“Capitalism: A Love Story” En El “Wall Street” De Oliver Stone.

Michael Douglas, arriba de la tarima del  “Inside The Actor’s Studio” junto a James Lipton, relató una anécdota regular de su vida, jocosa a simple vista; pero que al analizarla desde la ventaja dada por la historia, se revela como una inmensa en su capacidad para interpretar la cruel economía gobernante del mundo actual. El actor, según lo contado entre risas por el mismo Douglas, varios años después del estreno de “Wall Street”, se encontraba con corredores de bolsa totalmente borrachos por las calles de Manhattan, quienes inmediatamente al verlo corrían hacia él y le decían: “Oh, wow, Richard Gekko, mi ídolo, mi héroe, gracias a usted me convertí en corredor de bolsa.” Entre las correspondidas risas del público, el hijo de una leyenda llamada Kirk le respondió a sus escuchas que él a ellos les espetaba: “¿de qué hablan? Yo era el villano de la película”.

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El papel del Oscar para Michael Douglas.

En un momento en que la estabilidad de la economía mundial se tambalea como consecuencia de la crisis financiera en los Estados Unidos, generada en Wall Street en 2008, es casi doloroso recordar la producción de los años ochentas que dirigió Oliver Stone, “Wall Street“, una obra menor en su apartado artístico; pero capital en el político. El filme, visto hoy, exhibe prístinamente, y de ahí la rabia producida, los orígenes de la crisis financiera actual, gestados inequívocamente en las salas de operaciones de las principales oficinas financieras de Manhattan. La crisis de Wall Street, hoy ya la del mundo entero, no tuvo su génesis hace algunos años, sino que es parte fundamental del sistema, intrínseco a él, uno sostenido únicamente en incentivos fácilmente resumidos todos ellos en la promoción y legitimación de una avaricia desenfrenada.

La trama centra la historia en el joven Bud Fox (Charlie Sheen), un comisionista de una pequeña bolsa que quiere participar en las grandes ligas de las inversiones financieras. Obsesionado por conseguir sus sueños, el impetuoso Fox mueve cielo y tierra para poder entrevistarse con Richard Gekko (Michael Douglas), quien impresionado por un dato que su ambiciosa contraparte le da, sobre la empresa en la que su padre trabaja, y con el que el genio de los negocios sabe puede acrecentar su ingente fortuna, le ofrece trabajar para él. Una moderna historia de cenicienta comienza para Bud.

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Bud (Charlie Sheen) y Gekko (Michael Douglas) en medio del poderoso discurso de la “ilusión”.

El hacerse parte del grupo cercano a Gekko hace que la vida de Fox cambie radicalmente, convirtiéndose de la noche a la mañana en un miembro de la alta sociedad de su ciudad. Las puertas del cielo se le abrieron. Sin embargo, de manera más pronta que tardía, el idealista trabajador se da cuenta de que todo lo que sostiene el nivel de lujos al que ahora se ha acostumbrado, proviene de la avaricia y las inescrupulosas actuaciones de Gekko, quien se ha ganado lo obtenido, a través de argucias, trampas, engaños y mentiras que afectan gravemente la vida de los demás.

Es claro que en el capitalismo moderno, sostenido en la limitación de los recursos, por cada lujo que alguien tiene, en otro lugar del mundo hay otro muriéndose de hambre como contraparte. Y eso es de lo que Bud se entera; pero más aún, de lo que “Wall Street” realmente trata. La genialidad del guión, escrito por el mismo Stone (cuyo padre fue un corredor de Bolsa adscrito al partido Republicano) y Stanley Weiser, radica en poner, a un mismo personaje, en una importante posición en ambos lados del sistema, presentándonos el panorama completo de una intrincada situación.

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Poster De “Wall Street”

Richard Gekko está interesado en adquirir la empresa del padre de Bud, Carl Fox (Martin Sheen), en una negociación que sin duda alguna afectara el futuro de la pequeña compañía. El inocente aliado de Gekko pronto se dará cuenta, y de primera mano, que las intenciones del magnate que tiene por jefe no son recuperar la empresa y salvar los empleos, como a todos les hizo creer, sino por el contrario: la mera intención de adquirirla y venderla por partes a distintas organizaciones, generando por un lado enormes ganancias para él y, en contraparte, el dejar a mucha gente en la calle y desempleada. Como sabrá muy pronto Fox, ese es el verdadero costo a asumir por parte de varias personas, con tal él pueda tener el innecesario nivel de vida que maneja.

