“Born In China”, Muchísimo Más Que Un Documental.

En un bello meme de Internet que Disney debió haber usado como estrategia de campaña para su último documental, se leía la siguiente e hipotética conversación:

  • ¿Por qué debes ver “Born In China“?
  • Porque hay bebés pandas, A VER…

Y sí, obvio, tiene razón quien sea que haya escrito eso. Porque es claro que el animal favorito del planeta tiene una presencia hipnótica y capaz de crear las más sinceras expresiones de ternura en todo aquel que vea la última producción de la casa del ratón Mickey, siendo este pedacito del filme suficiente para justificar la tormentosa experiencia que se ha convertido el visitar una sala de cine.

Pero “Born In China” es mucho más que la presentación de bellos animales en un paradisiaco paisaje: es un documental con una capacidad narrativa inmensa, producto de un nivel de producción cinematográfica increíble, a la vez que un producto político de una potencia en claro ascenso hacía la punta de la pirámide en las relaciones internacionales.

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Es innegable la alucinante evolución que ha tenido la tecnología digital en la captura de imágenes en movimiento en las últimas décadas. En breve, la cámaras de cine hoy tienen unas capacidades que hasta hace muy poco tiempo parecían sueños inalcanzables para los cineastas. Al parecer, Chuan Lu, afamado realizador asiático director de “Born In China”, le exigió a Disney contar con lo último y más moderno ofrecido en el mercado para producir una película, con tal de llevar a cabo su último documental.

Al parecer, también, el estudio estadounidense accedió a las demandas del artista, porque el filme presentado en salas de cine a nivel mundial en el Día de La Tierra, es una sumatoria de maravillosas e impactantes imágenes, de exóticos animales en inexplorados territorios, capaz de asombrar a la más apáticas de las personas en estos temas. Bien dice el trailer de promoción de la cinta que es “esta la producción más ambiciosa” realizada hasta la fecha por Disney Nature, palabras mayores porque, además de ser ciertas, provienen de la misma casa realizadora que tiene entre sus créditos esa joya imperecedera del documental titulada “Earth“.

Pero esa captura de íntimos momentos de especies fascinantes está al servicio de algo más que la mera exposición y presentación de ellos, está al servicio de lo que todo gran cineasta sabe es la base de una buena película: una historia. Tal y como sucedió en el documental predecesor citado antes, en “Born In China” se sigue durante un año a tres familias de animales de visionado infrecuente por la mayoría de los ciudadanos: unos leopardos de las nieves, un grupo de langures chatos dorados y las estrellas de la función, una osa panda y su pequeño bebé.

El nivel de intimidad que se alcanza en la narración de la película es alucinante. Toda familia o persona con una mascota en la casa sabe, al poco tiempo de convivir con ellas, que sus animales dejan de ser posesiones para convertirse en miembros por derecho propio. Y, el cambio en el estatus dentro de la jerarquía en el hogar (la mayoría de las veces se refieren a ellos como “los reyes de la casa”, “la princesa”) proviene de que poseen ellos, además de una ternura y amor incondicional, una clara y marcada personalidad. Son seres que conocemos, que comprendemos y por los que nos preocupamos a profundidad.

Ese grado de conexión tan estrecho es el que se alcanza en el filme, y es una experiencia realmente impactante. En términos generales, los documentales de la naturaleza son piezas para exhibir un mundo que no está a nuestro alcance. “Born To China” es una experiencia más cercana a haber convivido con esos bellos especímenes por un momento en su hábitat natural. Decía el creador de algo inolvidable llamado “Wall E” en su recomendable charla en TED, Andrew Stanton, que la gracia de toda gran historia, de toda gran pieza de cine, es que al espectador se preocupe por lo que sucede con las vidas plasmadas en la pantalla.

En esta pieza audiovisual se sufre, se goza, se ríe y se llora, a niveles dramáticos, con las vivencias de los animales que se presentan ante nosotros, puesto que en algún momento llegamos a sentir que los conocemos de manera intima. No se es un espectador privilegiado, sino que se siente como si fuera uno un visitante de este mágico mundo. Las jugarretas del osito Mei Mei, los cuidados de su mamá Ya Ya, las travesuras y problemas familiares del mono Tao Tao, así como la entrega de la felina Dawa, con su imborrable desenlace, son momentos llenos de una carga emocional que perdura con el espectador mucho después de haber visto la película. En medio de todo eso, y para la historia del cine, el rescate que Tao Tao hace de su hermana en una secuencia de acción que envidiaría el mismo Jean Claude Van Damme.

