Del Cine Como El Quinto Poder.

Todo poder público al interior de cualquier sociedad democrática debe tener un contra-poder que regule su funcionamiento y limite sus alcances, siendo esto uno de los principios base de la teoría política clásica. Primitivamente, las sociedades crearon una función legislativa, otra ejecutiva y una última judicial, como tres ramas organizativas del poder público. No obstante, este sistema de pesos y contra pesos funcionaba a nivel de gobierno, parlamentos y cortes, sin dejarle a la ciudadanía un ente desde el cual ella pudiera ejercer presión de manera cotidiana. Los medios de información llenaron ese espacio por un momento, teniendo en la denuncia hacia los funcionarios públicos el arma más poderosa para delimitar sus acciones y enfocarlo hacia el bien público.

Producto de los cambios producidos por la globalización en su fase de pax americana y neoliberal, la sociedad de hoy se enfrenta a un nuevo problema. No se previó, por parte de nuestros padres fundadores, la capacidad de que alguna institución, algún ente o una organización, pudiera captar las tres ramas del poder público y la del ciudadano, disponiendo de todas ellas a su antojo y para satisfacer sus necesidades. Es indudable que hoy, el poder económico, centralizado éste en las grandes corporaciones con alcance global, tiene a su merced Estados enteros, dejando de nuevo a los pueblos indefensos frente a su accionar. Como era de esperarse, esta capacidad de maniobra va muchas veces en beneficio de todos; pero es también usada de manera inescrupulosa cuando los intereses comerciales se ven amenazados. Es por esto que se debe celebrar cuando desde el arte, sin importar su forma de expresión, se alza una voz de denuncia que acusa, con la sutileza producto de su misma esencia, alguna faceta diciente de ese mundo totalitario que hoy se ha erigido frente a nosotros.

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La denuncia sobre las contradicciones en los medios de comunicación no es una nueva. Esta industria, en nuestra sociedad, tiene muchas gabelas, producto todas éstas de lo esencial de su quehacer para que como sociedad podamos funcionar. La evidencia pareciera aclarar tajantemente que el bien más preciado en toda comunidad moderna es la información. No obstante, el neoliberalismo y su afán de hacer que todo sea rentable, ha colocado a las empresas que hacen parte de los medios de comunicación en una dicotomía casi imposible de superar, convirtiendo su contenido no en uno esencial para la sociedad, sino en uno con capacidad de atraer audiencias y, por ende, anunciantes.

En el cine, uno de los primeros en preocuparse por el asunto fue Billy Wilder, plasmando su preocupación en el clásico “Ace In The Hole“, en donde un vigoroso Kirk Douglas representaba a un periodista inescrupuloso capaz de exagerar una situación hasta el paroxismo en su afán de resucitar su decaída carrera. Aunque no era la institución la que estaba en tela de juicio en el filme, sino el accionar de uno de sus miembros, el comportamiento de Chuck Tatum (Douglas) es uno que saltó de un clásico de ficción a nuestra cotidianidad. El caso de Brian Williams de la NBC, y muchos otros, quienes debieron renunciar a sus programas por exagerar la información presentada a sus audiencias, no es más que una muestra de lo visionario que el arte es.

093063Los medios de comunicación se dividen en dos: los que ven la información como una esencial para la democracia y los que ven la información como una herramienta para hacer negocios. George Orson Welles representó en su mítica “Citizen Kane” al prototipo de magnate de los medios del segundo grupo, el irrepetible Charles Foster Kane, un ser que no tuvo el más mínimo remordimiento en llevar su país a una guerra con tal de vender más periódicos, una historia que sería luego utilizada como la base de la entrega de James Bond titulada “Tomorrow Never Dies“. También, y tal vez con mucha más fuerza, a finales de los setenta Sidney Lumet explayaba en su maravillosa “Network” las presiones sufridas por lo noticieros pertenecientes a corporaciones interesadas no en la información presentada, sino en el tamaño de la audiencia alcanzada, la que incrementa su capacidad de atraer más anunciantes.

Esas visionarias preocupaciones se han convertido hoy en una peligrosa realidad. Ignacio Ramonet, director de Le Monde Diplomatique y especialista en medios de comunicación, explica que “antes la comunicación en su sentido amplio tenía tres objetivos: informar, educar y distraer.” Eso se acabó, según el catedrático, para quien “en realidad ahora lo que busca una empresa de comunicación es, primero, vigilar y saber lo que tú compras, qué es lo que tú consumes.” En “The Girl With The Dragon Tatoo” de David Fincher, el personaje de Stellan Skarsgård, Martin Vanger, explica la situación con gran maestría: “la libertad de los medios es la libertad que le dan los anunciantes”. Una profundización inmensa de esa tesis es el libro que Noam Chomsky escribió junto a Edward S. Herman, “Guardianes de la libertad”.

