“Wild Wild Country”, Un Choque De Civilizaciones.

Existe una necesidad del ser humano por saber qué acontece en el mundo que lo rodea. Yuval Noah Harari hizo de la afirmación pasada una tesis explosiva y maravillosa presentada en forma de libro titulado “De animales a dioses”, de la que podemos desprender que la información, incluso en forma de chisme, fue vital para nuestro proceso evolutivo. Desde siempre, básicamente, para el hombre el saber ha sido poder.

En ese marco, la serie documental pareciera estar convirtiéndose en el formato de nuestra era. Es como si la sumatoria de una constante y creciente desconfianza en los medios de comunicación (parciales de manera descarada) y las nuevas tecnologías de transmisión, hubieran encontrado en este tipo de programas la forma de llenar un vacío de nuestro tiempo (las noticias de calidad) paradójicamente llamado el de la información.

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En un texto pasado se postuló la importancia del séptimo arte como un quinto poder que ha venido ocupando el espacio de falta de medios de comunicación confiables en la sociedad moderna. “Wild Wild Country“, la última entrega de NETFLIX en esa área, es una perfecta muestra de esa hipótesis. No sólo porque la cadena de retransmisión ha encontrado la manera de hacer llegar la información a los ciudadanos en una forma amena y agradable; sino porque ha venido a demostrar la inmensa importancia de un elemento muy notorio en nuestra prensa moderna: la investigación.

Hace unos años, un debate fascinante sobre la dificultad de hacer este tipo de trabajo tuvo lugar en los Estados Unidos. “Mother Jones”, un medio independiente, hizo una pieza periodística maravillosa sobre el sistema carcelario de su país, digna de todo tipo de elogios por parte de varias prominentes estrellas de esa profesión. Trágicamente, el texto fue una tremenda pérdida financiera para la empresa. El costo de hacer un material de ese tipo, con el tiempo requerido para investigar, redactar, verificar, corregir, era demasiado alto en comparación con los ingresos obtenidos por las visitas obtenidas en Internet. No era un problema de haber alcanzado una audiencia masiva, de hecho el artículo fue leído por un número récord de personas, sino de los escasos ingresos generados por el modelo de negocio de los medios escritos en Internet.

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En los primeros días en que se veía venir la avalancha que habría de ser Internet para los medios de comunicación escritos, Ignacio Ramonet, por aquellos momentos director mundial de Le Monde Diplomatique (LMD), estipuló que a futuro, la forma de sobrevivir ese tsunami que ya golpeaba a toda la industria, era con contenidos que realmente informaran a sus ciudadanos. Mientras todos sus competidores buscaban como ahorrar costos (menos personal calificado y dar noticias cortas sin ningún análisis o contexto), Ramonet proponía que LMD fuera en la dirección contraria: mantuviera su integridad, creando notas profundas que explicaran a cabalidad los hechos presentados en sus páginas. El tiempo le ha dado a él la razón: LMD no sólo ha incrementado su número de suscriptores, sino que fue pionero en hacer rondas de donaciones, exitosas en su caso, logrando no depender de terceros (empresas anunciantes) para su supervivencia e integridad.

NETFLIX, y lo demuestra con “Wild Wild Country”, hace exactamente lo mismo con sus series documentales: investigar, profundizar, informar a cabalidad sobre un hecho a sus suscriptores, pero a través del formato audiovisual. Y el ejercicio ha sido un éxito descomunal. Pero uno de los elementos más importantes, más valiosos se podría atrever a decir cualquiera, de presentar una información con esas características, es la posibilidad de hacer lecturas adicionales a lo visto. Y es que en la obra de la cadena de Internet hay una interpretación complementaria imposible de no ver por cualquiera con un pequeño grado de conocimiento profundo sobre la política exterior de los Estados Unidos, caracterizada históricamente por sus invasiones a países a los que quiere moldear a su imagen, semejanza y necesidades.

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El programa televisivo narra el inmenso conflicto habido en los años ochenta entre los habitantes de Antelope, en el estado Oregon en los Estados Unidos, y los fundadores de una nueva ciudad en un desierto aledaño a ellos, Rajnishpuram, creada por los seguidores del gurú de origen indio Bhagwan Shri Rajnísh, en tiempos modernos conocido como Osho, en la que habrían de habitar sus fieles afines a sus creencias.