Pero es imposible no ver el documental como parte de un proceso político, reconocido en el mundo como la “Diplomacia del Panda”, el que se basa en la exportación de estos bellos ejemplares, como regalos diplomáticos de la potencia China a sus aliados en el mundo, una práctica que ha generado profundas críticas por parte de grupos de defensa de los animales. Es cierto, los animales que el gobierno Chino cede a sus pares deben ser cuidados como si de reyes se trataran, pero bien dice el adagio popular que una “jaula no deja de ser jaula por ser de oro”.

En un profundo reportaje que sobre el especial se hizo en Al Jazeera, la cadena que en Estados Unidos pertenece al ex vicepresidente Al Gore, se presentaba la postura de un luchador por la libertad del panda quien exigía al gobierno chino que en vez de mandar a los animales a otros países como si de commodities se trataran, se protegiera las grandes reservas forestales de su territorio, para que ellos pudieran vivir allí en paz y tranquilidad. Y es que la excusa dada por el gobierno para el envío de estos bellos ejemplares es su protección, lo que claramente se logra con esa acción, la que tiene un lado doloroso, como el que mencionado líneas atrás.

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Pero es también evidente que hace parte, la Diplomacia del Panda, de la política del Partido Comunista Chino por ganar “soft power” a nivel global, ese concepto que el académico Joseph Nye popularizó con su artículo de Foreign Affairs en los años noventa. Según él, las potencias globales tienen dos tipos de poderes que les permite influir en los asuntos internacionales: uno, el hard power, el que hace referencia a la capacidad de amenazar a otros para que obedezcan o sufran sus consecuencias, que se sustenta en las fuerzas armadas y el poderío económico; y el soft power, que nace de la capacidad de influenciar a otros a obedecer sus postulados, producto de su legitimidad como faro a seguir por otras sociedades.

Si recordamos la famosa frase de Obama, en la que dijo que el “entretenimiento es parte de la diplomacia de los Estados Unidos”, es un cambio profundo ver que con “Born In China”, los orientales se tomaron la herramienta de relaciones públicas más poderosa de su competidor, en la lucha por el primer puesto entre las potencias hegemónicas de la tierra. Porque es la película, una bella propaganda de la segunda economía más grande del mundo. Una obra audiovisual encantadora, que nos hace amar esa tierra llena de magia e historia, tan fascinante e indomable para los extranjeros. Y eso está muy bien. Infortunados los países que no pueden hacerlo. Pero va más allá la situación, porque no sólo usó el gobierno comunista la herramienta más efectiva de su competidor capitalista, sino que para explotarla el Estado oriental puso a trabajar para sus fines a una de las corporaciones occidentales más emblemáticas. Imposible encontrar, en nuestro tiempo, una imagen más descriptiva del cambio de época que estamos viviendo.

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Decía Leonardo DiCaprio, en la etapa de promoción de “Blood Diamond“, la película sobre el tráfico ilegal de diamantes en África, que esperaba él que este tipo de filme funcionaran en taquilla, puesto que dejarían ver a los estudios que hacer historias de cine con alto contenido social, era algo que el espectador querría ver y, por lo tanto, rentable. Decíamos en este mismo espacio, que la realidad no era así: que el público contemporáneo buscaba escapismo a su realidad, prefiriendo ver en una sala de cine carros chocones volando y no obras de importancia histórica, política o social. “Born In China”, en su apartado político funcionó a la perfección y, seguramente, eso hizo de la operación para Disney una financieramente exitosa. En taquilla de cine, su recaudación fue cercana a los 30 millones de dólares, lo que para un documental es respetable; pero debió haber sido mucho más.

Porque el filme es muchísimo más que un documental. Sin importar el claro contexto político y económico alrededor (el acuerdo para la producción se hizo entre Disney y Shanghai Media Group el mismo año que se abría el primer Disneyland en China), la pieza es una maravilla del séptimo arte. Una historia increíble, en un mundo espectacular, con unos personajes que nos producen emociones profundas, es una obra de arte cinematográfico puro, no importa sea plasmada en ficción o en documental. Y eso es “Born In China”.

Walt Disney Disneynature Leopard Family

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