“Wall E”, Animando Las Emociones Humanas.

“Y todo lo que he aprendido en mi vida sobre narrativa cinematográfica, logre juntarlo aquí”. Esta frase, traída a este texto desde la memoria (por lo que seguramente no es totalmente exacta), fue pronunciada en medio de la charla dada por Andrew Stanton en TED, siendo ella la antesala a un apagón general del recinto, realizado éste para crear el escenario ideal para la proyección de un vídeo con una escena de “WALL E“. Y es fácil dar como válido lo postulado por el cineasta: la obra del estudio de la lamparilla es una historia perfecta.

Tal vez, si la producción del robot inspirado en Charles Chaplin y Buster Keaton no se hubiera estrenado en paralelo a ese fenómeno inmenso que fue “The Dark Knight“, “Wall E” podría haber sido la película más importante de ese año. Ciertamente, no se menciona esto por las animaciones logradas, unas de un nivel verdaderamente espectacular; sino porque es una de esas piezas audiovisuales que salen muy de vez en cuando, capaz de cautivar a cualquiera que tenga la oportunidad de disfrutarla, así como haciendo su importante aporte a la industria del cine y, esto resalta, a la humanidad misma. Una trifecta perfecta.

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Es válido, desde muchas perspectivas, considerar a la animación como un mero entretenimiento y no como elemento partícipe del séptimo arte. Es fácil caer en esa tentación de insuflarse con aires de superioridad sobre el género. Pero incluso para el más purista del séptimo arte, el ver el filme del muñequito recoge basura sería una epifanía tal, que le haría notar en la anterior sentencia nada más que un sofisma. Primero, el poder y la calidad de la animación ha logrado elevarse hasta alcanzar el estatus de ser otro medio que, junto al celuloide y al digital, permiten la creación de experiencias cinematográficas tan emocionantes como cualquiera de sus predecesores. Disney -Pixar habían construido filmes con una marca muy propia y una historia muy inteligente, pero sin dejar de ser toda su puesta en escena un mero entretenimiento para niños y adultos. Era rescatable, eso sí, el que en cada una de ellas se notara el valioso esfuerzo hecho por conseguir grandes escritores, cuya conclusión nada sorpresiva era el plasmar en la pantalla fantásticas historias, todas ellas bellamente elaboradas y perfectamente estructuradas. Y queda corta en halagos la frase.

Parece acertado acreditarle el éxito de Pixar a la gran inversión hecha en la contratación de un muy sofisticado personal, el que producto de la mercadotecnia de nuestra era, sin duda alguna y de manera triste, pasa desapercibido para el público masivo, especialmente los niños. Sin importar esa injusticia, hacen ellos un trabajo alucinante. En el realizado para dar la voz de Wall E, por ejemplo, la que escuchamos con la emisión de sonidos y no palabras, impacta a cualquiera la capacidad habida para transmitir todos y cada uno de los sentimientos del robot. El hombre detrás de tal hazaña no es otro diferente a Ben Burtt, quien había hecho el revolucionario diseño de sonido de “Star Wars“, y quien había jurado no volver a realizar ninguna producción con un robot, hasta que leyó este guion. Guion que estuvo a cargo de un antiguo director de la serieThe Simpsons“, Jim Reardon, co-autor del material junto a Andrew Stanton. Por supuesto, es bien conocida la anécdota que la idea del filme vino de un famoso almuerzo en las oficinas de PIXAR en 1994, en el que tres de sus grandes hombres,  John Lasseter, Pete Docter y Joe Ranft, desataron una lluvia de ideas sobre futuras obras, las que más adelantes conoceríamos como “A Bugs Life” y “Finding Nemo“, dirigida ésta última por Stanton. Con esa base de equipo humano, se logró hacer un trabajo que impresiona por su calidad y belleza, así como por la fuerza habida en el sutil mensaje enviado a niños y adultos.