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Las palabras del ex presidente Rafael Correa de Ecuador explican con gran claridad la problemática enfrentada en la realidad: “si un banco es dueño de un medio de comunicación, cómo esperar que haya una cobertura imparcial sobre cualquier tema referido a ese sector de la economía”. Esa absoluta falta de objetividad, es la que el presidente Donald Trump denunció en su momento como candidato, algo que también hizo su colega del partido opositor, el independiente convertido en demócrata Bernie Sanders.

Esa relación, tan estrecha entre los medios de comunicación y las grandes corporaciones capaz de llegar a la censura, se explaya con gran detalle y maestría en la película “The Insider“, de Michael Mann, un fascinante thriller de suspense en donde los intereses económicos de la cadena de noticias CBS impide la emisión de una pieza noticiosa en unos de sus programas, puesto que el dotar al público con la información en ella contenida afectaría el negocio de una tabacalera a punto de comprar la empresa.

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En “The Paper” de Ron Howard, una sútil frase explica la crítica situación de ciertos periodistas, quienes han confundido su papel en la sociedad, deslumbrados por estar alrededor de celebridades y grandes figuras públicas, olvidándose que son meros medios para informarnos y no las estrellas que creen ser. Dice el personaje de Robert Duvall (Bernie) al de Glenn Close (Alice): “Las personas que cubrimos, nos movemos en su mundo, pero es su mundo. No puedes vivir como ellos, Alicia“.

Esa transformación económica, capaz de permear todas las instituciones de nuestra sociedad, no se analiza comúnmente, debate o presenta en medios tradicionales, seguramente por el dilema descrito acá. Ha sido en el cine, y en especial en el género documental, donde se han desarrollado las mejores teorías sobre el mundo en que vivimos actualmente. Tal vez como ninguno, la serie “Zeitgest” de Peter Joseph deconstruye las instituciones sociales predominantes de nuestra era. La religión, el mundo financiero y el político son estudiados al detalle en este trabajo audiovisual revolucionario, capaz de transformar a cualquier ciudadano desprevenido en un ferviente activista de algún movimiento por cambiar el mundo.

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El centro de poder en nuestra sociedad actual radica en la economía, la que se ha estructurado con las grandes corporaciones, especialmente las bancarias, en la cima de la pirámide. El hecho de que el principio sobre el que se sostiene todo este sistema no sea más que una gran estafa, es algo tan difícil de comprender como increíble de creer y, así mismo, es el argumento que desarrolla con inmensa claridad “Four Horsemen“, documental dirigido por Ross Ashcroft y producido por la organización Renegade Inc.

Esa forma de organización es la que nace de implantar la ideología neoliberal en nuestra sociedad. Con la llegada de Margaret Tachter y Ronald Reagan al poder en sus respectivos países (Inglaterra y Estados Unidos), una ola de políticas económicas conservadoras comenzó a instalarse en el mundo entero. Una de las más pomposas fue la firma de los Tratados De Libre Comercio, siendo el firmado por Canada, Estados Unidos y México, el TLCAN, el más citado por medios de comunicación en todo el mundo como el más importante en el planeta y uno con grandes ventajas para los ciudadanos de sus países.

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También, tal vez indirectamente, sería ese acuerdo, o más bien las consecuencias del mismo, la base para que un desconocido documentalista de Flint Michigan hiciera su primera gran obra audiovisual: “Roger and Me“. En ella, Michael Moore busca una entrevista con el jefe de General Motors, Roger Smith, para inquirirlo por haber cerrado su fábrica en su ciudad natal, acción que dejó a muchos de sus coterráneos sufriendo las consecuencias del desempleo. General Motors, muy acorde a los nuevos tiempos, había cerrado su planta en la ciudad de Moore para trasladar la producción a un país con unos costes laborales muy bajos, que permitiera incrementar las ganancias de su empresa.

Mientras el documental mostraba las consecuencias del cambio, los medios informativos tradicionales celebraban la baja en los costos empresariales, enfocando que las mayores ganancias permitirían una economía más boyante. El hecho de que el hoy presidente de los Estados Unidos, Donald Trump, haya ganado las elecciones en gran parte hablándoles a las víctimas de la TLCAN, da una clara muestra de la grandeza de lo realizado por Moore en su filme. Ese sistema, que permitió a las empresas enriquecerse hasta la saciedad mientras empobrecía a su sociedad hasta la miseria, sería el que el cineasta denunciaría en su insuperable “Capitalism: A Love Story“, varios años antes de que un economista francés pusiera el tema de la inequidad de moda.

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Una de las funciones más importantes de todo Estado es la de impartir justicia. Pero es evidente que si sus instituciones están en función del poder económico, la posibilidad de conseguir que en esta área sea él imparcial es una ilusión. En breve: a los poderosos no se les toca. En “JFK“, la obra magnánima de Oliver Stone, la denuncia cobra vida en forma de tajante mensaje, al estipular, con muchos argumentos, como el crimen del presidente John Kennedy de los Estados Unidos quedó en la absoluta impunidad al haber sido perpetrado por poderosos grupos con fuertes intereses económicos, los que eran contrarios a la agenda política que había sido votada por la mayoría de los ciudadanos. La democracia, en muchos sentidos, no existe, según el filme.