El documental plasma detalladamente lo vivido en aquellos tumultuosos años, cuidando en cada momento explayar ambas posiciones sobre los hechos, propiciando con ese ejercicio una cabal comprensión por parte del espectador frente a lo sufrido por los nativos del lugar y los recién llegados a esa tierra. La investigación de archivo es alucinante, al igual que la calidad y profundidad de las entrevistas realizadas a los principales protagonistas de esa época que aún hoy están con vida. Más llamativo, tal vez, el esfuerzo realizado en la puesta cinematográfica de notoria presencia en muchos momentos.

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Y es claro, deja en evidencia el producto audiovisual, el odio visceral que entre ambas partes maduró durante toda la experiencia de convivencia. El choque cultural entre las dos formas de vidas, en muchos sentidos diametralmente opuestas, confluyó a un enfrentamiento que, en algunos episodios, enalteció los ánimos hasta el paroxismo, creándose de ambos lados amenazas reales que alteraban de forma pasmosa la vida de los ciudadanos. Pero he allí una historia que se ha vivido en cientos de lugares alrededor del mundo en tiempos modernos, producto de las invasiones de los Estados Unidos con su descomunal aparato militar, y con el objetivo enfermizo de hacer del mundo uno subyugado a sus necesidades.

Osama Ben Laden, por citar un ejemplo, se desprendió de la familia real Saudí por la monarquía haber permitido el uso de su suelo sagrado como punto de avanzada para lucha de las tropas norteamericanas, en el proceso de freno a las pretensiones imperialistas de Irak en Kuwait a principios de la década de los noventa. A principios del milenio, Ben Laden como jefe de los los talibanes de Afganistán, ya impuestos ellos en el poder, destruyó los budas de Bamiyán, estatuas milenarias que datan de los tiempos en que era el país un centro de la civilización budista, acción realizada con el objetivo de evitar la adoración de ídolos falsos. Para los habitantes de Antelope, en Oregon, el objetivo de su airada reacción en contra no era otro que el mismo del grupo religioso islámico: destruir de su tierra todo rezago de una ideología alejada de la suya propia.

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De los talibanes, que en los años ochenta se ganaron el apoyo de los Estados Unidos en su lucha contra el imperio soviético que los invadía (hasta una película de Rambo trata sobre eso), dijo alguna vez un eminente profesor, “hicieron exactamente lo mismo que los españoles con América Latina en la época de la colonización”. Lo que hubo, no fue un descubrimiento, sino por el contrario un encubrimiento: la desaparición de una civilización con tal de imponer los valores de otra.

Todos los seguidores de Bhagwan aseguran tener un mejor estilo de vida, una cultura más evolucionada e, incluso, un mejor disfrute del sexo que su contraparte, lo que debería haber llevado a los ciudadanos occidentales a unirse a sus nuevos visitantes. Mismo discurso este del de cualquier potencia invasora. Sus hostiles vecinos los acusaban de ser una especie de secta del diablo, la que les producía una indignación tan enorme que estaban dispuestos a asesinar a sus miembros, en especial a su poderosa portavoz Ma Anand Sheela, autora material de la invasión a “su tierra” por parte de los seguidores de Osho.

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No deja de ser ese concepto, “su tierra”, uno interesante. En un video que en Internet se hizo viral, se veía a un grupo de extremistas blancos interrumpir una marcha gritando arengas ofensivas a los mexicanos, a quienes acusaban de haber invadido su tierra. Un solitario indio les replicó que antes que ellos, los blancos, estaban los indios, a quienes ellos expulsaron por medio de la violencia, arrasando con toda su civilización. Los blancos de Antelope, al igual que los blancos del video, y que los blancos de todo Estados Unidos, olvidan de manera constante ese pequeño detalle de su historia, hecho que los hace ver como unos grandísimos hipócritas.

En “Choque de Civilizaciones”, el afamado libro de Samuel Huntington, una frase maravillosa por su sencillez y poder se encuentra, la que queda en la memoria por mucho tiempo después de haber sido leída. En términos del autor de Harvard, “Occidente no conquistó el mundo sólo por la fuerzas de sus ideas, sino también por el de sus armas”. Durante gran parte del documental se deja ver a todo el aparato gubernamental de los Estados Unidos tratando de destruir la existencia de este grupo, al que no le perdonaban convivieran con ideas diferentes a las suyas. En el momento más álgido de los enfrentamientos entre ambos bandos, se ve una Sheela convertida en jefe política de un país asediado por un ente extranjero que quiere destruir su mundo, armando a los habitantes de su ciudad como si de un grupo militar se tratara.