 

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Los realizadores declararon haberse visto todos los filmes de Chaplin y Keaton, buscando inspiración para su muñeco estelar. Y se logró con creces. El que en los primeros treinta minutos de la película no haya un sólo diálogo parece una equivocación para una producción dirigida a un público que va a las salas de cine hoy, acostumbrados a trabajos de directores que usan los diálogos, la voz en off y cuanto otro elemento encuentren, buscando con esto disimular su limitada narrativa visual. Sin embargo, la primera media hora sorprendería al mismo Alfred Hitchcock o cualquier estrella de la época del cine mudo, de igual manera que sorprendió a toda la audiencia. “WALL E” es un maravilloso universo sonoro creado de elementos mundanos imposibles de descifrar su origen: el sonido de los insectos se hizo cerrando esposas de policía, los chirridos de las cucarachas eran de mapaches corriendo, el del viento se consiguió arrastrando una bolsa por la alfombra… En ese acto, mudo más no silencioso, es en el que se alcanza a conocer a Wall E: su soledad, su inocencia, su curiosidad, así como su encantamiento con la clase de vida que los humanos tenían antes de destruir el mundo que hoy dan por seguro. Los niños, y nosotros también hay que admitirlo, nos encariñamos con él gracias a las constantes payasadas que realiza, así como con el sonido de su tierna voz, la que sumada a la perfecta animación de los gestos y movimientos, logran transmitirnos lo sentido a su interior. Ver a Wall E, para hacer esto compresible a muchos, es como ver jugar a los gatitos caseros.

La única compañía que tiene el robot es una cucaracha, con la que comparte su solitario trabajo de recoger la basura que los humanos han desechado. Entre Wall E y el insecto hay una relación de respeto y cordialidad, pudiendo plasmar una metáfora bastante critica sobre la opuesta manera en que todos los animales son tratados por nosotros hoy en día. En el momento en que Wall E cree haber asesinado a la cucaracha, un suspiro profundo se escucha en cualquier sala donde se está proyectando, demostrando que lo único que le falta al humano en demasía, es la capacidad de empatía. El que uno de los animales más odiados por esta especie genere tanto cariño en ella, es una muestra de lo mucho que tenemos por cambiar, y de lo brillante de esta película.

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Con la llegada de Eve a la tierra, el corazón de Wall E pasa a tener una nueva dueña. Y es allí donde se haya uno de los elementos más encantadores de esta película, que no es otra cosa que la construcción de una fábula muy moderna, en donde ahora no le damos capacidades humanas a los animales, cómo se hacía antes, sino a los robots. Eve es, desde una perspectiva personal, un muñequito idéntico al hombrecito de Windows Messenger (no me importa lo que se diga con respecto a Apple en ese sentido), por lo que todos nos identificamos y fascinamos con él, o ella en este caso. Eve, destruyendo la opinión anterior, porque todo hay que decirlo, fue diseñada con la ayuda de Jonathan Ive, Senior Vice President of Industrial Design de la compañía de la manzana mordida.

Stanton declaró que “WALL E” en realidad es un filme sobre cómo el amor irracional es capaz de superar absolutamente todo, incluido en este caso la programación por computadora. Y es que entre ambos, Wall E y Eve, comienza una historia de amor apasionada, en donde él hace todo lo posible para atraer su atención, lo que parece ser inalcanzable para el pequeño héroe. Eve es distante, fría, casi que antipática, quien a pesar del tratamiento que de ella recibe, no desiste en su afán de conquistarla. En un momento determinado, la robot se encierra en sí misma, ignorando completamente a su compañero, a lo que él responde cuidándola, consintiéndola, preocupándose por ella, en lo que sin duda llega a ser una de las secuencias más lindas de todo el largometraje. Y una que deja una pregunta fascinante hasta el paroxismo: hoy, los avances tecnológicos han venido demostrando la posibilidad de crear inteligencia en los robots; pero, ¿será posible que de ellos nazcan sentimientos como el amor? ¿Los hará eso poseedores de un alma?

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La historia toma un viraje con la llegada de la nave espacial que recoge a Eve, llevándola hacia alguna galaxia lejana, donde los humanos, en su máximo nivel sedentario, están dando un paseo por el universo. Por cosas del destino, Eve logra ver el amor que Wall E por ella siente, cautivándose profundamente con su bello accionar, rompiendo la barrera que entre los dos ella había impuesto. Las mujeres, sin importar en qué estado se encuentren (orgánico o mecánico, según la terminología de “A.I.” de Steven Spielberg), quieren alguien que las sepa amar. En el espacio no sólo la historia tiene un importante giro, sino que también el ritmo cinematográfico se acelera, convirtiéndose de manera increíble y de repente en una película de acción y aventuras en el sentido clásico, en donde los dos robots deben luchar por su supervivencia y el regreso al planeta tierra.