El sistema judicial queda exhibido como uno insuficiente y paupérrimo a la hora de enfrentar demandas en contra de prominentes figuras. Y hay una concatenación de hechos que permite entender lo sucedido. La ideología neoliberal exige la disminución de los gastos del Estado, incluido el de la justicia. Eso, crea organismos de investigación débiles, sin las capacidades necesarias para enfrentarse a abogados defensores que cuentan con todo el respaldo financiero de sus clientes para encontrarlos inocentes de los crímenes que hayan cometido, sin importar la gravedad de sus actos.

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Esa inmensa ineficiencia, producto en gran parte del recorte de recursos al que se ven enfrentados todas las organizaciones que conforman el sistema judicial, se ve reflejado en sentencias ridículas, que el cine y, en última instancia, la televisión han venido no sólo a denunciar, sino también a rectificar. En el séptimo arte, es memorable recordar la obra de Errol Morris, “The Thin Blue Line“, distribuida por la otrora gran empresa de cine Miramax, fundada por los hermanos caídos hoy en desgracia Weinstein. En el maravilloso y recomendable filme, el cineasta descubre y comprueba que Randall Dale Adams ha sido condenado por un crimen que nunca cometió, forzando con la presentación de su obra y la repercusión que tuvo ésta, a que se investigara de nuevo su caso y, eventualmente, se le liberara de prisión.

También de los noventa proviene la primera parte de tres de un documental transmitido por la HBO, “Paradise Lost“, dirigido por Joe Berlinger, cuya investigación puso a temblar a todo el sistema judicial de su país, puesto que descubría la inocencia de tres jovenes condenados por el asesinato de los niños de ocho años Christopher Byers, Michael Moore y Stevie Branch. Los hallados culpables de este horrible suceso eran Damien Echols, Jason Baldwin y Jessie Misskelley, quienes en 2012 fueron retratados de nuevo en el documental “West Of Memphis” de la directora Amy Berg, el que trajo el caso a colación una vez más, presentando un resumen de lo sucedido y a un sospechoso con todas las pruebas para ser acusado.

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HBO iría un paso más allá con “The Jinx“, el trabajo de Andrew Jarecki, una serie documental de seis entregas que investiga los asesinatos de tres personas (Kathie Durst, Susan Berman y Morris Black) cuyo principal sospechoso, el millonario heredero Robert Durst, no había podido ser encontrado culpable por el sistema judicial de su país, en gran parte por su capacidad para contratar defensas por parte de abogados costosos con toda la capacidad para permitirle salir libre. Durst, arrestado el día del estreno del último capítulo, habla a un microfono que desconocía que seguía encendido, confesando ser el autor de esos homicidios. El arte reemplazando las funciones a cargo del Estado.

En nuestro tiempo, Netflix ha seguido ésta estela con la creación de dos series documentales capaces de demostrar la pobreza del sistema judicial de su país, y, al igual que en las obras anteriores, exculpar a personas injustamente condenadas. “Making A Murderer” de Laura Ricciardi y Moira Demos, el más famoso de ellos, con gran aplomo demuestra las malas prácticas efectuadas en el caso llevado en contra de un ciudadano de su país, Steve Avery, quien fue condenado siendo una persona inocente a pasar gran tiempo en la cárcel. El impacto de lo presentado por ambas directoras ha generado una exigencia ciudadana por hacer justicia, con una petición que incluso llegó hasta el presidente Obama, un esfuerzo que ha logrado ya algunos avances.

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En Facebook se compartía una bella frase que parece describir el mundo qué vivimos: “en el pasado escuchábamos a los políticos y nos reímos con los comediantes; ahora nos reímos de los políticos y escuchamos a los comediantes.” El que un personaje como George W. Bush, tan poco preparado y capacitado, haya podido ser Presidente de su país, es la muestra más implacable de que la inequidad en nuestra sociedad actual ha llegado a cuotas indignantes.

Más aún, cualquier ciudadano de cualquier país del mundo podría encontrar en su vida su propio Bush. La llegada al poder de ese tipo de personajes, sólo es posible por un fuerte impulso por parte del poder económico, capaz de controlar la información que sobre ellos se transmite en los medios y de presentar sus decisiones de manera manipulada. Esa línea de pensamiento único es básicamente un dictadura. Por eso, es tan valioso cuando el cine toma el papel que otras instituciones, principalmente la mediática, deberían estar haciendo, denunciando los males que este sistema contrae a nuestra vida diaria. En sentencia de Ramonet, “el cine ha venido a sustituir a unos medios de información que dimitieron, olvidaron su misión y se dejaron intimidar por la presión de los políticos más conservadores.”

 

 

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