad Men”, un término dado en los sesenta a las personas que trabajaban en Madison Avenue en Nueva York, es evidente que el lugar de trabajo, la agencia de publicidad, es un espacio de enorme importancia. Don Draper, el inmortal personaje que le dio fama mundial a Jon Hamm, es un ídolo de toda una generación precisamente por lo realizado en su vida profesional. Como padre, esposo, amigo, no hay mucho que admirarle. Su fama y prestigio es ganado por su faceta de ejecutivo de la publicidad.

El mundo de los cincuenta y sesenta en su periodo antes de la revolución cultural (hippies), época tan idealizada por sectores conservadores estadounidenses, es deconstruido en la serie a través de las relaciones que suceden en la oficina, principalmente. La infidelidad, la promiscuidad, el machismo, el sexismo, las traiciones, el tabaquismo y el alcoholismo, son representadas con enorme sutileza en la serie, en las interacciones entre los personajes del lugar de trabajo. “Mad Men” deja en el aire la idea de que los seres humanos siempre hemos sido iguales, lo único que cambia de una época a otra es el nivel de hipocresía que manejamos sobre quiénes somos.

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Es difícil, y contrario a la práctica de este blog, discernir de los postulados de los realizadores. Pero el atrevimiento en esta oportunidad parece necesario y, por ende, permitido. “Mad Men” no tiene un capitulo final, sino tres. La construcción hacia el fin arranca en la penúltima entrega, “Lost Horizon“, cuando Don Draper, después de ser recibido como un Dios moderno en las oficinas de McCann Erickson, abandona una importante reunión de ejecutivos con un prestigioso cliente. Dos razones lo llevaron a tomar tan radical decisión: la poderosa imagen de un avión sobrevolando la ciudad (un anhelo de libertad, tal vez) y el sentirse traicionado al escuchar que los principales directivos de su compañía repetían los halagos a él propinados con otro ejecutivo recién contratado.

Desde ese momento, Draper se inserta en un viaje intimo y personal, tratando de reencontrar sentido a su vida, incluso, recuperar su papel como padre, tanto con su hija Sally (Kiernan Brennan Shipka) como con su “sobrina” Stephanie (Caity Lotz). En alguna forma, trata también de enmendar las cosas con su primera esposa, Betty (January Jones). El fallar en ambos escenarios, le hacen sentir una persona fracasada en la vida. Y es allí, en ese espacio, en ese tiempo de profunda carga dramática, en donde llega el mágico momento de actuación, escritura y dirección, que es el monologo de Leonard (Evan Arnold)

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No es una exageración. Weiner declaró que ese personaje es tal vez el más importante de toda la temporada. Fácil extrapolar las palabras del creador y decir: de toda la serie. En medio de su inserción en el universo de la contracultura, atrapado en un retiro espiritual, Don entabla comunicación con las tres mujeres más importantes de su vida: su hija Sally, su primera esposa Betty y su antigua protegida Peggy Olson (Elisabeth Moss). Las dos primeras denotan una total separación con la antigua figura paterna; y su colega le deja saber que él únicamente importa como ejecutivo de la empresa. Su antiguo rival y luego compañero de trabajo, Ted Chaough (Kevin Rahm) en algún momento le explica a Don: “todo hombre tiene tres mujeres en su vida”. Si esas son las tres de Don, él no tiene a nadie.

La soledad lo destruye y, por eso, es invitado a un encuentro donde los otros asistentes al retiro espiritual logran procesos catárticos a través del habla. Cuando todos esperan que Don hable, una persona que está detrás de él, Leonard, (brillante lo hecho en la serie, puesto que es alguien que no habíamos notado), toma la iniciativa y hace su emotivo discurso de que es él una persona “invisible”. Las palabras del padre y oficinista (igual que Don) llega realmente a millones de ciudadanos quienes, en el capitalismo moderno, dejan de ser personas para convertirse en proveedores: de dinero para su familia, de un trabajo para su empresa, de recursos como consumidor para la sociedad. Llegan también a Don, quien antes de ese momento, parecía un ser perdido en su interior, absolutamente indiferente a lo que sucede a su alrededor.

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Y es precisamente una frase, “It’s like no one cares that I am gone” “Es como que ha nadie le importa el que me haya ido”, la que roba la atención del personaje principal (y crea suspiros en las audiencias por la elegancia del plano creado para capturar ese momento). Don abraza a Leonard en un emotivo momento y, parece, la serie ha entrado a su momento concluyente. Tal y como sucedió con “Seinfeld”, la narrativa se dirige hacía lo que parece un clásico final feliz: Roger Sterling (John Slattery) parece encontrar el amor y por lo tanto decide casarse; Pete Campbell (Vincent Kartheiser) recupera su familia y gana, en otra compañía, el respeto que siempre anheló; Peggy Olson, una treintañera solterona descubre un mutuo enamoramiento con un colega de trabajo; y Joan Holloway (Christina Hendricks), logra su tan anhelada independencia al fundar su propia empresa con una socia. Don, por su parte, parece haber encontrado la felicidad alejado de la publicidad y viviendo una vida más espiritual.