Esa mezcla de género está tan bien medida y presentada, que es casi imposible darse cuenta que se pasa de uno a otro de manera veloz. Y ese cuidado en la historia proviene de un notorio esfuerzo en el proceso de realización. “WALL E” tiene 125.000 viñetas (storyboards), mientras que, en promedio, una obra de PIXAR tiene alrededor de 75.000. Uno de ellos, por supuesto, es el famoso plano falso de “Hello, Dolly“, que pasó desapercibido para la gran mayoría del público. El filme de 1969, que se proyecta en la película después de que el robot limpiador encuentra una cinta en la basura, fue una inspiración para Stanton porque, como él mismo sustenta: “los personajes del “Hello, Dolly” son dos chicos muy inocentes, que nunca han salido de su pequeña ciudad y lo único que quieren es ir a la gran capital a conseguir una chica.” Para él, la conexión del filme clásico con su personaje era directa. No obstante, el plano que fusionaría las dos historias de manera mágica, no existe en la obra del siglo pasado. Sin importarle esto para nada, Stanton falseó un apretón de manos y lo filmó como si se éste se hubiera presentado en la película original, creando magia al comparar los dos momentos de las dos producciones. Bien dijo alguna vez el gran David Fincher, “no dejes que la verdad se interponga en el camino de una buena historia”. Y esta era insuperable.

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Durante todo este tiempo, mientras se leen estas líneas, es fácil olvidar que se está hablando de maquinas y no de seres humanos. Pero pasa esto como consecuencia del nivel de animación alcanzado en película, llegando a ser uno tan alto, que se podría clasificar a lo visto en la pantalla como actuaciones y no meros dibujos moviéndose y teniendo gestos de humanos. La preparación de las escenas son tan cuidadosas y bien llevadas a la pantalla, que por momentos parecen acciones reales. De hecho, los realizadores de “WALL E” le solicitaron a Roger Deakins (director de fotografía conocido por sus trabajos con los Coen) que les hiciera una idea muy clara de cómo habría iluminado él algunas escenas, para ellos utilizar su conocimiento y realizar las animaciones según sus indicaciones. Igualmente, los realizadores usaron una cámara Panavision de los años setenta, muy similar a la escogida por George Lucas para su gran saga, buscando con esto animar el filme acercándose lo máximo posible a la realidad dada por el celuloide. Se rompieron, en esta obra, las barreras de los formatos.

Y toda esa magia, se compagina a la perfección con nuestra época, una dominada por la amenaza latente conocida como la del “antropoceno” o del cambio climático. El impacto del ser humano, y la economía capitalista en especial, es tal, que la contaminación está acabando nuestro medio de vida.  “WALL E”, difícil no verlo así, es una película con un fuerte mensaje de protección al medio ambiente. James Cameron, en la etapa de promoción de “Avatar“, recordaba con Charlie Rose la poderosa frase de Samuel Goldwyn, al parecer mal atribuida a él, quien en una discusión con Frank Capra sobre el significado de su película le dijo: “si quieres enviar un mensaje, prueba Wester Union”. “WALL E”, rompiendo por completo esa regla, sí tiene un mensaje, y es uno que, maravillosamente, se mueve de manera sutil a medida que avanza la historia. Una majestuosidad que se tuvo en cuenta en los Oscars, otorgándole a la obra una nominación en esa área, la que acompañó a las otra cinco que tuvo.

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Por su magistral escena de cine mudo, por su mensaje ambientalista, por su historia de amor, por su capacidad de romper las reglas y hacerlo de manera casi perfecta, “WALL E” es una de las experiencias más lindas que se han tenido en una sala de cine en los últimos años, alcanzado un nivel tecnológico realmente exquisito, ofreciéndole a la animación el tan merecido estatus de formato de cine por el que luchaba, haciéndolo tan importante y valioso como los otros dos. Porque no importa ya en qué medio se haga, sino que se transmita. Y Wall E y Eve son dos seres cautivadores, que nos llenan de emociones durante todo un metraje, permitiéndonos identificarnos con ellos a un nivel profundo. De nuevo, hablamos de dos robots animados, no de personas.

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Un comentario en ““Wall E”, Animando Las Emociones Humanas.

  1. […] “Wall E” me enseñó que una película puede tenerlo todo. La película de Andrew Stanton es un paseo por los géneros y la historia cinematográfica: después de empezar como un clásico mudo digno de Buster Keaton y Charlie Chaplin, se transforma en una historia de amor no correspondido, para después convertirse en toda una odisea espacial, luego en un clásico de acción y aventuras al más alto nivel y, por último, una de superación personal. En breve: una obra maestra máxima del cine mundial. […]

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