Como suele suceder en el cine, ese lugar tan lejano a la realidad, el joven Bud decide luchar a favor de los más débiles y necesitados, actuando en contra de Gekko, para poder salvar la empresa de su padre y sus amigos, llevando a su jefe a caer en una trampa, cuyo desenlace será ver a su caído ídolo tras las rejas. Indudablemente, entonces, tanto director como escritor presentan a Richard Gekko como un criminal, y uno de la peor clase, por lo que es muy diciente que se haya convertido precisamente él en el héroe de una generación entera de financistas que habría de llegar a dominar Wall Street.

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En palabras del propio director, el desarrollo conceptual del área visual, ejecutado por el genio de Robert Richardson (director de fotografía), tenía como objetivo hacer sentir al público que estaban frente a un verdadero tiburón, alguien con la capacidad de devorar sin ninguna compasión a sus presas. Eso es Gekko. Esa es la actitud de Douglas en su papel, quien fue merecedor, de manera poco sorpresiva, de un premio de la Academia por su papel en este film. Y eso es hoy Wall Street.

Si ese personaje es el faro iluminador de toda una generación de jóvenes, hoy  ellos a cargo del mundo financiero, ¿es una sorpresa la crisis de inequidad a nivel mundial? Cuando a Stone se le preguntó, alrededor del 2008, por la acontecido en Estados Unidos con Enron y World Com., el cineasta era tajante en su análisis de la coyuntura y, de forma harto lúcida, se confesaba poco sorprendido frente a los hechos presentados puesto que encontraba una relación directa entre sus denuncias en la década de los ochenta y la debacle del mundo financiero de Nueva York. La única notable diferencia ente esos días y los de Enron, era que ahora las personas eran más ambiciosas, más necesitadas de dinero y con menos valores humanos. Ah, claro, y que en la vida real no terminan en la cárcel.

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Oliver Stone en el set de “Wall Street”.

Y esa crisis financiera, en la que llevamos cerca de un década, y que ahora se ha transformado en una económica, hasta llegar a ser una social, está plasmada con gran detalle en el documental de Michael Moore, “Capitalism: A Love Story“, el que funciona casi como un perfecto complemento de la producción de la FOX. El filme explica al detalle cómo en los treinta años posteriores a la Segunda Guerra Mundial, unos que fueron dominados por un marcado Estado de Bienestar impuesto como respuesta a las manifestaciones sociales de los sesenta y el miedo al comunismo, se alcanzaron unas altas tasas de empleo y de crecimiento económico, las que hacían sentir a sus ciudadano el estar viviendo en la “Edad de Oro del Capitalismo”, como los bautizó el historiador británico y marxista, Eric Hobswanm. También, él, el más importante del Siglo XX en su profesión.

El sector financiero, deseoso de incrementar sus márgenes hasta más no poder y, por ende, decididos a acabar con los beneficios sociales adquiridos, se enfrasca en una lucha por tomar el poder. Lo logran de una forma absolutamente hollywoodesca: contratando un actor, cuyo papel será el interpretar al presidente de los Estados Unidos, sirviendo él como un mero títere que oculta el poder detrás del trono y cuyo único objetivo implacable es el implante de un programa económico a medida de sus amos. Aquel a ser escogido no sería otro que Ronald Reagan y Moore lo sustenta visualmente en su obra. En un momento memorable del filme, se exhibe al presidente de la potencia hegemónica en medio de un discurso en la bolsa de valores de Nueva York, cuando impetuosamente la persona a su lado (el que parece un mayordomo, como bien lo dice el director narrador del filme) se acerca y, hablándole al oído, le pide que se apure; una orden que el “hombre más poderoso del mundo” acata sumisamente sin pestañear.

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Don Regan y Ronald Regan. Fragmento de “Capitalism: A Love Story”.