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La violencia genera violencia, es una máxima común que parece encontrar sustento en la producción de NETFLIX. No era, en ningún momento, el pueblo de Rajnishpuram uno interesado en destruir la cultura de sus vecinos. Querían convertirlos en seguidores de sus creencias e ideales; más nunca hubo un intento marcado por evangelizar, actividad común en religiones más tradicionales y legitimas de nuestra sociedad. Dentro de ese cuadro de pensamiento, ¿no se podría considerar el afán de Estados Unidos por transformar a pueblos de todo el mundo en unos organizados en democracias al modo de occidente, en una evangelización?

Cuando la potencia occidental invade Irak, Afganistán, Libia y Siria, ¿no busca modificar la cultura de esas naciones? Si la respuesta es afirmativa, ¿por qué llamar terroristas a aquellos que se alzan en armas contra la potencia militar agresora? El pueblo de Antelope en Oregon muestra cómo la llegada de unos extranjeros, que se visten diferente a ellos, que organizan sus actividades lúdicas de forma muy alejada de como lo hacen ellos, que dirigen su fe de manera casi opuesta a la suya, no es otra cosa que una amenaza directa a su forma de vida, la que responden con violencia, obligando a los “invasores” a actuar de la misma manera.

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La tesis del académicos de Harvard anteriormente citado, es que el mundo, una vez finalizada la guerra fría, se enfrascaría en conflictos entre civilizaciones, chocando entre ellas por las diferencias generadas en la forma en que las culturas encuentran modos distintos de desarrollar su vida en sociedad. Para muchos, el ataque a las Torres Gemelas el once de septiembre de 2001 fue, sin lugar a equívocos, la muestra de que esa hipótesis había pasado a ser una teoría, dado que el mundo islámico detestaba al occidental. No obstante, más impactante y poderosa es la experiencia de convivencia en un mismo espacio entre los ciudadanos del Rajnishpuram y Antelope, demostrando con eso que no siempre el mundo católico, democrático y capitalista, es uno pacífico y respetuoso de los derechos humanos de los otros.

Felizmente, no hay razón para creer estaremos inmersos en una ingente aparición de conflictos armados por la evolución de diferentes procesos culturales entre distintos conglomerados humanos. El afamado filosofo alemán Jürgen Habermas, al ser interrogado sobre los ataques a los emblemáticos edificios de Nueva York, produjo una respuesta de vital importancia para el futuro de la humanidad, la que a hoy debería ser considerada un postulado de obligatoria aplicación. Según él, la razón de ese acto abominable, no era más que la falta de comunicación entre la sociedad occidental y la sociedad islámica. Cuando se corta la comunicación, se acaba la comprensión y se abre espacio a la satanización de los diferentes a nosotros.

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Recae de nuevo una gran responsabilidad sobre los medios de comunicación masivos, encargados de manejar un tema tan sensible e importante para la vida en sociedad como lo es la información. En magnifica conversación entre Rafael Correa y Pablo Iglesias, para el programa “Conversando con Correa”, se profundizaba en la dificultad habida en la actualidad para encontrar un modelo de negocio que permitiera en nuestra época unas noticias con característica de veraz para los ciudadanos. Decíamos, en este mismo espacio, que las razones de la guerra estaban sustentadas, muchas veces, en falacias sobre enemigos inventados, promovidos por intereses egoístas con afanes individuales, muchas veces de lucro. Algo o mucho de eso se muestra en “Wild Wild Country”: una comunidad pacífica, promotora del amor libre y la paz; es mostrada como una secta violenta a la que hay que destruir a toda cabalidad.

Dudo que los ciudadanos de Antelope quisieran ser miembros del culto seguidor a Osho, en alguna circunstancia; pero es indudable que nunca se dieron la oportunidad de conocerlos, de preguntarles por sus prácticas, de tratar de entenderlos. Lo mismo podemos decir de los sannyasa (discípulos de Osho) quienes no fueron capaces en algún momento de comunicarse con los habitantes de esas tierras. Siendo una ciudad organizada hasta con un alcalde, una persona al mando de las relaciones públicas hubiera evitado demasiados problemas.

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Es, indudablemente, “Wild Wild Country” un maravilloso trabajo cinematográfico, una investigación periodística profunda y un muy entretenido programa de televisión. Una serie de calidad, según concepto del medio cultural español Jotdown, con el que hace referencia a esos programas hechos para la pantalla chica que tienen todos los elementos de una gran obra audiovisual. El contenido político de la trama es menor, puesto que la historia, desarrollada por su realizadores como un narración equilibrada de los hechos ocurridos en esa época, termina siendo un trabajo más periodístico que cualquier otra cosa. Pero es indudable que una lectura adicional como la acá explayada, y muchas otras más, permite hacerse de lo presentado. Es esa, tal vez, la mejor forma de halagar a una obra, lo que ha sido la intención de este texto todo el tiempo.

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