“Mad Men”, en todo sentido una serie valiente, encantada con la sociedad moderna capitalista, impregnada del estilo de vida americano, parecía concluir con una cursilería digna de una producción mexicana, en donde los valores están por encima del dinero. No hay nada malo en esa línea de pensamiento, ojalá el mundo fuera así; es sólo que no combinaba con lo presentado, con el mundo exhibido, con los personajes desarrollados. Pero esta obra es la creación de uno de los escritores de “The Sopranos”, esa majestuosidad que se clausuró con un final tan poderoso que llevó años comprenderlo. Se repetiría acá el fenómeno, pero esta vez fue mucho más fácil de entender.

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Nadie, absolutamente nadie quería ver a Don retirado de la publicidad. Era su mundo y, con todas las criticas que a ese mundo se le puede hacer (y la serie las hizo), fue en ese ambiente, con todas sus contradicciones, donde llegamos a amarlo, admirarlo, odiarlo y alejarnos de él. El deseo absoluto era verlo entrando de nuevo a las oficinas de McCann y tomar las riendas de Coca-Cola, algo que Peggy le pide que haga en la última llamada entre los dos. Y lo hace, solo que no es presentado en la pantalla sino forzado a crear en la mente de los espectadores, con ese corte abrupto insertado después de ver a Don sonriendo en medio de una meditación con campanas, dándole paso al comercial de Coca Cola conocido como de Hilltop. Esa elipsis, es uno de los momentos cinematográficos más grandes de la historia, y se puede dar por superada la hecha por Stanley Kubrick en “2001: A Space Odyssey

El final de “Mad Men” es grandioso porque es el que cada uno se realice en la mente. Podría llegarse a pensar que Don escribió el anuncio con Peggy y Stan (Jay R. Ferguson) que contrataron a Joan para el equipo de producción, y que fue filmado en Italia porque su ex esposa (Betty, fallecida por cáncer de pulmón, seguramente producido por su adicción al cigarrillo, ese producto estrella de la agencia de Don Draper y al que él le dio un impulso fantástico con su “It’s Toasted”), amaba a Italia, por lo que después de completar el trabajo, Don se paró en la cima de la colina y esparció sus cenizas. En lo que va de Don junto a un acantilado a la emisión del anuncio de Coca Cola, pasan dos años. El corte es una elipsis inmensa, y lo que sucede en ella debe ser creado por el espectador a su gusto. Casi que imposible encontrar un mejor diálogo emocional entre creador y audiencia.

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Pero hay otro elemento, más sutil y menos debatido, que hace del final una cima artística. Y es, en palabras de David Fincher (otro genio de la publicidad), que como espectadores debimos haberlo previsto. Lo mencionamos acá en otro artículo, cuando hablábamos de “The Sixth Sense“: lo grande de ese final no es descubrir que el personaje de Bruce Willis estuviera muerto, sino que no nos hubiéramos dado cuenta. “Mad Men” nos dio todas las pistas habidas y por haber para haber previsto el final, por lo que la sorpresa es fantástica y poderosa porque aún así, con todo, no lo hicimos.

La serie, con anterioridad, ha jugado con la idea de que grandes hitos publicitarios fueron producidos por Don Draper (“It’s Toasted” es el primero de ellos); en la reunión con McCann se le asigna a él la cuenta de Coca-Cola y, tercero, el lugar en donde Don pasa sus últimos momentos es una escenario fácilmente identificable como el de inspiración del comercial. Conocedores de que es precisamente esa agencia la que realiza el famoso comercial, el juego que se da en la última temporada es alucinante: Don parece perdido, encuentra su espacio en el mundo de la contracultura y, la verdad, es que esta preparándose para realizar lo que el creador de la serie denomina “el mejor comercial jamás realizado”.

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Para muchos de los seguidores, el final no fue más que un gran comercial de Coca-Cola. Una jugada maestra de la compañía. Pero hay que decirlo, y estar de acuerdo con Weiner, que a veces la publicidad puede ser una gran obra de arte. Para el creador de la serie era una manera brillante terminar pasando precisamente ese anuncio, porque él recuerda lo impactante que fue en su época: por lo multicultural del mismo (una cosa no menor en los años setenta), pero también por el enorme impacto producido en su generación. En cientos de sitios relacionados con la serie, se lee comentarios de personas con memorias llenas de añoranza por los días en que se transmitía precisamente esa producción publicitaria, lo que dice todo sobre ella.

Tal vez “Mad Men” no fue más que eso, un gran comercial; pero si años después, se añora el mismo como sucedió con el anuncio de Coca-Cola, será otra muestra de que el arte puede hallarse en la promoción de un producto.

 

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