Ese con capacidad de afanar a la estrella de los Republicanos no era otro que Don Regan, antiguo Gerente General de Merryl Lynch y en cargo, durante esa presidencia, de todos los asuntos económicos de su país como secretario del Tesoro. Desde ese momento, los bancos se tomarían el poder político en los Estados Unidos, en la sombra, iniciando un fuerte proceso de financiarización de toda la economía global. Bien lo demuestra Le Monde Diplomatique Colombia, con un párrafo en el texto de Oscar Ugarteche “Bancos Demasiado Grandes Para Quebrar”:  “un dato ilustra el fenómeno: entre 1980 y la actualidad, todos los secretarios del Tesoro de los Estados Unidos, salvo tres, han provenido del sector financiero, mientras que en el periodo anterior, entre 1960 y 1980, todos, salvo dos, provinieron del sector productivo.”

No es un asunto menor: si todas las políticas aplicadas en un país, son impuestas por banqueros, todos los incentivos emitidos por el gobierno de ese país, se dirigirán a promover y hacer crecer el sector financiero. El problema radica en que mientras en el sector real la riqueza se puede alcanzar trabajando; en el financiero sólo se consigue con la posesión de capital. Explicado por el el catedrático Ignacio Ramonet, en ese mundo sólo hacen plata los que ya tienen plata. Es decir: con el trabajo hay movilidad social (se puede nacer pobre y terminar la vida como rico), en el financiero, casi no. Según estadísticas, la situación es tan trágica que es más fácil hacerse rico comprando la lotería. Los que no tienen capital, se condenan a la miseria y, de allí, las enormes diferencias en la equidad de nuestra sociedad moderna.

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Michael Moore en “Capitalism: A Love Story”

La anterior sentencia queda plasmada para la posteridad en una secuencia del filme de Oliver Stone. En medio de la bella oficina de Gekko, éste le señala a Fox un cuadro, el que había comprado hace unos años por sesenta mil dólares y el que, según él mismo, podría vender hoy por seiscientos mil dólares. “La ilusión se ha vuelto real. Capitalismo en su máxima expresión”, concluye el atractivo personaje. ¿Se produjo algo, se creó algo, se le dio valor a la economía? No; pero él es diez veces más rico. Exactamente ese es el mundo financiero, uno en el que, podríamos decir, es imposible de participar si no se tienen los sesenta mil dólares al principio. ¿Cómo invertir en la bolsa si no se tiene capital? ¿Cómo multiplicar el dinero cuando no se tienen ahorros? ¿Cómo ahorrar si los salarios no crecen y los costos sí?

La revolución “monetarista” de los años ochenta, impuesta a través del Golpe de Estado a Allende en Chile y los triunfos de Margaret Tatcher en Gran Bretaña y, el ya mencionado Ronald Reagan en los Estados Unidos, que en el mundo entero se conoció como el ataque del “neoliberalismo”, no es más que la toma del poder público por parte de aquellos que, como dijo el personaje de Leonardo Di Caprio en “The Wolf Of Wall Street“, Jordan Belfort, son adictos a la droga más fuerte que existe: el dinero. Y como buenos enfermos obsesionados con algo, no lo quieren compartir, por lo que crean políticas para que nadie más lo tenga. Cualquier ciudadano de clase media en el mundo, que siente subir el costo de vida pero no sus ingresos, debe saber de lo que acá se está hablando: se impuso un esquema de no subir los salarios, de manera que las personas tuvieran que endeudarse para asumir sus gastos más comunes. Esa deuda es la que hace inmensamente poderoso al sistema financiero global. Y ese poder lo usa para financiar candidatos que desde el poder político, implementen las medidas por ellos deseados.

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Oliver Stone y Michael Moore

Y el cine fue capaz de prever esta debacle. “Wall Street“, “Scarface” (escrita por Stone) y, hasta “Pretty Woman” (en la que el personaje de Richard Gere es un Gekko romanticón que compra y destruye empresas) son muestras, en la década de los años ochenta, de un mundo que empezaba a nacer y, que a hoy, tiene a una pequeñísima parte de la población muriéndose de sobrepeso y, a otra gran parte, muriéndose de hambre. Como decía Moore al final de su trabajo: es hora de todos actuar por cambiarlo.

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